Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 57: El Espejo de las Mil Traiciones

El Gran Salón de los Susurros era una proeza de arquitectura imposible. Miles de espejos de diferentes tamaños y formas colgaban del techo mediante hilos de seda de araña plateada, girando lentamente en una danza perpetua. No reflejaban el salón, sino fragmentos de realidades distorsionadas: futuros que nunca ocurrieron, pasados alterados por el arrepentimiento y deseos ocultos que el corazón apenas se atrevía a susurrar.

Su Qingwan avanzó por la alfombra negra, el sonido de sus botas golpeando el mármol rítmicamente. A su lado, Xuan Ye caminaba con una fluidez depredadora. Su sola presencia parecía "anclar" el espacio a su alrededor, evitando que los espejos capturaran sus almas.

—No mires los reflejos, Xuan —advirtió Qingwan, manteniendo su mirada fija en la figura del trono—. Son trampas cognitivas. La Madre no pelea con espadas; pelea con la arquitectura de tu propia mente.

—He pasado una eternidad en el vacío, Qingwan —respondió él, y sus ojos de mercurio emitieron un destello frío—. Ya no hay mentira que pueda hacerme dudar de mi realidad.

El Trono de la Mentira

La Emperatriz Madre permanecía inmóvil. Su belleza era gélida, eterna, como si el tiempo se hubiera detenido para ella en el momento de su mayor traición. El Fragmento de la Verdad en su frente latía con una luz blanca que rivalizaba con el aura de Qingwan, pero con una frecuencia que inducía náuseas a cualquiera que no fuera de sangre real.

—Te fuiste siendo una niña que jugaba a ser inteligente —dijo la Emperatriz, su voz multiplicada por los mil espejos del techo—. Regresas convertida en algo... diferente. Has manchado tu pureza con el vacío de ese esclavo y un fuego que no pertenece a este mundo.

—La pureza es una limitación de los mediocres, madre —replicó Qingwan, desplegando su abanico. Las plumas de fénix vibraron, emitiendo un siseo de calor atómico—. He aprendido que la realidad no es algo que se acepta, sino algo que se calcula y se dobla a voluntad. Dame el fragmento.

—¿El fragmento? —La Emperatriz se puso de pie. Su túnica, hecha de hilos de sombra, parecía expandirse por el salón—. Este fragmento no es una herramienta, Qingwan. Es la condena de nuestra estirpe. Solo alguien con el corazón de piedra puede portarlo. Tú todavía... todavía tienes ese molesto temblor en el pulso cuando lo miras a él.

La Sinfonía de las Sombras

La Emperatriz movió una mano y el salón entero pareció girar. Los mil espejos descendieron como guillotinas de luz.

De cada espejo surgió un reflejo sólido: docenas de "Su Qingwans" y "Xuan Yes" con ojos vacíos y movimientos mecánicos. Eran proyecciones de sus versiones más débiles, de sus miedos más profundos.

—Xuan, formación de dispersión —ordenó Qingwan.

Xuan Ye no esperó. Su brazo de plata se encendió y lanzó sus cadenas, no hacia los reflejos, sino hacia los hilos que sostenían los espejos. Si el origen era destruido, la proyección cesaba. Pero la Emperatriz era rápida; con un susurro, las cadenas de Xuan Ye se volvieron contra él, convirtiéndose en serpientes de metal líquido que buscaban asfixiarlo.

—¡Interferencia detectada! —exclamó Qingwan.

Ella no atacó al guardián, sino al aire. Lanzó una ráfaga de Fuego Blanco que no buscaba quemar, sino crear un Muro de Refracción Absoluta. El calor era tan intenso que el aire se ionizó, creando un escudo que repelía las proyecciones de los espejos.

—Madre, tu lógica es anticuada —dijo Qingwan, sus dedos trazando patrones en el aire—. Estás usando un sistema de espejos basado en la percepción. Yo he aprendido a luchar en el nivel de la materia.

El Duelo de Voluntades

La batalla escaló a una velocidad que el ojo humano no podría seguir. Xuan Ye se movía como un borrón plateado, desgarrando la realidad con cada golpe de su puño de plata. Cada vez que el vacío de Xuan Ye tocaba una sombra de la Emperatriz, se producía un vacío sónico que hacía estallar los cristales cercanos.

Sin embargo, la Emperatriz utilizó el Fragmento de la Verdad. Una luz cegadora brotó de su frente, inundando el salón.

—¡Miren la Verdad! —gritó.

La luz golpeó a Qingwan, obligándola a ver la posibilidad de que todo su viaje fuera inútil. Vio a Xuan Ye muriendo una y otra vez. Vio el Imperio Su reducido a cenizas sin que ella pudiera reinar. Vio su propia muerte como una nota a pie de página en la historia de otros.

Qingwan se tambaleó. Su Fuego Blanco comenzó a parpadear.

—Qingwan, ¡mírame! —La voz de Xuan Ye rompió la ilusión.

Él llegó a su lado y, por primera vez, usó su autoridad de Soberano para envolverla. Las escamas de plata de su brazo se extendieron, rodeando a ambos en un capullo de vacío absoluto donde la luz de la "Verdad" de la Emperatriz no podía entrar.

—Esa no es la verdad —dijo Xuan Ye, su rostro a centímetros del de ella—. Es solo una de las infinitas mentiras que ella llama verdad. Nuestra verdad la estamos escribiendo nosotros, aquí mismo.

El Contraataque

El contacto con Xuan Ye estabilizó el Qi de Qingwan. Ella cerró los ojos, no para ignorar el peligro, sino para procesar la información a un nivel subatómico.



#2641 en Fantasía
#538 en Magia
#287 en Paranormal
#112 en Mística

En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 24.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.