La realidad no se rompió con un estallido, sino con un suspiro. Un sonido sordo, similar al de una cuerda de cítara tensada hasta el límite que finalmente cede.
En el epicentro del colapso de la Torre de Ferrum, el espacio-tiempo se comportaba como cristal líquido. Su Qingwan, con el tercer fragmento del Espejo del Cielo latiendo en su mano como un corazón de ámbar, sintió la inercia del vacío tirando de sus talones. El portal de escape, una brecha irregular de luz blanca en el techo abovedado se cerraba con cada latido.
—¡Xuan Ye! —gritó ella. Su voz, siempre cargada de una ironía elegante, se quebró en un tono agudo que nunca había dejado escapar.
Xuan Ye no respondió con palabras. Sus acciones fueron el último testamento de su lealtad. Con el brazo de plata envuelto en llamas negras de vacío, el Soberano del Abismo sostuvo una viga de hierro de diez toneladas que amenazaba con sepultarlos. Sus músculos, forjados en mil batallas, temblaban bajo la presión de una gravedad que ya no obedecía a las leyes naturales.
—Vete, Qingwan —gruñó él. Los hilos de su máscara se rompieron, revelando una mandíbula apretada y ojos que ardían con un propósito sombrío—. El equilibrio se ha roto. Si intentamos cruzar los dos, la brecha se colapsará sobre ti.
—¡No es una negociación! —Qingwan intentó lanzar sus cadenas de seda reforzada para sujetarlo, pero la distorsión espacial desvió su trayectoria.
Xuan Ye la miró una última vez. Fue una mirada que no pertenecía a un sirviente, ni a una herramienta, ni siquiera a un aliado. Fue la mirada de un hombre que había encontrado algo que valía más que su propia existencia. Con un rugido que hizo temblar los cimientos de la realidad, liberó una onda de choque de energía oscura que impulsó a Qingwan directamente hacia el portal.
—Búscame en la Corte de los Susurros —fue lo último que escuchó ella antes de que la luz blanca la devorara.
Luego, la oscuridad absoluta.
LA CAÍDA DE LA EMPERATRIZ
Qingwan no aterrizó; simplemente dejó de caer. Su cuerpo impactó contra una superficie blanda y polvorienta que se levantó en una nube grisácea. El aire era pesado, seco y sabía a olvido.
Se incorporó lentamente, con los oídos zumbando y la visión borrosa. Lo primero que hizo, por puro instinto de supervivencia social, fue sacudirse el polvo de su guardapolvo carmesí. Sus dedos buscaron el abanico en su cintura; estaba allí, pero la varilla principal de jade estaba astillada.
Miró a su alrededor y el corazón se le contrajo. Estaba en el Valle de las Cenizas Ancestrales.
A su alrededor, el paisaje era una extensión infinita de colinas compuestas íntegramente por ceniza gris. De la tierra surgían, como dedos esqueléticos, restos de armas antiguas, estandartes quemados y estatuas de guerreros decapitados. Era el cementerio de aquellos que intentaron desafiar al Imperio Su y fracasaron.
—¿Xuan? —llamó en voz baja.
No hubo respuesta. Ni el eco de sus cadenas, ni el frío reconfortante de su presencia. Por primera vez en su vida adulta, Su Qingwan estaba verdaderamente sola.
La compostura de la "Dandy" que nunca se arrodilla comenzó a fracturarse. Sus piernas cedieron y se dejó caer sobre las cenizas. Sus manos, que habían trazado ecuaciones complejas para desmantelar torres y ejércitos, ahora temblaban violentamente. El silencio del valle era un enemigo más temible que cualquier cultivador de nivel oro.
—Esto es ridículo —se dijo a sí misma, con una risa amarga que terminó en un sollozo ahogado—. Soy Su Qingwan. Soy la mente más brillante de Yunlan. No necesito una sombra.
Pero la verdad la golpeaba con la fuerza de un mazo: se había vuelto dependiente. Se había permitido el lujo de tener un escudo, y ahora que el escudo se había roto, se sentía desnuda. La separación no era solo física; era como si le hubieran arrancado una parte de su propia alma técnica.
Pasaron horas, o quizá días —el tiempo en el valle era una masa informe— hasta que Qingwan se puso de pie. Su mirada ya no era de desesperación, sino de una furia fría y calculadora.
—Me querías sola, madre —dijo, mirando hacia el cielo permanentemente gris—. Pues aquí me tienes. Pero cometiste un error de cálculo: pensaste que Xuan Ye me hacía fuerte. Él solo me hacía civilizada. Ahora verás lo que sucede cuando un fénix deja de preocuparse por la elegancia.
EL NÚCLEO DEL VACÍO: LA TENTACIÓN DE XUAN YE
Mientras tanto, en un plano que no figuraba en ningún mapa, Xuan Ye flotaba en un océano de nada. El colapso de la torre lo había arrojado al Núcleo del Vacío, la dimensión de donde provenía su poder y donde la "Miseria" nacía.
Aquí, no había arriba ni abajo. Solo una negrura infinita salpicada por relámpagos de energía plateada. Su brazo de plata, la fuente de su maldición y su don, estaba brillando con una luz insoportable, intentando reintegrarse a la oscuridad circundante.
—¿Por qué te resistes, pequeño fragmento de nada?
La voz no venía de ninguna parte, pero llenaba su mente. Era la voz de la Séptima Estrella, la entidad que movía los hilos detrás del trono imperial.
Xuan Ye sintió que su cuerpo era desgarrado. Cada célula de su ser pedía a gritos rendirse y disolverse en el vacío. —Ella... —logró articular, con la garganta seca.