El estruendo del Espejo de la Verdad al romperse aún vibraba en el aire cuando las paredes de la Biblioteca Prohibida comenzaron a resquebrajarse. No era un derrumbe natural; era el efecto de la Miseria, que devoraba la estructura de los picos flotantes como ácido sobre papel.
—Vaya —comentó Qingwan, limpiando con un gesto aristocrático una mota de polvo de su manga carmesí—. Parece que la hospitalidad de esta secta ha pasado de "insípida" a "explosiva" en tiempo récord.
Xuan Ye no respondió con palabras. Se movió con la rapidez de un parpadeo, colocándose frente a ella mientras una ráfaga de energía negra atravesaba el techo, fundiendo las estanterías de sándalo en su trayectoria.
De entre los escombros y el humo de incienso quemado, una figura descendió con una calma sobrenatural. Vestía túnicas de un tejido que parecía absorber la poca luz que quedaba, y en su pecho brillaba un emblema de plata mortecina: un círculo rodeado por siete puntas afiladas.
El Emisario de la Sombra
—Su Qingwan —dijo el intruso. Su voz carecía de tono, era como el roce de dos piedras frías—. El contrato de tu madre ha expirado. El Parásito reclama el pago que quedó pendiente en la Noche de las Cadenas.
Qingwan desplegó sus abanicos de obsidiana. El fuego violeta estelar bailó en los bordes, iluminando su rostro con una determinación letal.
—Si mi madre firmó un contrato, que lo pague ella en el infierno —replicó Qingwan, ladeando la cabeza con una sonrisa llena de veneno—. Yo no soy una batería, y mucho menos una deudora. Pero si has venido a cobrar, espero que traigas cambio, porque solo acepto pagos en cenizas.
El Sadismo del Guardián
El emisario levantó una mano, y de sus dedos brotaron filamentos de luz negra, idénticos a los eslabones de las Cadenas Celestiales. Pero antes de que pudieran avanzar un milímetro, un rugido de trueno negro llenó la sala.
Xuan Ye ya no contenía su poder. Su brazo de plata pulsaba con una intensidad que hacía que el aire crujiera.
—Ella no es para ti —gruñó Xuan Ye.
El ataque de Xuan fue una coreografía de crueldad absoluta. Usó su teletransporte eléctrico para aparecer detrás del emisario. En lugar de un golpe limpio, clavó sus dedos imbuidos en vacío en la espalda del intruso, no para matarlo al instante, sino para deshacer su red de meridianos.
El grito del emisario fue ahogado cuando Xuan Ye le arrancó la lengua de Qi, silenciando sus hechizos. Con una frialdad mecánica, Xuan comenzó a quebrar cada articulación del enemigo, asegurándose de que cada hueso roto fuera una nota en una sinfonía de agonía.
—Qingwan dijo que se aburre —susurró Xuan Ye al oído del hombre moribundo—. Y cuando ella se aburre, yo me vuelvo creativo.
La Marca de la Advertencia
Mientras Xuan Ye terminaba su "limpieza", Qingwan caminó hacia el emisario, que ahora era poco más que un montón de túnicas desgarradas y carne triturada en el suelo.
—Dime una cosa —dijo ella, cerrando su abanico y usándolo para levantar la barbilla del hombre—. ¿Dónde está la Séptima Estrella? ¿En qué rincón del vacío se esconde vuestro "Amo"?
El hombre, con sus últimas fuerzas, señaló hacia el norte, donde la oscuridad de la Miseria era más densa. En su piel, la marca de la estrella comenzó a arder con una luz blanca cegadora.
—Él... ya... está... aquí... —logró decir antes de desintegrarse en una explosión de energía abisal.
Qingwan retrocedió justo a tiempo, protegida por el escudo de rayos de Xuan Ye. En el lugar donde estaba el hombre, solo quedó una marca quemada en el suelo: una estrella de siete puntas que palpitaba con un ritmo cardíaco.
El Nuevo Rumbo
La Secta de la Nube Flotante estaba cayendo. Los picos flotantes perdían su magnetismo y comenzaban a chocar entre sí en un caos de piedra y gritos.
Qingwan miró a Xuan Ye. El brazo de plata de él seguía soltando chispas, y sus ojos dorados estaban fijos en ella, buscando aprobación.
—Has estado un poco... efusivo hoy, ¿no crees? —dijo ella, recuperando su tono dandy mientras guardaba sus abanicos—. Aunque debo admitir que el estilo con el que le rompiste el radio fue casi artístico.
Se acercó a él y le limpió una mancha de sangre de la mejilla con un pañuelo de seda.
—Vámonos de aquí, Xuan. Las Tierras del Rescoldo nos esperan, y ahora sabemos que no estamos cazando a un hombre, sino a una constelación. Si mi madre quería que yo fuera el anclaje del mundo, le demostraré que un fénix no sostiene cadenas... las funde.