El alcalde Kenton George abrió la puerta de la oficina mientras reía sin parar con una secretaria que Blue Velvet no lograba alcanzar a ver. El hombre se adentraba sin parar de murmurar hasta que cerró la puerta lentamente sin perder el contacto visual.
—Después hablamos, querida —respondió el alcalde Kenton George con una sonrisa revelando sus dientes blancos—, hay mucho papeleo que hacer.
Cerró la puerta mientras giraba para ver su escritorio.
La silla de piel negra estaba siendo ocupada por una chica de cabello azul y traje celeste. Kenton George se aferró al pobo de la puerta esperando a que la chica dijera algo, que lograra su cometido. Por algo se encontraba en su asiento.
Ella estaba sentada leyendo una de las carpetas mientras ambas piernas reposaban encima de su escritorio de madera blanca. Encima de la mesa se hallaban diversas carpetas amarillas esparcidas sin ningún orden, cosa que el alcalde Kenton George jamás habría hecho.
—Odio esta ley de los Aberrantes —habló Blue Velvet con monotonía, no perdía su vista de los archivos en sus manos pálidas—, «está prohibido el uso de poderes en el territorio de los Estados Unidos de América. Aquel que logre mostrar su naturaleza Aberrante será penado por la ley». Aburrido —Blue Velvet lanzó la hoja dejándola en el suelo delante de Kenton George—, es decir que no permiten que los Aberrantes sean Aberrantes, no pueden estar en el ojo público porque, según ustedes, es un delito. Es un delito haber nacido Aberrante. Qué suerte no ser una Aberrante.
Kenton George leía el papel que estaba en el suelo revelando las reglas de los Estados Unidos de América. Blue Velvet lo había tachado con un lapicero azul y abajo dibujó la imagen de un pene más las palabras «Jódete». El hombre alzó la mirada para ver como Blue Velvet lo escudriñaba con el ceño fruncido. No parecía enojada, sino más bien decepcionada.
—D-Dices que no eres Aberrante —tartamudeó Kenton George—, pero eres una clase de ellos.
—De hecho, no —Blue Velvet apartó sus pies de la mesa para ocultarlos debajo del escritorio—, yo no nací con poderes, yo fui diferente —Blue Velvet reclinó su cabeza encima de sus manos luciendo como una pequeña niña. Los dos mechones de cabello cubrían cada lado de su rostro, haciéndola lucir más joven de lo que ya era—, así que no pueden arrestarme porque no estoy incumpliendo con la ley.
—¿Quién eres? —preguntó el hombre acercándose un paso. Admitía que tenía pavor. Alguien debía de tener muchos huevos como para sentarse en su asiento.
—Me dicen Blue Velvet —Blue Velvet sonrió de oreja a oreja—, pero honestamente eso no importa mucho. Lo que importa es que usted debe salir de aquí junto con su personal, aunque siendo honestos no me importa en absoluto.
Kenton George frunció el ceño y dio otro paso. Esta vez se encontraba más seguro.
—¿A qué se refiere? —preguntó él con recelo.
—Que deben salir de aquí, este lugar explotará y créame que no he sido yo —Blue Velvet colocó los ojos en blanco—, si yo logré entrar por esa puerta sin ser vista, cualquiera puede hacerlo, señor «cumplo mis promesas».
—Le sugiero, señorita, que si es una broma deberá marcharse inmediatamente o llamaré a seguridad.
—¿Crees que no puedo matar a cinco hombres en solo dos movimientos? —Blue Velvet enarcó una ceja—. Subestímame, eso sería divertido.
Blue Velvet apartó la mirada para fijarse en los libros que se posaban en el estante de madera. Se levantó de la cómoda silla para tomar uno de los libros gruesos. Kenton George no lograba apartar la mirada de ella. La escudriñó con mejor detenimiento. Traía unas botas azules de tacones muy puntiagudos y el traje no dejaba mucho a la imaginación, sin embargo, el traje cubría sus brazos hasta la altura de los dedos.
Las ventanas revelaban que era de noche, la luz no lograba entrar a la oficina, pero gracias a las luces de algunos edificios y la luna menguante, logró ver como manchas carmesíes cubrían su traje. Era sangre. El olor era inconfundible.
Él sólo quería acabar con unos papeles e irse a casa, ya era muy tarde para mantenerse en el trabajo.
—Lo digo en serio señor Kenton George —habló Blue Velvet mientras abría el libro—, tiene que irse de inmediato. Este lugar caerá y si no me cree caerá con esto. Y créame que gracias a esa ley no haré más nada al respecto.
El alcalde asintió y se acercó a la mesa a grandes zancadas. Tomó el teléfono y marcó solamente una tecla. Blue Velvet lo veía sobre su hombro sin mostrar ningún interés, y la verdad era que no le importaba salvar a hombres que estuvieran hambrientos de dinero y estuvieran de acuerdo con que por el nacimiento de un ser Aberrante merecía la cárcel.
—Ordenen a todos evacuar el lugar —ordenó el señor—, este sitio irá a las ruinas. No lo sé. Solo evacuen.
Colgó el teléfono y le dirigió la mirada a Blue Velvet.
—Si sigues actuando de esa manera, harás pensar que todos los Aberrantes son igual de cínicos.
—A diferencia de usted, señor «alcalde» —Blue Velvet colocó el libro donde estaba—, yo no espero agradarles a las personas, es mi propio mundo.
Blue Velvet se acercó a la ventana detrás del escritorio. Le sonrió y la abrió.