Jeff baja los peldaños con ambas manos en sus bolsillos y la cabeza cabizbaja. El televisor estaba encendido, podía escucharlo. Olía la canela alrededor de toda la habitación. Alzó la mirada para ver a su amigo y a su hermano en completa armonía, algo que no se veía siempre, casi nunca, a decir verdad. Siempre estaban ocupados o durmiendo, era imposible lograr estar un día sin trabajar de noche y llegar agotados sin compartir, festejar, comer, disfrutar de algo.
—Hey —saludó Cooper con una sonrisa y sus pupilas bailaron por los peldaños—, ¿Dónde está Lissa?
Jeff observó su mirada, eso hablaba más que mil palabras. Jay, quien traía una bandeja de plata con cuatro copas de cristales, decidió tomar una y entregársela a Cooper.
—Deberías subir y entregársela a Lissa —insistió Jay.
Cooper vio a Jeff y este lo evitó. Cooper se levantó del sofá y se dirigió escaleras arriba caminando de dos en dos.
Jay se acercó a su hermano, observando cómo Cooper se perdía. en los corredores y tantas puertas que se hallaban en la mansión.
—Siempre siendo Cupido —habló Jeff y tomó una de las copas.
—Nosotros dos cometimos el mismo error —respondió Jay y dejó la bandeja encima de la estantería de artilugios antiguos—, la dejamos ir y no dejaremos que suceda de nuevo, y menos con él.
Jeff asintió y tomó un trago. Vio a su hermano. Estaba distinto. Solamente observaba el final del corredor con la mirada perdida, quizás recordando o solamente adolorido porque una de sus viejas amigas se iba. Y sabía que estaba pensando en eso porque Jeff también lo estaba, solo que él sabía cómo ocultarlo.
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La puerta se abre y la luz entra al umbral de la habitación. No estaba tan oscuro puesto que estaba amaneciendo, el sol comenzaba a alzarse por encima de los árboles tiñendo el cielo de naranja con una mezcla de rosado. Cooper podía verlo todo a través de la ventana y juraba no haber visto algo tan hermoso como ese amanecer con la silueta de Lissa observando la caja de una bailarina.
Lissa no apartaba la mirada de la bailarina mientras giraba y sonaba una pequeña composición de Mozart, Allegro. Una de las composiciones favoritas de Lissa.
—Me tengo que ir, Cooper —le respondió Lissa y cerró la pequeña caja.
La lanzó en el aire y cayó directamente a un bolso de equipaje encima de la cama. Cooper observó el bolso lleno de ropa que quizás Jeff le habría regalado o ella se habría comprado en su estadía en Pestrom. Cooper se colocó detrás de Lissa, no quería verla a los ojos y saber que estaría feliz de dejarlos a todos.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Cooper y colocó ambas manos encima de los hombros de Lissa, estaba helada.
—Tengo que hacerlo —la voz de Lissa estaba distinta, sonaba decaída—, tengo trabajo que hacer y no soy alguien de quedarse en un solo lugar, Cooper.
—O estás huyendo de algo —sentenció.
—No —Lissa giró sobre sus talones. No se había percatado de lo cerca que Cooper estaba de ella—, no es eso. Jeff me pidió un favor y quiero cumplirlo. Se lo debo.
—¿Cuánto tiempo dura este favor o de qué trata? —preguntó Cooper.
—Tengo que cuidar a un chico —dijo Lissa con una sonrisa mientras apartaba la mirada—, vive en Acrisea.
—De acuerdo.
Cooper no podía apartar la mirada de Lissa. En ese momento se veía casi como una niña, con una expresión limpia, sin rastro de malicia. Cuando ella alzó la vista hacia él, tampoco encontró en sus ojos los de una asesina. Desde que la conocía había sentido algo extraño en ella, una sombra, una especie de oscuridad latente que parecía habitar bajo su piel. Pero ahora comprendía que quizá nunca había sido maldad.
Lissa no era cruel, solo había estado perdida.
Durante mucho tiempo tuvo un dueño, alguien que dictaba quién debía ser. Y ahora que esa presencia había desaparecido, su vida atravesaba una especie de vernalización emocional, un proceso silencioso y necesario para transformarse en algo nuevo. Era libre por primera vez, libre de decidir quién quería ser. Y esa libertad, tan vasta e incierta, también le daba miedo. Porque ahora todo era diferente. Ya no estarían juntos en el mismo campo de batalla, ni compartirían las discusiones que siempre terminaban en golpes o palabras afiladas.
Y en ese vacío, Cooper entendía que algo entre ellos también estaba cambiando.
—Sí —habló Lissa, se había percatado del silencio que había en la habitación—, es un corredor.
—No te enamores de él ¿Vale? —Preguntó Cooper mientras tomaba un mechón de cabello negro de Lissa.
—¿Por qué? —preguntó ella con una sonrisa pícara—, ¿te pondrías celoso?
—Quizás.
Lissa notó como sus ojos azules estaban iluminados como cristales ante el reflejo del sol.
—No lo haré —respondió ella—, no estoy en esas mierdas del amor y lo sabes —Lissa suspiró—. Soy una asesina. No soy ajena a la sangre o a la venganza. No puedo enamorarme si no tengo miedo de perder a alguien. No creo en el amor sin riesgo. Si no existe la posibilidad real de perder a alguien, entonces no significa nada. Además —Lissa sonrió—, me gusta divertirme. Y, siendo honesta, pocas cosas me interesan más que eso.