—Nada de nada —dijo Jay y tomó un poco de su copa de champán—. Ya hackeó las redes, no hay información de una chica aberrante capaz de manipular la electricidad.
—Si no tuviera que venir a estos lugares, podría estar buscándola —un camarero se había acercado a ambos con una bandeja llena de champán. Jeff tomó una copa y asintió en forma de agradecimiento.
—Pero necesitamos crear empatía y así tener algo de estas personas, sin dinero no hay nada, Jeff.
—Quizás deberías de tener algo de estas personas, algo más que dinero.
Jay lo vio a los ojos, aunque él continuara escudriñando a las personas.
—¿Estás insinuando algo, hermanito?
—Seamos realistas —Jeff tomó otro trago—, estamos viejos y tú necesitas a alguna mujer en tu vida. Niños, siempre has querido niños.
Jay apartó su cabeza como si hubiera recibido un golpe.
—Lo siento, pero creo que el hombre que dijo que no deberíamos involucrar a seres queridos fuiste tú —Jay tomó un trago más largo—. Además, es cierto, nuestra vida es muy agitada cómo para tener a alguien.
—Pero tu trabajo es más simple. Mereces a una mujer, hacerme tío. Las cosas normales.
—Ya es tarde para eso, Jeff. Lo digo en serio. Tú necesitas más a una chica para que sonrías más seguido.
—Yo he tenido a muchas chicas.
—No me refiero a que tengas chicas con que… entretenerte. Si no de una mujer en específico. Vamos a jubilarnos pronto, sabes a qué me refiero.
—No hasta que toda la maldad en esta ciudad acabe.
—Buenas noches, caballeros —una mujer se había acercado a ambos.
Ambos la conocían, era Bárbara Espiga, una adulta de cabellos canosos sujetos por una coleta desordenada. Su rostro era blanco como la leche y a pesar de las arrugas que cubrían su rostro se podía ver la armonía en sus ojos negros como el cielo de esa noche. Su voz era delicada y suave como la música.
—Buenas noches, señorita Bárbara —dijo Jeff asintiendo una vez.
—Vaya, tenía tiempo que alguien no me llamaba señorita —Bárbara rio entre dientes—. ¿Disfrutan la fiesta?
—Es muy buena, ciertamente —Jay asintió y sonrió—. Tenía tiempo que no era invitado en estos eventos.
—¿Cómo no invitar a uno de los hermanos más famosos… creo que la palabra correcta es «Codiciados»?
Ambos rieron entre dientes.
—¿Y cómo no asistir a una fiesta organizada por una de las damas más amadas de la nación? —Jay sonreía dejando relucir sus dientes blancos—. La pronta alcaldesa.
—Eso espero honestamente —Bárbara rio entre dientes—, al igual que espero poder bailar con el señor Jeff Jacob.
Jeff continuaba sonriendo, tratando de disimular su sorpresa a su vez que sentía la mirada de Jay, quizás mirándolo con burla.
—Lo siento, señora Bárbara, pero tendré que pasar. No me encuentro en condiciones, me he pasado de copas esta noche.
—Ow —Bárbara lucía sorprendida.
—Pero, sin embargo, mi hermano amaría poder bailar con usted.
La sonrisa de Jay había desaparecido. No por el hecho de bailar con ella, sino que él no sabía bailar, ninguno de los dos.
—¿Es cierto? —preguntó ella viendo a Jay a los ojos.
—¿O prefieres negarle el baile a una dama que pronto tendrá una enorme posición en nuestra sociedad? —Jeff tomó un trago sin apartar la mirada de Jay.
Jay lo veía con seriedad y tomó aire, volvió su mirada en la tierna mujer.
—Me encantaría poder invitarla a bailar.
—Excelente.
Jay tomó su trago hasta dejarlo vacío y lo colocó encima de una mesa cubierta por un mantel blanco. Le otorgó su brazo y Bárbara lo aceptó. Mientras ambos se alejaban, Jay lo vio por encima de su hombro, asesinando con la mirada y murmurando, algo que Jeff no podía comprender, pero entendía que debía de ser.
Jeff se acerca a uno de los camareros y le entrega la copa vacía.
—Gracias —dice y se acerca a una de las enormes ventanas de cristal viendo los edificios diminutos comparados a ese enorme Penthouse.
Antes de tomar un sorbo escuchó una voz en su comunicador.
—¿La vista es hermosa? —era Cooper, ahora conocido por Guyana.
—Creí haberte dicho que te quedaras cuidándote —Jeff apartó la copa sin beberla, escudriñando los edificios, tratando de descubrir las siluetas de las terrazas.
—La manzana nunca cae lejos del árbol —Guyana suspiró—. Además, encontré a la chica. A Blue Velvet.
Jeff entornó los ojos. No había escuchado ese nombre en ningún registro y escucharlo saliendo de Guyana, como si se tratara de una mujer más entre tantas… malhechoras, lo hacía sentir un tanto extraño.
—¿Cómo la encontraste? —Jeff susurraba tratando de no ser escuchado por los invitados a sus espaldas, quienes bailaban o reían a carcajadas.
—Pues tiene mi cinturón y tú tienes un rastreador para todo, incluso para mí, lo cual me hace sentir mal —Guyana rio entre dientes—, en fin, la rastree y aquí estoy a unos metros de ella.