—Eres demasiado terco para ser un viejo —respondió Darrin a su vez que apoyaba el peso de su cuerpo con sus rodillas.
De uno de sus bolsillos extrajo una navaja de plata y se lanzó contra Lebanon. Este se había dado cuenta del arma, por lo que rodó sobre sí mismo como un tronco, esquivando la puñalada de Darrin. El atacante falló dos veces. Con la fuerza de sus piernas, Lebanon se puso de pie de un salto. Darrin, sin rendirse, comenzó a lanzar tajos al aire. El cuchillo pasaba tan cerca de la cabeza de Lebanon que este podía oír el silbido del aire.
—Darrin —hablaba Lebanon esquivando los tajos—, detente. Eres mejor que esto.
Darrin giró sobre los talones con la rapidez desesperada de quien lucha por su vida y, con un movimiento seco y brutal, logró propinarle un codazo contundente a su excompañero o, más bien, a su antiguo líder. Lebanon se desplomó en el suelo con un quejido ahogado.
En ese instante, el sonido rítmico y potente de las aspas de un motor se intensificó dramáticamente. Era un chillido que crecía en volumen y proximidad. A pesar del dolor y la sorpresa por el golpe, Lebanon logró identificar el sonido con una certeza helada: era un helicóptero.
—Una vez una chica me dijo algo que tú jamás ibas a decirme, Jeff —Darrin se acercó a Lebanon unos pasos—, «Algunas personas te amarán si entras en su pequeña caja. No tengas miedo de decepcionar». Y no tengo miedo. Ya no.
Darrin se colocó de rodillas y alzó el cuchillo sosteniéndolo con ambas manos. Lo sostenía con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Sus pupilas se volvieron diminutas. El deseo de hacerlo era indescriptible. Sonrió.
Darrin bajó ambas manos para clavar el cuchillo en medio de los ojos de Lebanon. Él, para prevenir que eso sucediera, Sostuvo el cuchillo por su filo con ambas manos. Lebanon no se iba a rendir. No iba a morir así, no tan sencillo. Darrin aplicaba más fuerza, podía sentir que la punta de la hojilla estaba a solo unos centímetros de tocar su piel.
A su dorso, podía sentir y ver como la luz del sol comenzaba a revelarse entre los edificios. Estaba amaneciendo. El cielo se tornaba más claro y el sol revelaba las sombras de ambos.
Lebanon logró sentir el frío del metal en su frente. Sus manos comenzaban a humedecerse, estaba sangrando alrededor de sus palmas. Gotas de sangre caían entre sus mejillas, el carmesí tintaba su piel blanquecina. Lebanon aplicaba más fuerza. El dolor aumentaba, la adrenalina no ayudaba a calmar la pena, sin embargo, apretaba sus dientes para que la tortura disminuyera.
—¿Es esto lo que quieres? —preguntó Lebanon—, ¿Venganza?
Lebanon alzó la pierna y le propinó una patada directa a la rodilla de Darrin. El golpe resonó con un crujido seco, y el dolor fue tan intenso que las fuerzas del hombre se quebraron por un instante. Aprovechando su vacilación, Lebanon le arrebató el cuchillo y lo lanzó lejos, el metal girando en el aire antes de perderse en la penumbra. Sin darle tiempo a reaccionar, descargó un golpe contra su cabeza; el impacto lo hizo tambalear y caer hacia un costado.
Ambos se incorporaron casi al mismo tiempo: Lebanon jadeante, con la adrenalina, latiéndole en las sienes, y Darrin, ágil pese al golpe, recuperando el equilibrio con una pirueta que dejó claro que la pelea estaba lejos de terminar.
—La venganza no está en mis planes, viejo —Darrin veía el arma de reojo. El sonido se volvía más renuente—, te jodes por tu propia cuenta.
Darrin corrió con una determinación feroz, el sonido de sus pasos resonando contra el concreto mientras su mano se cerraba en torno a la navaja. Ni siquiera se detuvo a pensar; siguió avanzando, como si algo más fuerte que la razón lo empujara hacia el borde del edificio. Por un instante, Lebanon creyó que en verdad iba a lanzarse al vacío. El edificio de enfrente era demasiado alto, la distancia demasiado amplia, imposible de alcanzar incluso para alguien como él.
El corazón de Lebanon se contrajo cuando vio cómo su compañero se impulsaba sin vacilar. La escena se volvió lenta: el viento alzando su abrigo, la hoja de la navaja brillando un segundo antes de que la gravedad reclamara su dominio. Un grito se quebró en su garganta, uno que apenas llegó a escapar. Dio un paso adelante, casi por reflejo, como si su movimiento pudiera cambiar el destino, como si la simple esperanza pudiera desafiar las leyes del mundo.
Sí, Darrin era un maldito. Sí, casi lo había matado. Pero era su amigo, y eso, en ese instante suspendido entre el cielo y el abismo, dolía más que cualquier herida.
—¡No! —Gritó Lebanon.
Un helicóptero emergió de ese vacío, de ese gran espacio. Un helicóptero color nieve. El viento que emergía provocaba que la tierra volara por los aires, cayendo partículas en los ojos de Lebanon cubriendo su visión. Él protegía su mirada con un antebrazo por encima de sus ojos y observó quienes estaban en ese medio de transporte.
Ese hijo de perra.
Darrin se encontraba en la entrada del helicóptero con una sonrisa llena de satisfacción.
—Quizás nos encontremos de nuevo, Lebanon —hablaba Darrin con fuerza para ser escuchado entre el aire que emergía más el ruido del helicóptero—, quizás seamos menos enérgicos y más lentos, más viejos, y estaremos justo delante del otro —Lebanon apartó su brazo alzando la mirada, notando como se alejaba cada vez más—. Pero ahora, amigo mío, soy un caos para tus pensamientos y tú eres veneno para mis venas.