—¡Hola, chicos! —exclamó Lissa bajando los peldaños con sus manos extendidas por encima de su cabeza simulando una pose triunfal.
Detrás de ella se hallaba Jay con una pequeña sonrisa llena de satisfacción y superioridad. Lissa saltó el último peldaño y cayó con sus dos pies. Jeff no parecía haber cambiado de actitud, se encontraba enfocado en el teclado, golpeaba cada letra con fuerza y premura como si eso lograra relajarlo. Cooper era todo lo contrario, estaba sentado en una de las sillas con aspecto monótono mientras observaba su teléfono celular.
—Es irónico que Stephen Hawking estaba a un paso de convertirse en un robot —refutó Cooper sin subir la mirada.
—He dicho que volví —anunció Lissa con petulancia.
—Y trabajará con nosotros —secundó Jay.
Esta vez ambos hombres alzaron sus miradas fijándose en la chica de cabellos negros.
—¿En serio? —preguntó Jeff con recelo.
—Sí —admitió Lissa cabizbaja—, admito que no fue bueno lo que hice o dije, y entiendo que quieras ayudar a las personas, pero no quiero tener que usar el don que me dio una persona... terrible para poder hacer el bien.
—Entiendo —asintió Jeff—, tampoco fue justo de mi parte.
—Pero eso no importa ya —habló Lissa y se acercó a grandes zancadas al monitor—, tenemos que aprender a vivir con lo que tenemos y usarlo para nuestros fines, no para el resto. Seré tan feliz como yo decida serlo.
Para Lissa no era necesario el tener que tocar la caja del CPU, con solo tocar el monitor le bastaba, puesto que los cables se interconectaban a la máquina. En la pantalla se reveló una caja de texto que en menos de un segundo se colmó de números y letras, al colocarlos, un mapa se reveló y un punto en movimiento se dejó a la vista de todos.
Ese punto era Darrin.
Estaba en un lugar casi desierto. Era un terreno alejado de la ciudad, y lo estaba por una razón.
—Está en Dreala —informó ella con sorpresa.
Dreala no era un asilo. Era el lugar al que enviaban a quienes habían perdido la razón sin posibilidad de retorno. Allí conviven hombres Corrientes y Aberrantes, aunque estos últimos eran mayoría; habían exterminado a casi todos los Corrientes, y su sola presencia bastaba para teñir el aire de violencia contenida. Nadie quería terminar en Dreala. No era un sitio de rehabilitación, si no una cárcel miserable donde la cordura se descomponía lentamente, día tras día.
—¿Qué hará allá? —preguntó Cooper acercándose a la pareja.
—Creo que esa es una pregunta muy estúpida si me lo preguntas a mí —dijo Lissa y un aro color azul comenzó a rodearla haciendo que su cabello se tornara azul nuevamente y que sus prendas desaparecieran dejando a la vista su conjunto tan revelador.
—¡Vamos! —exclamó Jeff.
Jeff y Cooper corrieron escaleras abajo, mientras que Blue Velvet se había transfigurado nada más que en un rayo saliendo disparado por el techo. Jay, alertado, tomó asiento donde una vez estuvo su hermano y comenzó a expandir el mapa a tal punto que abarcara toda la pantalla.
—¿Crees que va a liberar a todos los Aberrantes? —preguntó Cooper mientras tomaba asiento del copiloto.
—Pues no va a visitar a nadie —dijo Jeff en el asiento del conductor y encendiendo el coche. El rugir del motor se escuchó como eco a través de las paredes—, eso te lo aseguro.
Salieron disparados como una bala del recinto.