Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 54: La Depredadora de Blanco

El Valle de las Cenizas Ancestrales no era un lugar, era un estado mental. La ceniza no solo cubría el suelo; flotaba en el aire, se filtraba en los poros y, lo más peligroso de todo, intentaba asfixiar la voluntad. Aquí, el tiempo no se medía en segundos, sino en la velocidad a la que el gris devoraba los colores del alma.

Su Qingwan caminaba con paso lento, pero firme. Su túnica carmesí, antes impecable, ahora lucía bordes deshilachados y una pátina de polvo que le daba el aspecto de un fantasma de sangre en un mundo de sombras. Se detuvo frente a un monolito de obsidiana que vibraba con un resentimiento antiguo.

—Día siete... o quizás día diez —murmuró, su voz apenas un susurro raspado por el aire seco—. La soledad es una variable que no incluí en mis ecuaciones de Ferrum. Error de principiante, Qingwan.

Se sentó sobre una piedra en forma de vértebra de dragón. Sacó su abanico, cuya varilla astillada le recordaba constantemente el momento en que la mano de Xuan Ye se soltó de la suya. No intentó repararlo con magia. Necesitaba ese dolor físico, esa astilla clavada en su palma, para mantenerse anclada al "ahora".

El Asedio de los Ecos

De la niebla de ceniza surgieron las primeras figuras. No eran monstruos, sino Ecos de la Corte. Eran proyecciones de los nobles y guerreros que ella misma había visto caer durante la Noche de las Cadenas Celestiales. Se movían con una lentitud agónica, sus rostros borrosos, pero sus intenciones claras: arrastrar a la última sobreviviente al silencio eterno.

—Su Qingwan... —susurró un Eco que vestía las ropas de su antiguo maestro de etiqueta—. ¿Dónde está tu protector? ¿Dónde está el perro que te lamía las heridas?

Qingwan se puso de pie lentamente. Su cuerpo dolía; no había comido nada más que píldoras de energía condensada y agua destilada de su propio Qi. —Mi "perro", como tú lo llamas, está ocupado devorando el vacío —respondió ella, abriendo el abanico con un golpe seco—. Y yo estoy ocupada dándome cuenta de que mi etiqueta era demasiado... amable para gente como ustedes.

Tres Ecos se lanzaron sobre ella simultáneamente. En el pasado, Qingwan habría dado tres pasos atrás, calculado la trayectoria y esperado a que las cadenas de Xuan Ye los despedazaran. Pero Xuan no estaba.

El primer golpe, una estocada de energía espectral, le rozó el hombro. El frío fue absoluto, un frío que no buscaba congelar la piel, sino detener el movimiento de los átomos. Qingwan rodó por la ceniza, sintiendo cómo su brazo izquierdo perdía sensibilidad.

—Cálculo de daños: 15% de movilidad reducida —siseó entre dientes—. Estrategia actual: Ineficiente.

La Transmutación del Fuego

Se dio cuenta de que su fuego violeta, aunque potente, era una energía de dispersión. Era un fuego que buscaba quemar el exterior. Pero en este valle, nada era sólido. No se puede quemar lo que ya es ceniza.

—Si no puedo quemar el exterior, quemaré la estructura —se dijo.

Cerró los ojos, ignorando a los Ecos que se acercaban. En lugar de proyectar su Qi hacia afuera, comenzó a forzarlo hacia adentro, hacia el núcleo de su propio dantian. Visualizó sus canales de energía no como ríos, sino como aceleradores de partículas. Obligó a las moléculas de su fuego a colisionar entre sí, una y otra vez, aumentando la densidad, reduciendo el volumen.

El fuego violeta comenzó a cambiar. Se volvió más claro, pasando por un azul eléctrico, luego por un plateado incandescente, hasta que finalmente se estabilizó en un Blanco Atómico. No era una luz que iluminara; era una luz que borraba lo que tocaba.

Cuando abrió los ojos, sus pupilas ámbar habían desaparecido, reemplazadas por dos soles blancos y furiosos.

—Vengan —desafió.

Cuando el siguiente Eco intentó tocarla, Qingwan no retrocedió. Simplemente extendió un dedo. En el punto de contacto, no hubo llamas, sino una implosión silenciosa. El Eco no se quemó; simplemente dejó de existir. Sus átomos fueron despojados de su cohesión y se integraron a la ceniza del suelo.

La Danza de la Depredadora

Lo que siguió no fue una batalla, fue una purga. Qingwan comenzó a moverse con una agilidad que no dependía de la elegancia, sino de la eficiencia depredadora. Cada movimiento de su abanico cortaba el aire con la precisión de un láser.

Ya no esperaba. Ella buscaba.

Cazó a los Ecos uno por uno, moviéndose a través de las colinas de ceniza como un rayo blanco. Sus sentidos, ahora agudizados por la necesidad de sobrevivir sola, percibían la vibración de la "Miseria" antes de que se materializara.

—Ecuación de combate revisada —dijo, mientras desintegraba al último de los espectros—. La defensa es una pérdida de tiempo cuando el ataque es absoluto.

Al terminar, se quedó de pie en medio del valle, rodeada de un silencio que ahora le pertenecía. Su túnica estaba empapada en sudor, pero su respiración era rítmica. Había pasado de ser una jugadora de ajedrez a ser la pieza que rompe el tablero.

La Revelación del Tercer Fragmento

Cuando la oscuridad cayó, bajo un cielo de ceniza estática, Qingwan sacó el Fragmento Ámbar de Ferrum. La gema reaccionó a su nuevo fuego blanco, brillando con una resonancia profunda.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 24.08.2026

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