Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 42: El Eclipse del Reino

El cielo sobre el Pico del Trueno Eterno no recuperó su color azul tras la caída de la Secta de las Tormentas. En su lugar, un matiz grisáceo y ceniciento empezó a filtrarse desde el horizonte, como si alguien estuviera derramando tinta china en un estanque de agua clara.

Qingwan observaba desde el borde del precipicio de la Ciudad de las Tormentas. A sus pies, las nubes que antes eran blancas ahora se retorcían en espirales negras. A lo lejos, donde Aethelgard una vez brilló con su plata arrogante, el pilar de la Miseria de Yunlan se elevaba como una cicatriz en el tejido mismo del universo.

—Lo hicimos... —susurró Qingwan. El Corazón de la Luna Eterna en su mano palpitaba con una luz roja errática, casi asustada—. Rompimos las cadenas, Xuan. Pero las cadenas eran lo único que sostenía la puerta.

El Peso de una Corona de Ceniza

Xuan Ye se acercó a ella. Su presencia ya no era solo la de un hombre; el aire a su alrededor vibraba con una frecuencia estática. Las runas de plata de su brazo habían dejado de brillar con electricidad para emitir un fulgor blanco mortecino, frío y denso.

Él no miraba la oscuridad con miedo, sino con una familiaridad inquietante.

—No podíamos saberlo —dijo Xuan Ye, su voz resonando con una profundidad nueva—. El Cónclave nos robó el pasado para ocultar que tenían miedo del futuro. Prefirieron ser tiranos antes que enfrentar lo que ellos mismos ayudaron a despertar.

El General Kaelen se acercó, su rostro cubierto de hollín y sangre. No traía un informe de victoria. —Soberana... los hombres tienen miedo. El Qi ambiental se está volviendo ácido. Los cultivadores de menor rango están perdiendo el conocimiento. No podemos quedarnos en este pico. Si la oscuridad llega antes del amanecer, no quedará nadie para defender las tierras bajas.

La Decisión de la Emperatriz

Qingwan se giró hacia su ejército. Vio los rostros de los ancianos que rescató en la Ciudad Esmeralda, los marineros de Nerea que ahora le servían y los guerreros que habían dado su vida por el apellido Su. Ya no veía súbditos; veía a su familia.

—¡Escuchadme! —la voz de Qingwan, amplificada por su Grado Imperial, cortó el viento helado—. Hoy no celebramos la caída de nuestros enemigos, porque hemos descubierto que nuestros verdaderos enemigos no tenían rostro. Pero no nos esconderemos. No hemos sobrevivido al fuego, al veneno y al mar para morir en el silencio de una sombra.

Extendió su abanico, y por primera vez, el fuego que salió de él no fue carmesí, sino un Violeta Estelar que reflejaba la simbiosis perfecta con Xuan Ye.

—¡Regresamos a las Tierras del Rescoldo! —ordenó—. Convertiremos el Palacio Carmesí en el faro de Yunlan. Si la Miseria quiere este reino, tendrá que quemarse en nuestro fuego primero.

El Vínculo en el Fin del Mundo

Mientras el ejército iniciaba el descenso desesperado, Xuan Ye tomó la mano de Qingwan. Sintió que ella temblaba, no por debilidad, sino por la magnitud de la responsabilidad que ahora cargaba sobre sus hombros.

—Xuan... —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Zephyr dijo que mi linaje fue el que creó los sellos. Mi madre... ella sabía lo que había ahí abajo. Me dejó el relicario no para ganar una guerra, sino para sobrevivir al eclipse.

Xuan Ye la atrajo hacia sí, envolviéndola en su capa negra. El contraste entre la seda roja de ella y la sombra de él era la única imagen de color en un mundo que se volvía gris.

—Entonces terminaremos lo que ella empezó —prometió Xuan Ye—. Mi vacío es el único lugar donde esa oscuridad no puede entrar. Seré tu muro, Qingwan. Hasta que no quede nada de mí, o hasta que el sol vuelva a salir.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 20.07.2026

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