Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 55: El Soberano de la Nada

El Núcleo del Vacío no era un lugar, sino una ausencia. No había aire que respirar, pero los pulmones de Xuan Ye se llenaban de una presión fría que sabía a estática y olvido. Allí, la gravedad no tiraba del cuerpo, sino del alma, intentando deshilachar cada recuerdo, cada átomo de voluntad, para reintegrarlos en la negrura primordial de la Miseria.

Xuan Ye flotaba en esa inmensidad, su cuerpo girando lentamente. Su brazo de plata, la marca de su servidumbre y su mayor arma, brillaba con una luz blanca y errática, como un faro a punto de agotarse en una tormenta de petróleo.

—¿Dónde... estoy? —su voz no produjo sonido, pero las ondas de su pensamiento agitaron la oscuridad.

"Estás en casa, pequeño fragmento de nada", respondió una voz que parecía venir de todas las direcciones y de ninguna. Era una voz compuesta por el crujido de estrellas muriendo y el susurro de imperios cayendo. "Estás en el útero de la Séptima Estrella. Aquí, el tiempo no tiene permiso para existir".

La Tentación de la Omnipotencia

Frente a Xuan Ye, la oscuridad se condensó en una figura que imitaba su propia forma, pero hecha de un cristal negro tan puro que dolía mirarlo. No tenía rostro, solo un abismo donde debería estar el corazón.

—Xuan Ye... un nombre dado por una mujer que te ve como un escudo —dijo la entidad—. Un nombre que te encadena a la carne, al dolor y a la muerte. Mírate. Estás roto. Tu brazo es una herida abierta que intenta cerrarse con la energía de este reino.

La entidad extendió una mano de sombra. Al contacto, Xuan Ye visualizó un poder que nunca se había atrevido a imaginar. Vio galaxias enteras siendo devoradas por su voluntad, vio el fin del Imperio Su con un solo movimiento de su mano, vio la paz absoluta que solo el vacío puede ofrecer.

"Entrégate", susurró la voz. "Deja de luchar por una emperatriz que solo te valora por tu utilidad. Sé el Soberano de la Nada. No más dolor. No más obediencia. Solo el vacío".

Xuan Ye sintió la seducción del alivio. Su existencia había sido una sucesión de batallas, cadenas y el peso insoportable de la Miseria en sus venas. Rendirse significaba dejar de sufrir. Significaba ser dios.

El Recuerdo del "Perro"

Pero en el centro de esa oferta de divinidad, surgió un pensamiento. No fue una ecuación compleja ni una gran verdad metafísica. Fue el recuerdo del aroma a té de jazmín y el sonido de un abanico cerrándose con un golpe seco.

Recordó la primera vez que Su Qingwan lo llamó "perro". En aquel entonces, él lo aceptó porque no conocía nada más. Pero luego recordó cómo ella, con su cinismo elegante, le había enseñado a pensar, a dudar, y finalmente, a elegir. Ella no le había dado libertad; le había dado algo mucho más peligroso: un motivo.

—Ella no me valora por mi utilidad —articuló Xuan Ye, y esta vez su voz desgarró la oscuridad—. Ella me valora porque soy el único que se atreve a mirarla sin parpadear cuando quema el mundo.

Cerró su puño de plata. La energía del vacío, que antes intentaba disolverlo, comenzó a encontrar una resistencia. Xuan Ye no intentó empujar la oscuridad; intentó reclamarla.

—No soy un fragmento de nada —declaró—. Soy el vacío que devora tu vacío.

El Nacimiento del Soberano

En lugar de dejar que su brazo de plata fuera una válvula de escape, Xuan Ye lo convirtió en un vórtice de succión. Comenzó a absorber la energía de la Séptima Estrella con una voracidad que asustó a la propia entidad.

Su dantian, normalmente frío y oscuro, se encendió con un fuego negro. El dolor fue indescriptible. Era como si mil agujas de hielo estuvieran cosiendo su carne a la estructura del universo. Pero Xuan Ye no gritó. Aceptó el dolor como el precio de su autonomía.

Su brazo de plata comenzó a transformarse. El metal se fundió con su piel, creando un patrón de escamas plateadas que subían por su cuello y se marcaban bajo su ojo derecho. Ya no era una prótesis impuesta; era su verdadera forma.

—¿Cómo puedes preferir la servidumbre a la corona? —preguntó la entidad, retrocediendo ante la presión que Xuan Ye estaba generando.

—No es servidumbre si yo elijo el collar —respondió Xuan Ye con una sonrisa gélida—. Y hoy, elijo ser el fin de todo lo que se interponga entre ella y su trono.

Con un movimiento fluido, Xuan Ye extendió su mano y desgarró el tejido del Núcleo del Vacío. No usó magia, usó autoridad pura. El espacio se abrió como una tela vieja, revelando el camino de regreso al mundo material.

La Promesa del Reencuentro

Al cruzar el umbral, Xuan Ye sintió el aire de Yunlan de nuevo. Cayó de rodillas en un bosque de pinos negros, a pocos kilómetros de la frontera de la Corte de los Susurros. Su armadura estaba destruida, su cuerpo cubierto de cicatrices plateadas, pero su poder era diez veces mayor que cuando entró en la Torre de Ferrum.

Se levantó, sintiendo la vibración del Tercer Fragmento a lo lejos. Podía sentir a Qingwan. Su fuego blanco brillaba en el horizonte como una estrella furiosa.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 24.08.2026

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