Blue Velvet empujó la puerta, adentrándose en la penumbra de la mansión. El aire estaba viciado de polvo y abandono. A juzgar por el silencio sepulcral, no había nadie en casa.
Detrás de ella, los cuerpos de los hombres que minutos antes le habían apuntado con sus armas yacían inconscientes en el suelo. Algunos desarmados, otros con los fusiles esparcidos a metros de distancia como si hubieran sido arrancados de sus manos con brutalidad quirúrgica.
Sin inmutarse, cerró la puerta tras de sí y caminó con paso seguro por la habitación cubierta de polvo. No había muebles, ni armarios, ni rastros de vida reciente. Las cortinas colgaban hechos jirones, carcomidas por el tiempo o convertidas en nido por ratas y alimañas invisibles. El suelo crujía bajo sus botas.
Al pasar frente a las ventanas, la tenue luz de la luna se filtró entre los huecos de la tela rasgada, iluminando su figura. Blue Velvet alzó ambas manos con parsimonia, observando con atención las armas recién adquiridas, trofeos arrebatados de los guardias de la entrada. No eran las más sofisticadas que había tenido el placer de blandir, pero incluso un juguete barato podía entretener si se sabía cómo usarlo.
Continuó avanzando hasta toparse con otra puerta, más angosta y descuidada que la anterior. Estaba entreabierta. Le bastó un leve empujón con la cadera para abrirla del todo y desaparecer entre las sombras del umbral.
—Juguemos a las escondidas, entonces—susurró ella.
A excepción de la sala anterior, esa zona se encontraba iluminada por un bombillo de menor intensidad que pendía del techo gracias a un cable negro. Las paredes se encontraban rodeadas por numerosos espejos, también cubiertos por partículas de polvo y unas que otras marcas de quebradura.
Otras cajas se posaban en la esquina o en medio de la habitación con la intención de crear un pequeño Laberinto.
El bombillo comenzó a parpadear hasta el punto en que logró apagarse por completo, dejando el lugar completamente a oscuras.
—¿Qué fue eso? —gritó un hombre adulto de voz muy gruesa.
Se escuchó el sonido de las armas cargándose alrededor de toda la habitación creando un eco.
La puerta se cerró de golpe y porrazo.
Todos los hombres volvieron su mirada a la puerta, aun sin poder verla entre tanta opacidad.
—¿Es ella? —murmuró uno de los sujetos a uno de sus compañeros al lado de ella, sin apartar la mirada y la mira del arma en la puerta.
—Tiene que ser… —respondió él con el cuerpo tensado.
Se escuchó un grito, o un alarido de dolor.
Todos los hombres giraron en torno al sonido para buscar de donde provenía. Bajaron la mirada, uno de los hombres, uno de sus compañeros, estaba en el suelo con el cuello quebrado y sus ojos inertes.
—Ay no… —Murmuró uno de ellos—hay un hombre caí…
No pudo terminar la frase, fue interrumpido por otro alarido. Por el volumen del grito y de origen, podía sentir cómo el hombre estaba elevado, o encima de las cajas y cayó al suelo. El grito acabó cuando el sonido del golpe contra el suelo lo mató.
Sin percatarse, el sujeto alto de piel morena y brazos enormes comenzaba a agitarse, la mira del arma bailaba sin lograr apuntar bien. Estaba temblando.
Ambos sujetos giraban a diestra y siniestra, sin encontrar nada. Se escucharon más gritos seguidos de sonidos de golpes, solo el sonido de dos disparos hasta escuchar cómo el cuerpo yacía en el suelo como el resto.
Uno de ellos tragó saliva. Y al darse vuelta, era tarde. La chica de cabello azul, de la que todo el mundo había comentado, se encontraba de pie a unos centímetros escasos, sus ojos no eran naturales, eran un azul intenso que cubría toda su esclera.
Fue lo último que logró ver el hombre armado.
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Blue Velvet se acerca a la puerta de madera dejando a sus espaldas los cadáveres de los guardias.
Notó como un pequeño claro de luz emergía de la puerta, había un hoyo. Se colocó de cuclillas y comenzó a ver a través del agujero.
Notó numerosas siluetas y escuchó la voz de un hombre. Esa voz la reconocía. La reconocería en cualquier lado. Esa voz ronca de tanto haber gritado, de haber fumado, pero muy alta, nada más para lograr distribuir pavor entre aquellos que lo rodeaban.
Para su suerte, ella no le temía a nada. Una horrible maldición.
Empujó la puerta y logró abrirla lo suficiente como para que ella lograra entrar.
Todos estaban de espaldas a ella, por lo tanto, aún no habían notado su presencia. Todos fijaban su mirada en el anfitrión.
Gracias a la luz que entraba a la habitación, podían diferenciarse los cuerpos inertes en el suelo que Blue Velvet había golpeado.
La habitación era enorme. Era más enorme que un estadio. En medio de la habitación se encontraba una máquina plateada de gran tamaño en forma circular con una especie de punta en el centro, similar a una antena. Numerosos cables cubrían el arma y el único ser que se encontraba en una plataforma para lograr rodear la máquina, lograr ver a todos los espectadores, era él. El hombre que tanto ella había estado buscando.