El descenso desde los picos flotantes no fue una caída, fue un despliegue de soberanía. Mientras los restos de la Secta de la Nube Flotante se precipitaban al abismo, Qingwan y Xuan Ye aterrizaron en la base de las montañas con la suavidad de un pétalo de fuego.
El paisaje que los rodeaba ya no era el Yunlan que conocían. La hierba era de un color azul mortecino y el aire sabía a estática y olvido. A lo lejos, las Tierras del Rescoldo brillaban con un fulgor naranja, protegidas por las formaciones de calor que Qingwan había ordenado activar.
—Realmente han dejado el jardín hecho un desastre —comentó Qingwan, cerrando su abanico de obsidiana con un golpe seco. Sus ojos ámbar recorrieron el horizonte devastado—. Si la Séptima Estrella cree que voy a aceptar un reino con este nivel de descuido estético, están muy equivocados.
Xuan Ye se colocó a su lado, su brazo de plata aún emitiendo pequeños arcos de electricidad negra. Su máscara de dragón estaba cubierta de ceniza, pero su postura era la de un muro inamovible.
—El ejército espera en las puertas del palacio, Qingwan. Sienten la oscuridad. Necesitan ver que su llama no se ha apagado.
—Mi llama no se apaga, Xuan. Solo se vuelve más interesante con el viento en contra —replicó ella, ajustándose la túnica asimétrica—. Vamos. Es hora de que el Palacio Carmesí recuerde quién es su dueña.
El Regreso al Palacio Carmesí
A medida que se acercaban a la fortaleza, el calor aumentaba. Los soldados de los Su, supervivientes de las campañas del Arco 1, estaban apostados en las murallas. Al ver al Fénix y al Dragón acercarse, un rugido de esperanza recorrió las filas.
El General Kaelen, con su armadura abollada y una nueva cicatriz cruzándole la mejilla, los recibió en la puerta principal. Se arrodilló antes de que Qingwan pudiera decir una palabra.
—Soberana. El mundo se cae a pedazos, pero el Palacio Carmesí se mantiene firme. Hemos evacuado a tres provincias, pero los recursos son escasos y la "Miseria" golpea nuestras barreras cada noche.
Qingwan caminó hacia el centro de la sala del trono, sus pasos resonando en el suelo de mármol negro. Se sentó en el trono, no como una refugiada, sino como una jueza.
—General, levántese. No tengo tiempo para reverencias si no vienen acompañadas de un mapa y un plan de suministros —dijo Qingwan con su habitual desdén elegante—. Y preparen té. Del bueno. El polvo de esa biblioteca me ha dejado la garganta como un desierto.
La Planificación de la Resistencia
En la mesa táctica, Qingwan desplegó los fragmentos del pergamino de su madre. La atmósfera en la sala se volvió pesada cuando Xuan Ye colocó su mano sobre el mapa, señalando cuatro puntos cardinales de Yunlan.
—Mi madre no solo creó las cadenas —explicó Qingwan, su voz volviéndose fría como el acero—. Ella dividió el Espejo del Cielo en cuatro fragmentos. Si queremos sellar la grieta de la Séptima Estrella, necesitamos esas piezas. Pero no están en manos de amigos.
—Están en los lugares más corruptos de la Miseria —añadió Xuan Ye—. El primer fragmento está en la Ciénaga de las Sombras, donde los restos de la Secta de Aguas Profundas se han transformado en algo... diferente.
Un joven capitán intentó interrumpir, cuestionando la seguridad de enviar a la Emperatriz a una zona tan peligrosa. Xuan Ye ni siquiera lo miró; simplemente liberó una pizca de su presión de vacío, haciendo que el hombre cayera de rodillas, asfixiándose por el peso de la intención asesina de Xuan.
—Ella va a donde desea —susurró Xuan Ye—. Y yo borro a quien se interponga. ¿Hay alguna otra duda?
Qingwan sonrió, ocultando su boca tras el abanico. —Gracias, Xuan. Aunque el capitán solo estaba siendo... precavido. Pero tiene razón en algo: no podemos ir con un ejército. Necesitamos velocidad, ingenio y, sobre todo, una falta total de escrúpulos.
El Voto del Rescoldo
Esa noche, desde el balcón más alto del Palacio Carmesí, Qingwan miró hacia el norte. Sabía que la Séptima Estrella la estaba observando. Sabía que su propia sangre la había traicionado.
Xuan Ye apareció detrás de ella, sin su máscara por un momento. Sus ojos dorados reflejaban las llamas del palacio. —¿Estás bien? —preguntó, con esa dulzura que solo ella conocía.
Qingwan se apoyó en él, permitiéndose un segundo de debilidad antes de volver a la carga. —Estoy furiosa, Xuan. Mi madre me usó como una herramienta. Pero se olvidó de una regla básica de la artesanía: si diseñas una herramienta demasiado poderosa, terminará cortándote la mano.
Tomó la mano plateada de Xuan Ye y la entrelazó con la suya. —Mañana partiremos hacia la Ciénaga. Vamos a recuperar ese primer fragmento y vamos a demostrarle a esa "Séptima Estrella" que el Fénix de Yunlan no necesita cadenas para volar... solo necesita un motivo para arder.