Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 56: El Peso de la Sincronía

La Corte de los Susurros no recibía a sus invitados con trompetas ni estandartes, sino con un silencio que pesaba más que el plomo. Ubicada en el centro neurálgico del Imperio Su, la ciudad-palacio estaba envuelta en una niebla negra perenne, alimentada por los secretos y los pecados de mil años de linaje real.

Su Qingwan se detuvo frente a la Gran Puerta de Obsidiana. El Valle de las Cenizas había quedado atrás, pero su marca seguía presente en ella. Su túnica carmesí, ahora remendada con hilos de seda de fénix, brillaba con una luz propia bajo la bruma. Ya no había rastro de la joven noble que jugaba con abanicos por puro aburrimiento.

—Puerta de grado siete —murmuró Qingwan, cerrando su abanico de jade astillado—. Cerradura de frecuencia armónica. Madre siempre tuvo un gusto excesivo por la seguridad pasiva.

Frente a ella, un batallón de Centinelas de Niebla comenzó a materializarse. No tenían cuerpos físicos; eran armaduras vacías llenas de la voluntad de la Emperatriz Madre. Sus lanzas, hechas de cristal de desesperación, vibraban con un tono que buscaba anular el Qi de cualquier intruso.

—Protocolo de entrada negado —siseó una de las armaduras, su voz siendo un eco múltiple—. El linaje Su ha sido purgado.

Qingwan sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos. Sus pupilas, que ahora conservaban un rastro permanente de blanco incandescente, se fijaron en el centro de la formación enemiga.

—El linaje Su no se purga —sentenció—. Se transmuta.

En lugar de desplegar una técnica defensiva, Qingwan simplemente caminó hacia ellos. Con cada paso, el suelo bajo sus pies se convertía en cristal fundido. El Fuego Blanco emanaba de sus poros, no como llamas, sino como una distorsión térmica que hacía que la realidad misma pareciera derretirse.

Los Centinelas cargaron. Qingwan movió su abanico en un arco horizontal. No hubo fuego, no hubo explosión. Solo una línea de blanco absoluto que cortó el aire. Donde la línea tocó a los Centinelas, estos simplemente se desvanecieron. Sus armaduras se desintegraron en partículas subatómicas antes de tocar el suelo.

—Eficiencia de combate: 100% —dijo ella, aunque su pecho subía y bajaba con esfuerzo—. Pero el consumo de energía... es una curva peligrosa.

La Grieta en la Oscuridad

Justo cuando una segunda oleada de Centinelas, esta vez reforzada con escudos de antimateria, se preparaba para rodearla, el cielo sobre la Corte se desgarró.

No fue una rotura natural. Fue como si una mano gigante hubiera tomado la tela del universo y la hubiera partido a la mitad. De la grieta no salió luz, sino una oscuridad tan densa que hizo que la niebla negra de la Corte pareciera gris pálido.

Qingwan se tensó, cargando el Fuego Blanco en sus palmas. ¿Era un nueva arma de su madre? ¿La Séptima Estrella interviniendo directamente?

Entonces, una figura descendió de la grieta.

No cayó; simplemente se manifestó en el centro del campo de batalla. Llevaba una armadura negra mate que parecía devorar la luz de los Centinelas. Su brazo derecho y su cuello estaban cubiertos de escamas de plata que brillaban con una intensidad fría y divina. Sus ojos eran dos pozos de mercurio líquido.

Xuan Ye.

Pero ya no era el Xuan Ye que ella había lanzado al portal en Ferrum. Había algo en su postura, en la forma en que el espacio se curvaba a su alrededor, que gritaba autoridad.

—Has llegado tarde —dijo Qingwan, su voz temblando ligeramente a pesar de su esfuerzo por mantener la compostura dandy.

Xuan Ye giró la cabeza. Sus ojos de mercurio se encontraron con los ojos de sol blanco de ella. Por un segundo, el tiempo pareció detenerse de verdad, sin necesidad de maquinaria.

—Tuve que renegociar los términos de mi existencia —respondió él. Su voz era más profunda, cargada con la resonancia del vacío—. Pero te dije que te encontraría en las puertas.

La Nueva Dinámica

Un Centinela de Niebla intentó atacar a Xuan Ye por la espalda. Sin siquiera mirarlo, Xuan Ye extendió su mano de plata. El espacio alrededor del Centinela se comprimió en un punto infinitesimal hasta que la armadura colapsó sobre sí misma y desapareció en un estallido de nada.

—¿Qué has hecho contigo mismo, Xuan? —preguntó Qingwan, cerrando su abanico y acercándose a él.

—Lo que tú me enseñaste —respondió él, dándose la vuelta para enfrentarla plenamente. Ya no estaba tres pasos por detrás. Estaba frente a ella, a su misma altura—. Dejé de ser una herramienta para convertirme en el dueño del vacío que me habita. Ya no soy tu escudo, Qingwan.

Ella frunció el ceño, una chispa de su vieja arrogancia asomando. —¿Ah, no? ¿Y qué eres ahora?

—Soy tu ejército —dijo él, y por primera vez, no hubo sumisión en su mirada, sino una asociación absoluta—. Soy el que va a abrir esas puertas para que tú puedas sentarte en el trono que te pertenece.

Qingwan lo observó detenidamente. Notó las escamas de plata que subían por su mandíbula, notó el aura de poder atómico que emanaba de él. Sintió una punzada de algo que no era cálculo ni estrategia. Era una admiración cruda y, por qué no, una atracción que quemaba más que su propio fuego.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 24.08.2026

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