Aberrantes

Capítulo 47 - El pobre estaba llorando en el suelo

La puerta se abrió de golpe y una tropa de militares irrumpió en la sala. Las armas que empuñaban llevaban linternas acopladas, haces de luz blanca que cortaban la oscuridad y buscaban objetivos con precisión quirúrgica. El último en cruzar el umbral fue Drücker.

Antes de entrar, todos se habían quedado atónitos ante el panorama exterior: Aberrantes derribados por el suelo, otros inmóviles, paralizados como estatuas rotas. Drücker vaciló apenas unos segundos. Luego dividió al escuadrón. Una parte avanzó con él. La otra se quedó asegurando las prisiones.

Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, estallaron los disparos en el cuadrilátero donde permanecían los Aberrantes. Las detonaciones retumbaban como truenos en un espacio cerrado. Los destellos de los fogonazos se filtraban por debajo de la puerta y a través de las abolladuras del metal, ráfagas intermitentes de luz que rasgaban la penumbra de la habitación.

—¡Señor! —notificó uno de los sujetos.

Drücker avanzó unos pasos más y descubrió que, en una de las habitaciones rodeadas de monitores, su equipo apuntaba en una sola dirección.

Hacia un chico.

No tenía el aspecto grotesco de un Aberrante, pero tampoco transmitía inocencia. Permanecía sentado, la cabeza inclinada, el cabello castaño cayéndole sobre el rostro como una cortina que ocultaba sus facciones.

Entonces alzó apenas el mentón.

Sus ojos encontraron los de Drücker sin titubear. No había miedo en ellos. Lo desafiaban. Una sonrisa desdeñosa se dibujó en sus labios.

La confusión tensó el gesto de Drücker. En el suelo, a un costado, yacía una máscara de animal. Igual a las que habían llevado los hombres abatidos en los pasillos. Así que pertenecía a ese grupo. Pero no entendía el propósito de aquellas máscaras. Ni por qué el muchacho permanecía tan quieto, tan rígido.

Sin darse cuenta, Drücker cerró la boca que había quedado entreabierta y asintió una sola vez.

Una decisión silenciosa.

—Llévenselo —argumentó con voz autoritaria.

Sin dudar, el resto obedeció. Dos hombres agarraron a Darrin con fuerza, pero él no presentaba ninguna señal de oposición. Con unas esposas rodeaban sus muñecas y él mantenía la cabeza baja mientras pasaba por la puerta. El resto de los militares atravesaron la ventana quebrada y continuaron con el recorrido de reconocimiento. Drücker se mantuvo en la habitación observando todo.

Ciertamente él no era el jefe de esta operación, solo guiaba al resto como lo habían ordenado, sin embargo, le carcomía la curiosidad: ¿Por qué querían asesinar a la mitad de los Aberrantes y al resto adormilarlos para llevarlos? ¿Por qué un niño se hallaba aquí? ¿Era el jefe? ¿Estaba involucrado uno de esos hombres con nombres de países? Podría ser.

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Lebanon observa por las cámaras de seguridad cómo los soldados se marchan escoltando a Darrin hasta las salidas. Ciertamente no era lo que esperaba, pensaba que Darrin iba a matarlos a todos con movimientos limpios y escapar. Decidió entregarse, decidió rendirse. No había mentido con respecto a fuerzas más grandes que ellos, que los Aberrantes, que todos.

Reclinó la espalda en el espaldar de su asiento. Estaba agotado, no había dormido en estos últimos días y no pensaba en hacerlo si recibía alguna llamada de peligro.

Extrañaba sentir la voz de su hermano, de Jay en su oreja, sin embargo, lo único que escuchaba era vacío. No había pisadas de gigantes, no había balas, solo silencio.

Silencio.

Lebanon se levantó de su asiento con delicadeza y se dirigió al corredor donde se hallaban sus amigos, o compañeros de trabajo. Había una clase de olor muy peculiar, el ambiente se sentía cálido y el olor a chamuscado azotaba su nariz. Continuó caminando, estaba más caluroso, tanto que Lebanon comenzó a sudar. Pasó su mano por su frente y vio el sudor en su dorso. Joder. La manguera de calor se encontraba meciéndose de un lado a otro.

—Joder, qué frío —murmuró Lebanon.

Continuó caminando sin dejar de pensar en todo lo que había ocurrido estos últimos días. Habían encontrado a Darrin, pero ¿A qué precio? Tantas vidas perdidas, monumentos derrumbados y todo fue en vano para que Darrin no lograra su cometido... No, esto no podía acabar así. Jamás sería el fin.

Nadie llegaría tan lejos para hacer algo así.

El olor se intensificó. Ahora el ambiente estaba más helado, tanto que Lebanon comenzó a estremecerse, se abrazó a sí mismo para mantenerse en calor. Joder.

Mientras más helado estaba, más lograba identificar a Blue Velvet y a Guyana en el suelo. No tenía premura, caminaba despacio. Fijó su mirada en el monstruo a su lado. Estaba congelado, no se iba a mover nunca y seguramente estaba muerto. Se detuvo una vez que lo tuvo enfrente y admiró la belleza de esa escultura. Era un hombre horrible, una criatura abstracta.

A sus espaldas escuchaba el lloriqueo de Guyana mientras sostenía el cuerpo de Blue Velvet. Giró y bajó la mirada para verlos mejor.

Lebanon no mostraba ni un atisbo de tristeza o preocupación.

—Tenemos que irnos —declaró—, la policía viene en camino.



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En el texto hay: poderes, peleas, aberrantes

Editado: 18.03.2026

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