Aberrantes

Capítulo 42 - No soy peor que tú

—¿Listos? —preguntó Darrin. Su voz era fácil de comprender, incluso con una máscara cubriendo su rostro.

Los cuatro hombres detrás de Darrin asintieron. Llevaban máscaras de diferentes animales, todos depredadores, un rasgo que los unía. Darrin devolvió el gesto y se centró en la puerta de enfrente. Sus guantes acariciaron el hierro, aunque no podía sentir la frialdad que, sin duda, tendría a esas horas de la noche.

Abrió las puertas con ambas manos y el grupo entró al aposento. Delante se extendía un largo corredor que finalizaba en una pequeña recepción protegida por un cristal. Sin embargo, no fue eso lo que capturó su atención, sino la multitud de guardias en alerta, con armas empuñadas y los dedos listos en el gatillo. No los culpaba; la aparición de un grupo de personas enmascaradas con armas de alto calibre en Dreala no era habitual.

Los compañeros de Darrin desenfundaron sus pistolas y empezaron a disparar sin fallar un solo tiro. El estruendo de las balas se mezclaba con el grito de la recepcionista. El equipo de Garren salió ileso. Comenzaron a avanzar y uno de ellos abrió la puerta de la recepción, agarró a la mujer y la arrojó contra una esquina.

—¡Cállate! —Exclamó él mientras le apuntaba con su arma.

—No seas tan duro —intervino Darrin de manera monótona detrás del cristal—, solo dile que se calle y lo hará.

Darrin no quería lastimar a mujeres o niños, aunque lo había hecho en un arrebato; eran las inevitables consecuencias. Un segundo grupo asaltó Dreala, esta vez compuesto por más hombres, muchos de los cuales llevaban máscaras de animales, algunas repetidas: tres hombres con máscaras de león, cuatro de lobos, tres de hienas, entre otros.

Avanzaron por otro corredor, donde más guardias rodeaban el área restringida. Darrin se quedó atrás mientras su equipo continuaba avanzando, disparando sin detenerse. Esta vez hubo bajas: tres o cuatro de sus hombres cayeron, si bien todos los guardias resultaron muertos. Darrin siguió con los hombres restantes. Se encontraron con una puerta que tenía un cartel de "solo personal autorizado. Prohibido el paso".

Entraron de todas formas.

—Aquí está el cuarto de vigilancia —señaló Darrin.

La habitación estaba repleta de monitores de diferentes tamaños y formas, mientras que debajo estaba la mesa de control con diferentes botones y colores, al igual que un teclado y un ratón.

—Tiene que haber un CPU —murmuró Darrin mientras se acercaba y escudriñaba cada zona de esa habitación tan pequeña.

—Señor, se acercan —recalcó uno de los lobos que se hallaba fuera del portal.

—Lo encontré.

Del bolsillo, Darrin extrajo un pendrive y lo colocó en el CPU.

—Hasta aquí te encargas tú —le dijo a una hiena colocando una mano encima de su hombro—. Si se acerca alguien házmelo saber.

La hiena asintió y tomó asiento en una de las sillas giratorias. Dos hombres se quedaron vigilando, mientras el resto del grupo continuó avanzando. Al fondo los esperaba la verdadera mina de oro: los ascensores que transportaban a los prisioneros, o mejor dicho, a los maníacos.

Darrin alzó ambas manos y señaló a izquierda y derecha. La mitad del equipo tomó un flanco y la otra mitad el opuesto, optando por las escaleras. Las puertas del enorme ascensor se cerraron con un estruendo metálico. Darrin levantó la mirada hacia el pequeño panel luminoso que marcaba los pisos. A medida que descendía, los números aumentaban en valor negativo. Cuanto más abajo, más peligrosos eran los internos. Aberrantes fuera de control. ¿Quién podía saber cuántos años llevaban enterrados allí?

Pero Darrin lo sabía: ese sería su último día.

Las puertas se abrieron y fue el primero en salir. Observó con detenimiento el inmenso cuadrilátero que los encerraba. No había ventanas que indicaran la hora, ni relojes que marcaran el paso del tiempo. Solo puertas de plástico grueso, perforadas con pequeños orificios para permitir que los criminales respiraran.

Los dormitorios eran enormes, más grandes que una habitación común. En su interior yacían los tanques donde dormían los internos. Muchos lo miraban con abierta hostilidad, otros con una sorpresa casi infantil. Tal vez hacía demasiado tiempo que no veían a alguien que no vistiera un uniforme.

—¿Permiso para abrir las puertas? —preguntó Darrin a través de su comunicador.

No quería removerse la máscara porque debía de estar más impresionado que los propios Aberrantes.

—¡Señor! —Exclamó el hombre al comunicador, el que había dejado en la sala de vigilancia—, ¡¡Están aquí! Hay un coche...

Antes de que lograra terminar la frase, Darrin corrió hacia la puerta de la derecha, donde comenzaban los escalones. Sus hombres fueron tras él y, antes de que pudiera reaccionar o siquiera distinguir lo que ocurría, una figura cayó a su lado y se lanzó contra sus compañeros.

Darrin miró por encima del hombro y giró para verla con claridad. No era una sombra, era una persona. Se movía con una habilidad inhumana, tan veloz que apenas lograba captar su posición antes de que ya estuviera en otro punto.

Lo único que se oía era el clic metálico de las armas al activarse, seguido de disparos que no atravesaban nada, y luego el sonido opaco de los golpes al impactar contra los cuerpos, acompañados por gemidos de dolor y el estruendo seco de las caídas.



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En el texto hay: poderes, peleas, aberrantes

Editado: 18.03.2026

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