—Finalmente puedo usar mi pijama —dijo Lissa.
Su cabello castaño oscuro caía en cascada desde los hombros hasta el estómago. Largo y lleno de vida. Usaba su pijama de Hello Kitty que cubría todo su cuerpo, hasta la capucha cubría su cabeza.
—Finalmente podré descansar un poco —dijo Cooper cayendo en el sofá, a un costado de Lissa.
Ambos estaban sentados en una esquina del sofá, no querían estar juntos y Cooper era quien menos lo deseaba después del drama que había formado en Dreala.
Cooper vestía un mono gris cómodo, unas pantuflas azules y una camiseta negra que dejaba al descubierto sus brazos tonificados, todavía húmedos. Gotas de agua descendían por su piel, señal de que acababa de salir de la ducha. Su cabello oscuro caía sobre su frente, aún mojado. Se había lavado para eliminar el tinte; prefería su color natural, ese tono profundo que compartía con Lissa.
—¿Sigues molesto, cabeza de huevo? —preguntó Lissa con una sonrisa y recostándose en el sofá.
—No sabes lo irritante que eres de verdad —habló Cooper sin establecer contacto visual.
—Me lo dicen mucho si supieras.
—Pero no en esta casa, por supuesto —intervino Jay con una bandeja de rollitos de canela en la mano.
Jay vestía, como de costumbre, una camisa de mangas largas que cubría sus brazos hasta las muñecas, un pantalón bien planchado y unas pantuflas sencillas. Su apariencia siempre tenía algo de orden meticuloso, incluso dentro de la comodidad de la casa.
Dejó la bandeja con cuidado sobre la mesa de cristal.
Había pasado tanto tiempo lejos de la computadora que ahora no tenía demasiado que hacer. Así que había terminado refugiándose en lo único que le mantenía ocupado: cocinar.
—Gracias, Jay —agradeció Lissa mientras tomaba dos rollos de canela con ambas manos—. Eres el sol de mis mañanas.
—Debía de hacer algo mientras estaban en una guerra —Jay se encogió de hombros.
—Muchas gracias, amigo —respondió Cooper con una auténtica sonrisa.
—Jeff, ¿no quieres? —preguntó Lissa mientras masticaba uno en su boca.
—Ahora no quiero festejar —respondió Jeff.
Jeff aún no se había quitado el traje, pero sí se arrojó una botella de agua en la cabeza para lograr suprimirse el tinte del cabello. Observaba la ventana con los brazos cruzados. Estaba de pie por quien sabe cuánto tiempo.
—Vamos, Jeff —presionó Lissa—, has estado así desde que salimos de ese lugar. No has dicho una palabra. Deberíamos festejar que no estamos muertos.
—Por más que me duela admitirlo —intervino Cooper—, la chica azul tiene razón. Tienes que relajarte de vez en cuando y no estás en edad de estar estresado todo el tiempo, siendo honestos.
—No deberíamos celebrar la partida de un compañero —dijo Jeff con voz baja, tensa—. Ni actuar como si todo esto fuera una victoria… cuando alguien murió. Cuando nosotros mismos acabamos con un grupo entero de Aberrantes.
Se giró hacia los demás, hacia los chicos, hacia su hermano. Sus ojos estaban cargados de algo más pesado que el cansancio.
—No importa si eran culpables o inocentes. No debimos hacerlo. No debimos dejar a Darrin solo y…
—Nosotros no lo dejamos solo —interrumpió Lissa, negando con la cabeza con una firmeza casi infantil.
Jeff bajó la mirada.
—Era un chico que estaba tomando el camino equivocado… y nosotros podíamos haberlo traído de vuelta. Podíamos haberlo guiado. —Su voz se quebró apenas—. Pero no lo hice. No lo hice.
Lissa se levantó despacio. Dejó los rollos de canela sobre la bandeja de plata y caminó hasta él. Sin decir nada, lo abrazó.
Jeff permaneció rígido al principio, como si su cuerpo hubiera olvidado cómo responder a algo tan simple. Pero al final sus brazos se cerraron alrededor de ella. La apretó con fuerza, como si estuviera tratando de sostener algo que ya se estaba rompiendo por dentro.
Lissa no intentó soltarse.
Ni siquiera cuando el abrazo se volvió más fuerte.
A veces eso era todo lo que hacía falta.
Un abrazo.
Una pequeña prueba de que alguien seguía allí.
—No te estamos diciendo que montes un carnaval —dijo Lissa cuando finalmente se separó un poco para mirarlo—. Pero sí te estoy pidiendo que comas algo. Un dulce, al menos. O que tomes agua.
—Ya toma demasiada agua —comentó Cooper con la boca llena de rollo de canela—. Créeme.
Lissa le lanzó una mirada de fastidio.
—Mi punto es… —suspiró, poniendo los ojos en blanco— que no puedes vivir siendo un cascarrabias todo el tiempo. No es cool.
—¿Siguen usando la palabra *cool*? —murmuró Cooper—. Eso no es cool.
Lissa cerró los ojos un segundo, como si necesitara reunir paciencia.
—De todas formas… sigo pensando en quién lo trajo de vuelta. A Darrin. Fue una mujer. O quizá fue él mismo… pero alguien lo empujó a hacerlo. Alguien lo convenció. Y quiero saber quién.