Jay avanzaba por los interminables pasillos de la mansión, atento a cualquier puerta que pudiera darle una pista de dónde se encontraba. Nada destacaba hasta que vio una.
Una sola puerta logró capturar por completo su atención: del pomo brotaban pequeñas chispas eléctricas, azuladas, que estallaban y se desvanecían como luciérnagas fugaces. Jay alzó la mano para tocarla, pero se detuvo al instante; con solo rozarla sabía que acabaría electrocutado. Así que tomó el borde inferior de su camisa, envolvió su mano como si se fabricara un guante improvisado y, con cuidado, giró el pomo. Para su sorpresa, no estaba asegurado.
Empujó la puerta y cruzó el umbral. Allí, recortada contra la ventana abierta, estaba Lissa. Sentada en el alféizar, con las piernas cruzadas, tenía la cabeza reclinada contra la pared. No podía ver sus ojos desde esa distancia, pero Jay habría apostado cualquier cosa a que su mirada estaba perdida en el cielo nocturno: un firmamento casi invisible, apenas un puñado de estrellas sobreviviendo al resplandor abrasador de la ciudad.
—Lissa —habló Jay y cerró la puerta detrás de él. Ahora ambos estaban rodeados de oscuridad—, necesito que hables conmigo.
—¿Para qué? —preguntó Lissa sin apartar su mirada del cristal—, mi decisión es definitiva y no voy a usarlos.
—Y lo entiendo, solamente que sabes cómo es Jeff. Ambos tienen mentes cerradas y si se reencuentran se crea un caos.
Lissa asintió y Jay se acercó un poco más hasta dar frente a la cama.
—Nadie lo entiende —dijo Lissa y se cruzó de brazos—, nadie entiende mis razones.
—Entonces explícalas —incitó Jay y dio otro paso.
—Sabes que las cosas fáciles no son divertidas y...
—No es eso —interrumpió Jay—, hay algo más detrás de ese «aburrimiento» y quiero saber que es.
Lissa liberó un suspiro. No lo podía evadir por siempre y tarde o temprano alguno de los dos lo iba a notar, le sorprendió ver que no era la persona que pensaba.
—Theodore me cambió totalmente —Lissa extendió su mano y la observó. Una parte de su rostro estaba siendo iluminada por la pálida luna y la otra envuelta en la penumbra como una obra de arte gótica. Su belleza era indefinible—, me dio estos poderes, este uniforme, estas habilidades y de no ser porque fuera curiosa, jamás sabría de mi vida pasada, de cómo era manipulada, ni nada de esto.
—Theodore hizo algo terrible y lo entendimos.
Más chispas recorrían la mano de Lissa como una esfera de electricidad que iba y desaparecía en la velocidad de un parpadeo.
—Y ese es el punto. No quiero usar mis poderes, no debería porque me los dio un maldito manipulador. No quiero vivir con esto y créeme que, si tuviera que elegir entre esta miseria y ser normal de nuevo, envejecer y ser como antes lo haría sin dudar.
Lissa ocultó su mano y se cruzó de brazos para esconder su cabeza. Sus brazos estaban reclinados en sus rodillas. No iba a llorar de nuevo, no frente a él.
—Sabía que tenía que haber algo escondido —esta vez, Jay se sentó a su lado—. Entiendo que no quieras usarlos, un hombre como él mereció lo que tuvo, pero no se lo digas a Jeff.
Lissa agito sus hombros, estaba riendo entre dientes.
Alzó la cabeza para ver a su viejo amigo.
—Después de que los ayude, ¿Qué harán? —preguntó Lissa y bajó la mirada a sus rodillas rojizas—. Me botarán. Ese fue el acuerdo, lo recuerdo y no quiero que eso pase.
—¿A qué te refieres?
—Con que una vez que los ayude, me usarán, terminarán la misión y dejaran que me vaya, me olvidarán y yo estaré en las calles, sola. Incluso peor porque al menos Theodore me daba una casa.
Jay suspiró.
—Son muchos problemas los que corren dentro de tu cabecita —dijo Jay con una sonrisa afable—, te contaré un secreto para que no pienses tanto en ello.
—Qué raro que uno de los hermanos Jacob tenga secretos —dijo Lissa con sarcasmo.
—Solía estar enamorado de ti.
Esto hizo que Lissa alzará su cabeza con rapidez. La había tomado por sorpresa y ciertamente no era lo que esperaba.
—¿Qué?
—Me gustabas cuando éramos niños. Cuando nos conocimos en la adolescencia me gustaste desde el primer momento en que te vi. Eras hermosa, encantadora y ciertamente cuando hablaste conmigo fuiste adorable. Eso fue lo que más me llamó la atención, tu inocencia y gusto por la vida.
»Pero Jeff tomó la iniciativa porque era joven y él era el más guapo —Jay rio entre dientes—, quizás por eso nunca logré decir lo que sentía ante nadie porque Jeff siempre fue tan intrépido, valiente, no pensaba en lo que pasaría solamente en el ahora y si no funcionaba, entonces buscaría otra solución. Sin embargo, yo siempre pensaba demasiado, nunca actuaba y creo que eso fue lo que te desencantó.
—Pero sí te quería como amigo.
—Pero no como algo más. Honestamente, siempre irán por Jeff, sin importar que yo sea el mayor. Entonces, cuando tú y él comenzaron a salir, no podía decir nada al respecto más que «que bien se ven juntos», y vivir con ello. Admito mis derrotas. Aun así, agradecía que tú fueras tan amable como para hablar conmigo, incluso si no sabía qué decirte.