Los hombres uniformados bajaron los peldaños de dos en dos. Todos armados hasta los dientes. En el centro se hallaba Drücker. Antes de lograr llegar a la última planta, las luces se habían apagado.
—Joder —murmuró Drücker—, que alguien encienda las luces.
—No funcionan, señor —respondió uno de los hombres al comunicador.
Joder. Los hombres a sus espaldas encendieron las luces de las armas y se adentraron al precinto. Este lugar era extraño, un corredor distinto al del piso superior. Todo era completamente blanco, pero al final del pasillo se hallaban frascos enormes llenos de líquidos. Las luces de las armas bailaban por el recorrido tratando de hallar alguna singularidad. Esta vez solo había una puerta abierta, la habitación de máquinas. Drücker se adentró y con su linterna apuntó a los monitores, no era de extrañarse que estuvieran apagados, sin embargo, la silla estaba a un costado, como si alguien se hubiera levantado de allí.
Continuó el recorrido.
—Hace mucho calor, jefe —habló uno de sus hombres.
—Eso es porque estoy a tu lado, Kevin.
—Ya quisiera estar tan ardiente, señor —respondió.
—Sí, pero realmente hace mucho calor.
No lo negaba, estaba sudando. El lugar estaba ardiendo. Se adentraron en una neblina de vapor.
—Espero que les guste esta sauna, chicos —respondió Drücker—, estas son las vacaciones pagadas por la empresa.
—¿Dónde están las chicas en traje de baño? —preguntó uno de ellos.
—¿No te bastan hombres uniformados y sudados? —respondió otro y algunos rieron entre dientes.
Las luces volvieron.
Esta vez lograban ver qué era lo que estaba frente a ellos sin necesidad de sus linternas, apagaron las luces y observaron a la criatura que estaba delante de ellos. Joder, que era enorme.
—Mike, ¿qué hace tu esposa aquí? —preguntó uno de los hombres apuntando con su arma a la estatua de hielo.
—Creía que era tu madre —respondió Mike.
—Tranquilos, muchachos —intervino Drücker—, espero que a Roswell le guste su show de estupideces.
—Lo disfruto con tal de que hayan terminado con el trabajo —una voz femenina atravesó los auriculares de todos.
Los hombres mantuvieron silencio mientras la mujer hablaba. Roswell era una de las mujeres más respetadas en todo el país. Quizás el continente completo. Trabajaba para el gobierno, era la mano derecha de todos los que estuvieran en el poder. A pesar de ser una de las mujeres más poderosas, pocas personas sabían cómo lucía físicamente. Solo escucharla hacía estremecer hasta al hombre más fornido.
—La mitad de los Aberrantes estaban muertos, Roswell —dijo Drücker.
Drücker hizo una seña con sus manos dándole a entender a su patrulla que ya era hora de irse.
—Entonces, ¿mataste a la otra mitad? —preguntó Roswell.
Cada vez que hablaba parecía no captar ninguna emoción más que disgusto o sarcasmo. Se habían inventado historias de cómo lucía esa mujer, quizás era un hombre que cambió de género o solo una mujer despechada que quería demostrar lo fuertes que eran las mujeres. Nadie sabía cuál era cierta.
—No, Roswell —respondió Drücker—, están en el camión. Al igual que un chico, no sabemos quién es aún, pero...
—Yo sí —respondió Roswell—. Tráiganlo. Cambio y fuera.
—Drücker, tenemos un problema —dijo otro hombre en su auricular, Roswell ya se había marchado—, el auto que estaba en la entrada ha desaparecido.
—Eso no nos importa ya, Patrick —respondió Drücker—, ya tenemos lo que queríamos.
—De acuerdo. Nos vamos a casa, chicos.
Fin de la transmisión.