Aberrantes

Capítulo 34 - No hay mejor arma que el poder romper tu corazón

Un hombre encapuchado, de suéter color carbón, observa uno de los tantos televisores en venta. Cada pantalla estaba protegida por una vidriera. No estaba allí para comprar artefactos electrónicos, solo quería ver las noticias. No se encontraba solo, siete u ocho hombres más se encontraban a sus espaldas. Todos observan tan semejante obra de arte.

—Bien hecho, chicos —apremió el hombre encapuchado.

Giró para ver a su grupo.

Darrin les sonrió a todos con malicia. La capucha lograba cubrir su rostro, pero sus ojos color pardo eran inconfundibles. Aun con las lámparas iluminando el centro comercial, era difícil no ver esos ojos tan brillantes y llenos de picardía. Un chico malo que no tenía la intención de disfrazar esa maldad.

—La verdad es que estoy muy impresionado —habló Darrin ocultando sus manos debajo de los bolsillos del suéter—, superaron mis expectativas.

—¿Es decir que ya hemos terminado? —preguntó uno de los hombres en el círculo.

—Aún no, campeón. Debemos hacer que sea algo de largo plazo. No solamente una ley que pueden revocar en cualquier momento o cuando al presidente le pique el culo.

Darrin los rodeó y caminó por los pasillos del centro comercial. El lugar estaba abastecido de personas, comercios, comida… Un lugar perfecto donde esconderse. A la vista del mundo.

—¿A dónde vamos? —preguntó el más alto del grupo. El hombre era de hombros anchos, brazos enormes. El músculo del grupo.

—Vamos a comer unas donas —habló Darrin por encima de su hombro—, yo invito.

—Espero que eso me incluya también —habló una chica al lado de Darrin.

Darrin giró de la impresión para ver a la chica. Era una chica de piel blanca como la nieve, pero un cabello tan negro que se confundiría con la noche. Sus ojos color carbón observaban a Darrin con malicia. Traía puesto una camiseta de los Rolling Stone junto con un short rasgado. Sus piernas blanquecinas eran cubiertas por un par de pantimedias color negro y unas zapatillas del mismo color.

—Te conozco —dijo Darrin en un murmullo, todos los hombres que cuidaban de su espalda no sabían cómo reaccionar—, eres la chica. El experimento fallido.

—Al menos yo no fui un aborto fallido.

—¿Esa es tu mejor arma? —preguntó Darrin riendo entre dientes—, ¿Las palabras?

—No hay mejor arma que el poder romper tu corazón —Lissa hizo un puchero.

—Tengo dos mejores y son puños.

Darrin, de una manera volátil, alzó una de sus manos para golpear el rostro de Lissa, sin embargo, ella lo había evitado. El grupo de hombres a sus espaldas se había percatado de ese movimiento y se detuvieron en seco. Darrin con su otra mano trató de golpearla, pero ella tomó su puño con la mano y con su mano libre logró propinarle un puñetazo en su rostro.

Darrin dio unos pasos atrás debido a la sorpresa.

—De acuerdo, no seré amable contigo.

—Por favor, no lo seas.

Ambos comenzaron a enfrentarse en el centro del lugar. Los hombres se negaban a adentrarse en esa rivalidad. Por la mirada de ambos y como se concentraban y realizaban maniobras, lucía como algo personal. No podían hacer nada hasta que Darrin les diera la orden.

Lissa estaba a poco de entregarle una patada en su cabeza, sin embargo, Darrin había tomado su pierna con ambas manos, él la empujó haciéndola rodar por el suelo. Lissa apartó sus cabellos oscuros que impedían su vista y logró ver como Darrin se acercaba a ella a grandes zancadas. Lissa se levantó de un salto y continuaron golpeándose mutuamente. Esquivando la mayoría de los golpes, recibiendo una cantidad mínima. A diferencia de Darrin, Lissa parecía divertirse cada vez que caía y más cuando lograba propinarle manotazos.

Una gran cantidad de personas se habían percatado de la pelea y se alejaron sin antes liberar algunos gritos de terror. Formaban un óvalo observando cómo se daba a cabo la disputa, al igual que los hombres quienes se habían confundido con los civiles.

Lissa se había montado encima de una silla de madera, saltó y rodeó la cabeza de Darrin con sus piernas, Lissa flexionó su espalda e hizo que Darrin cayera al suelo, pero ella logró aterrizar con la misma gracia y belleza de un gato.

—Joder —liberó Darrin apoyando su cuerpo con sus manos—, eres…

—¿Buena? Lo sé.

La mano de Lissa comenzó a liberar chispas de electricidad, los rayos comenzaron a tomar forma y una USP Expert. Una de sus tantas armas favoritas, una semiautomática.

Todos los civiles que se encontraban allí se alejaron en la velocidad de un parpadeo. Las mujeres gritaban y los hombres advertían a las personas que se alejaran. Las personas que se hallaban en las tiendas permanecieron allí observando la disputa, siendo protegidos por las vidrieras.

—Creía que tenían una ley contra matar a los malos —farfulló Darrin jadeante.

—Te equivocaste de persona, chico.

Lissa sonrió de oreja a oreja mientras apuntaba su arma en la cabeza de Darrin. Apretó el gatillo, pero Darrin había pateado su mano provocando que la bala impactara contra la cerámica del suelo. Lissa liberó una maldición. Darrin se colocó de pie y Lissa comenzó a disparar. Todas las balas impactaron contra las vidrieras creando una lluvia de cristales, algunas balas cayeron en las palmeras que adornaban la arquitectura.



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En el texto hay: poderes, peleas, aberrantes

Editado: 18.03.2026

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