—Solo estás molesto porque fui capaz de quitarte el cuchillo —Blue Velvet hizo un puchero en manera de burla.
—Por supuesto —respondió él de modo sarcástico—, no tiene nada que ver el hecho de que me hayas dejado inconsciente en el techo sin contar con que me dejaste atado.
—Y esa vez en la fábrica. No lo olvides —Blue Velvet tomó asiento en el taburete al lado de Lebanon—. Además, ya quedaste mal con tu jefe, niño.
—No es mi jefe —exclamó él y esta vez Jay colocó una mano en el pecho de Cooper para pedirle que parara. El rostro de Cooper estaba tan rojizo que parecía estallar en cualquier momento—, es mi amigo.
—Un amigo que te manda a hacer cosas, y si no las cumples se enoja. Es tu mejor amigo por lo que veo.
—La voy a… —murmuró Cooper, pero al ver la mirada tan seria de Jay decidió callar.
—Ella salvó a Jeff —dijo Jay apartando su mano una vez que el cuerpo de Cooper comenzó a relajarse. No se había percatado de que había un cuerpo en la camilla—. Estaba a punto de sufrir un paro cardíaco. Las toxinas entraron en su cuerpo y comenzó a tener alucinaciones. Sus peores temores. Blue Velvet lo trajo aquí.
—Todo fue gracias a su GPS —Blue Velvet sonrió dejando un atisbo de superioridad—. Gracias por regalarme la dirección de su base, por cierto.
—Solo ustedes usan ese auto y debemos agradecer que no eres una amenaza —Jay se encogió de hombros.
—¿Cómo lograste salvarlo sin salir herida? —preguntó Cooper colocando su cuchillo encima de una mesa.
Ahora Blue Velvet entendía por qué no había orden. Una casa llena de hombres donde colocan las cosas sin importar donde caigan.
—Porque —Blue Velvet colocó los ojos en blanco—, yo fui creada exclusivamente para matar a Parker. Theodore me creó. Él lo quiere muerto.
—¿Theodore? —Repitió Jay acercándose unos pasos—, ¿El jefe de la mafia?
—Ese mismo —Blue Velvet comenzó a ver uno de los artefactos metálicos con botones y viendo cada parte de la corteza—. Él me dio ese trabajo, pero ya sabían de ustedes. No de sus verdaderas identidades, pero sí que había un grupo de personas que cazaban a cualquiera que infringiera la ley —Blue Velvet apretó un botón y escuchó una puerta abrirse en algún lugar, sin darle importancia, presionó de nuevo, debía de haber sido uno de los autos.
Parecía una niña pequeña curiosa.
»Entonces él tuvo la brillante idea de asesinar a unos cuantos criminales al azar y algunas noches a los que estuvieran a favor de la creación de Parker. Ya saben, para que no supieran por quién íbamos.
—Espera —intervino Cooper—. ¿Entonces eras la que estaba asesinando a todos esos hombres?
—Es decir que no fue Darrin… —murmuró Jay para sí.
—¿Quién es Darrin? —Preguntó Blue Velvet mientras toqueteaba el control—, ¿Y qué hace este botón?
Una mano se colocó encima de la de ella. De haber sentido miedo, Blue Velvet se hubiera sobresaltado, sin embargo, colocó los ojos como platos. Vio a su lado cómo Lebanon —aunque prefería llamarlo Jeff aún con su uniforme y cabello rubio—la veía con agotamiento. Su mano estaba fría en contacto con la de ella.
—Eso no es un juguete —dijo él por lo bajo. Debía de seguir adormilado.
El rostro circunspecto de Blue Velvet se transformó en un instante. Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios y sus ojos, de un azul intenso, brillaron con una luz que no había mostrado en mucho tiempo. Sin pensarlo, se lanzó hacia él y lo rodeó con los brazos, envolviéndolo en un abrazo que recordaba al que le había dado alguna vez a Jay—apresurado, sincero, lleno de una ternura contenida.
Lo apretó contra sí, hundiendo el rostro en la almohada y en el cuello de Lebanon. Él, sin necesidad de palabras, correspondió el gesto. La rodeó con los brazos, cerró los ojos y la sostuvo con una delicadeza reverente, como si temiera que ella se deshiciera entre sus manos.
No era extraño. Lebanon siempre había sido así: un caballero hasta el final. Incluso en la peor de las circunstancias, conservaba esa calma elegante que lo distinguía de los demás.
Ella no sabía si él la reconocía como Lissa o como Blue Velvet, el nombre que ahora portaba como un arma.
Pero no lo detuvo.
Dejó que el aro celeste la envolviera una vez más. La transformación fue suave, casi imperceptible, como una marea que retrocede. El cabello azul de Blue Velvet se desvaneció, dando paso a sus mechones oscuros, color carbón, que ahora caían sobre el rostro de Lebanon.
Esta vez, él no olía a uvas como Jay…
Pero sí a medicina, a naranja, y al inconfundible aroma de Hugo Boss. Siempre exclusivo. Siempre distinto. No importaba la edad: Lebanon tenía presencia.
Ella se apartó suavemente, dándole espacio para que pudiera verla con claridad.
Jeff esbozó una sonrisa tenue—casi imperceptible en sus labios secos—, pero lo suficiente para que ella la reconociera. Levantó una mano temblorosa y le rodeó el rostro con los dedos, acariciando su piel como si la estuviera confirmando.
Lissa cerró los ojos. El tacto era suave. Humano. Real.