Aberrantes

Capítulo 45 - Eres un cliché

Leopold Joachim, también conocido como Drücker, fue el primero en entrar a Dreala. Drücker no lucía como una persona, sino más bien como un Aberrante por su buen físico. Su mandíbula era dura y tenía rasgos rusos tales como su piel blanca como la nieve, los ojos intensos de un color gris, la nariz pequeña y un cabello desordenado color rubio como el oro.

Era un desorden con estilo.

Sus labios eran gruesos, sus hombros anchos y de alta estatura. Era el único de los hombres uniformados que no cargaba un casco para proteger su cabeza.

Su barba amarillenta estaba más corta de lo que solía cargar. Llevaba un rifle en una mano y la otra tocando el gatillo.

Drücker se encargaba de liderar esta ala de militares en contra de su voluntad.

—Ayuda —dijo uno de los hombres en el suelo. Estaba herido. Su uniforme estaba empapado de sangre; no sabía si era de él o del resto de los cuerpos, pero definitivamente era un guardia de Dreala.

Drücker apuntó su arma a la cabeza del hombre y disparó.

—La jefa dijo que, sin testigos, todos estaban muertos.

Los hombres a sus espaldas, los militares que sí portaban un casco se adentraron al presiento y comenzaron a disparar a los hombres en el suelo para asegurarse de que estuvieran muertos.

· · ─────── ·𖥸· ─────── · ·

—La policía está aquí —habló Blue Velvet por el micrófono.

Guyana se encontraba al lado de su amiga azul y ambos podían escuchar las armas disparando desde el piso más bajo. Lebanon abrió las puertas y salió del lugar misterioso.

—Tenemos que irnos —sentenció Lebanon acercándose a los dos chicos.

—¿Qué hay de Darrin? —preguntó Guyana.

—Quiere entregarse —dijo Lebanon—, no habrá más desastres, al menos por su parte.

—¿Por su parte? —preguntó Blue Velvet—. ¿A qué te refieres con eso?

—Sabes a qué me refiero, escucharon todo lo que pasó allí —Guyana y Blue Velvet intercambiaron miradas; sí habían escuchado, pero pensaba que no se había percatado —, de igual forma, su jefe mandará a otra persona a terminar su trabajo.

—De acuerdo.

Cesaron los disparos y sobrevino un silencio que erizó la piel de los muchachos.

—Tenemos que irnos —sentenció Lebanon y corrió a las escaleras.

Lo mismo hicieron Blue Velvet y Guyana. Bajaron los peldaños y en el piso de abajo había más Aberrantes descontrolados. No podían dejar cada planta de esa manera; todos los de la ConAbe iban a asesinarlos. Era lo mismo que había hecho Blue Velvet en el primer piso, pero al menos había dejado una cantidad con vida.

—¿Qué vamos a hacer?

—Lo dices como si fuera difícil —dijo Blue Velvet con una sonrisa cínica y tomó la delantera, colocándose a la cabeza del grupo.

Blue Velvet extendió sus brazos y dejó que la energía que mantenía encerrada fuera libre. Esta vez no podía matarlos a todos; aunque quisiera, sería lo mismo que el trabajo de un ConAbe. Todo lo que el campo de fuerza lograba tocar los paraliza. Ninguno se logró mover, excepto por un Aberrante. Solamente uno, un monstruo hecho de cobre.

—No otro de esos —murmuró Lebanon.

—Tengo una idea —dijo Blue Velvet—. Necesito que lo distraigan.

Guyana avanzó unos pasos hacia la criatura y, sin vacilar, comenzó a lanzar las bombas que colgaban de su cinturón. Aquellas pequeñas esferas metálicas, discretas y casi inofensivas a simple vista, ocultaban un poder devastador, capaz de cubrir un amplio radio de destrucción al detonar.

Al mismo tiempo, Blue Velvet forzó las puertas del ascensor con sus propias manos, asistida por las chispas que brotaban sin control de su cuerpo. Parpadeó varias veces y sus ojos se tornaron completamente azules, tan intensos y brillantes que parecían bombillos celestes iluminando el vacío donde debería haber estado la cabina. Sin dudarlo, comenzó a volar y se internó en el hueco.

El elevador se encontraba suspendido muy por encima de ella. Debajo, solo había un abismo interminable. Aun así, sabía que debía existir un final.

Las explosiones retumbaron a su espalda, sacudiendo el aire y recordándole que no tenía tiempo. Aceleró, descendiendo hasta alcanzar el último de los niveles. No era el piso en el que Darrin y Guyana habían estado antes, no. Era una planta más profunda, más oculta.

Extendió los brazos y una nueva oleada de electricidad brotó de sus dedos, rodeando las puertas cerradas del elevador. Al abrirlas, no se sorprendió al encontrar un lugar vacío y sumido en la oscuridad. No había luces. La única claridad provenía de sus ojos, que cortaban las sombras como faros en la noche.

Alzó la vista.

El ascensor seguía detenido en el primer piso, pero sabía que los hombres de la ConAbe no tardarían en usarlo. Debía apresurarse.

Se impulsó con toda la velocidad que le quedaba, elevándose hasta quedar a la altura de la cabina. Desde allí alcanzó a ver la batalla: Lebanon y Guyana enfrentándose al gigante de bronce. Aquella cosa no parecía humana. Era aún más imponente que el coloso de piedra, una masa viva de metal que avanzaba con una fuerza inhumana.



#38361 en Otros
#5736 en Acción
#6477 en Ciencia ficción

En el texto hay: poderes, peleas, aberrantes

Editado: 18.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.