—He investigado bien, Lebanon y tanto como las muertes de Darrin y el hombre misterioso, se basan en criminales que fueron acusados por homicidio, tráfico de drogas, …
Pocas veces se la había visto a Lebanon sonreír, siempre lo hacía para aparentar alegría en público. Evitar sospechas, actuar lo opuesto a lo que es en las revistas. Sin embargo, Guyana era diferente. Él podía ser feliz en las calles nocturnas o bajo del sol.
—Es decir, un mal para un bien mayor —habló Guyana y al estar el grupo en la sala, él se sentó en uno de los sofás individuales—. De igual forma, ¿Cómo sabremos quién es Darrin y el otro grupo si cometen los mismos asesinatos a personas similares?
La chimenea se encontraba apagada, siempre se encendía en noches frías o en eventos festivos para poder darle algo de belleza al lugar.
Lebanon se sentó en el sofá enorme con ambas manos unidas y apoyando sus codos en su regazo. Su mirada se encontraba fija en la chimenea apagada. Jay se alejó de ellos y se dirigió a la cocina, mientras se encaminaba hablaba:
—¿No hay pruebas de que ambos trabajen juntos?
—¿Después de lo que le hicimos nosotros? —Lebanon volvió su cabeza a la ventana que dejaba a lustre cómo el cielo se tornaba rosa en señal de que el sol estaba a punto de aparecer—, Darrin nunca trabajaría con alguien.
—No has respondido mi pregunta —habló Guyana viendo el cielo a través de la ventana y volviendo su mirada en Lebanon.
Guyana retiró la pañoleta que cubría su rostro, había olvidado que aún la traía puesta, lo mismo hizo con la capucha que cubría su cabeza.
Los ojos de Cooper eran azules como el océano, y con su piel blanquecina muchos decían que les recordaba a la playa de arena alba.
Su cabello negro estaba empapada de sudor por el trabajo nocturno. Varios mechones de su cabello caían en su frente. Su mandíbula era igual de fuerte que la de Lebanon.
—Eso no importa, encontraremos otro ataque, llegaremos cuanto antes y sea quien sea a quién encontremos, irá a dónde pertenezca —Lebanon se levantó de su asiento y volvió su mirada en Guyana, que ahora, gracias al sol, podría decir que su verdadero nombre era Cooper Palmer—. Tenemos que entrenar más, investigar más, estamos pisándole los talones a estos chicos, debemos estar muchos pasos delante de ellos.
Granada, o Jay Jacob, traía una bandeja de plata en sus manos llena de comida. El desayuno. Colocó la bandeja encima de la mesa de cristal que se encontraba en medio de la chimenea y del sofá.
—Eso puede esperar —Jay se cruzó de brazos al tener las manos vacías—, por ahora lo que tienen que hacer es comer y dormir.
—No hay tiempo para eso, Jay —Jeff Jacob, A.K.A. Lebanon, se levantó de su asiento alejándose de la sala—. Hay dos asesinos en las calles, matando a diestra y siniestra cuando la policía llega tres horas tarde, cuando los cuerpos ya están vacíos de sangre.
Una vez que Jeff había desaparecido, Cooper tomó uno de los sándwiches de la bandeja y lo mordió viendo sobre su hombro la sombra de Jeff.
—¿Cómo puedes lidiar con tu hermano? —Le preguntó a Jay.
—Años de práctica —Jay volvió su mirada en Cooper—. No estoy viejo por la edad, sino por el estrés.
—Voy por ese camino —Cooper tomó otro pedazo—, yo patrullo con él. Odia a todo el mundo. Los Aberrantes buenos, los Aberrantes malos, los policías y.… odia a todo el mundo ¿Nunca ha tenido una novia alguna vez en su vida?
—Una vez, pero fue hace mucho tiempo. Las únicas personas que amó fueron asesinadas por Aberrantes.
—Cierto —dijo Cooper con un hilo de voz—, sus padres.
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Blue Velvet caminaba por el extenso pasillo provocando que sus tacones repiquetearan contra el suelo. Las paredes estaban cubiertas de madera, no sabía si era por el hecho de que la madera no era conductora de electricidad o porque sería una excelente decoración para un lugar tan sombrío. El suelo era de color cobre y el techo blanco, excesivamente blanco, con luces redondas de igual color.
En ese piso del edificio únicamente se encontraban dos puertas. La puerta de las escaleras, y la puerta del jefe.
Al caminar, Blue Velvet provocaba que su cola de caballo bailara de un lado a otro. El color celeste de su cabello era llamativo y revoltoso por haber tenido «diversión» tantas noches.
Dos hombres vigilaban la puerta de madera.
Los hombres eran altos y robustos, de espaldas muy anchas y brazos enormes, eran innecesarias las armas en sus bolsillos si poseían tantos músculos.
Blue Velvet llevaba dos tazas blancas en sus manos con una sonrisa en su rostro. Nunca se encontraba de mal humor, a excepción de tener que intimidar a las personas. Se acercó a los dos hombres sin ocultar su sonrisa. Sus dedos pálidos, con las uñas azules, rodeaban las tazas.
—Hola, Brady, Ricky —saludó ella y les tendió la taza a ambos—, les traje esto de la cafetería de la esquina. Es café con vainilla.
Ambos sonrieron y tomaron sus respectivas tazas. A pesar de sus aspectos tan fornidos, al recibir ese presente ambos lucían como niños emocionados por un regalo de Navidad.