La puerta chirrió al abrirse, su eco resonó por el edificio abandonado. Jeff, con una mirada penetrante, escudriñó cada rincón. El interior del Edificio Sinclair reflejaba su exterior desolado.
Este edificio había sido el escenario de un trágico incendio que cobró varias vidas, incluyendo a los padres de Darrin. Los cuerpos fueron hallados horas después de que las llamas fueran sofocadas.
Lebanon subió los peldaños. El crujido de la madera bajo sus botas, aunque ruidoso, demostraba que aún resistía su peso. A pesar de ello, sentía una latente sensación de peligro. Continuó avanzando, apoyando sus manos en el pasamanos de acero, sintiendo la suciedad y los escombros adherirse a sus guantes.
La pintura de las paredes estaba desgastada, y el mobiliario, cubierto de cenizas o a medio consumir. La oscuridad de la noche dificultaba la identificación de los objetos, pero la luz de la luna ofrecía un tenue resplandor. Cada piso era idéntico: puertas abiertas, pintura carcomida por el fuego y algunas flores marchitas por la falta de agua.
Lebanon llegó al cuarto y último piso. La puerta de madera, antaño azul, contrastaba con el papel tapiz. Al posar una mano en el polvo dorado, no pudo evitar un escalofrío. Sabía lo que le esperaba al otro lado, sabía quién estaría allí. Vaciló unos segundos, intentando percibir alguna presencia.
Calculó el tiempo. El ruido de los coches en la autopista no le permitía oír ninguna respiración, nada. Solo una persona. Giró el pomo. El repiqueteo de los tornillos habría alertado a otros, pero le desconcertó la ausencia del sonido de armas cargándose.
“No, no puedes estar solo. Nunca lo estás”, pensó.
Lebanon negó con la cabeza y abrió la puerta con delicadeza. Otro día, la habría abierto de golpe, esperando un impacto de balas. Dio un paso dentro de la habitación, la sala. Lucía, exactamente como la última vez que había estado allí. El olor a escombros, a tierra mojada por la lluvia, a musgo, todo, le resultaba repulsivo. Pero lo que realmente captó su atención fue el único mueble que no había sido consumido por las llamas: un sofá.
En el sofá color flamenco, alguien estaba sentado de espaldas a la puerta. No podía distinguir su rostro, pero lo reconocía. Esa postura, el cabello castaño iluminado por la luna a través de la ventana. Sabía que lo encontraría allí, pero nunca desarmado o sin sus acompañantes.
Lebanon cerró la puerta. El hombre sentado no mostró sorpresa, simplemente permaneció observando la ventana: las calles, el bosque de edificios circundante y la oscuridad del firmamento. El humo que se elevaba de la empresa caída esa noche. Su obra de arte. Su destrucción.
—Sabía que vendrías solo —dijo Darrin con la voz dura—, nunca vienes acompañado, siempre solo. Incluso teniendo a Guyana a tu lado.
Darrin no había cambiado mucho después de haberse dado por muerto. Esa era una incógnita que Lebanon quería descifrar. Si Darrin seguía vivo, ¿Qué habían enterrado en el sarcófago?
—Sabes que voy solo cuando se trata de algo serio —Lebanon dio un paso adelante sin apartar la mirada de Darrin.
—Lo sé —asintió—, siempre haces eso y lo sigues haciendo, y lo seguirás haciendo hasta tu muerte —Darrin se colocó de pie. Lebanon se mantuvo inmóvil—. Te costó un tiempo poder saber dónde estaba.
Lebanon observaba a Darrin. De pie era igual de alto que Cooper, maldición, ambos parecían hermanos a excepción de que poseían una perspectiva diferente acerca de los Aberrantes. Cooper comprendía que no era culpa de todos los Aberrantes, mientras que Darrin estaba enfocado en eso. Esa era su total motivación.
—¿Entonces has estado sentado aquí desde que volviste a la vida? ¿Cada noche?
—Suena más como un comprobante a una pregunta, Jeff —Darrin colocó ambas manos detrás de su espalda, giró sobre sus talones para observar a su antiguo jefe, o amigo—. Pero sí, sabes que no puedo dejar este lugar, fue donde estaban mis padres antes del incendio.
—Recuerdo ese día —Lebanon asintió—. El edificio estaba en llamas y Jay y yo decidimos investigar, tú estabas allí, tratando de salvar a niños mientras que yo ayudaba a los ancianos.
—Intenté llegar al último piso, pero era demasiado tarde, tú me jalaste y dejaste que toda la estructura cayera. Me salvaste la vida, pero… yo no quería eso. Quería morir con mis padres.
—Pero te di un lugar. Una familia. Cooper, Jay, Jenni… yo. Todos nosotros.
—Pero no fue lo que queríamos, o al menos lo que yo quería —Darrin negaba con la cabeza—. Estaba deprimido por mis padres y tu único regalo de tu parte para mí fue reconstruir este lugar hasta los cimientos. Si dejaste algunos muebles, lo acepto, pero no era lo mismo. Nadie quería mudarse a este chiquero por su historial de incendios.
—Y tú no querías que nadie estuviera aquí. Ni siquiera tú mismo.
—Fue lo mejor —Darrin bajó la mirada observando sus pies—. Intentaste hacerme sentir bien reconstruyendo esta porquería, pero esto no trajo a mis padres de vuelta, pero, sobre todo, no te quitó la culpa de ser un asesino.
Lebanon apartó la mirada. Esas palabras habían punzado su pecho como el filo de una navaja, como el mismo frío del metal. Lebanon tomó aire.
—Sabes que yo no los maté, quería ponerte a salvo. Estabas a punto de ser aplastado por un…