Abismo: Devoradora de sombras

Capítulo 2: El pozo de la sombra

El mercenario parpadeó, sacudiendo la cabeza como si intentara despertar de un mal sueño. Ver a una bebé recién nacida mirándolo con la frialdad de un depredador ártico le había congelado la sangre, pero el pánico de escuchar los cascos de los caballos del Barón Vaelor afuera lo obligó a actuar.

—Me da igual si eres un demonio, mocosa —rugió, avanzando hacia la cuna con los brazos extendidos—. ¡Te vienes conmigo!

No llegó a dar el segundo paso.

«Devorador», invoqué en mi mente.

No hubo necesidad de conjuros ni palabras que mi boca infantil no podía pronunciar. El poder de rango SSS, la cúspide de lo absoluto en este nuevo mundo, respondió a mi llamado. Debajo de la cuna, mi pequeña sombra comenzó a agitarse de forma antinatural. Dejó de ser un reflejo de la luz para convertirse en un abismo líquido del que brotó una neblina negra, espesa y gélida.

La neblina no se expandió flotando; se abalanzó como una jauría de lobos hambrientos directamente hacia las piernas del mercenario.

—¿¡Pero qué coño...!? —el grito del hombre se ahogó en su garganta cuando la bruma oscura lo envolvió por completo.

El efecto fue terrorífico. La neblina negra no solo golpeaba; consumía. Ante mis ojos, la armadura de cuero se deshizo en polvo, seguida inmediatamente por la carne, la sangre y los huesos. No hubo sangre salpicando las paredes, ni ruidos molestos. Solo el sonido de algo siendo disuelto en la nada más absoluta. El mercenario desapareció en menos de tres segundos, dejando caer su espada corta al suelo de madera con un golpe seco.

La neblina regresó a mí, arrastrándose de vuelta a mi sombra, pero no volvió vacía.

Un torrente de energía pura, caliente y violenta, golpeó mi pecho. Mi habilidad única de Copia habría tomado una técnica simple, pero Devorador fue más allá. Tomó la esencia misma de lo que ese hombre era, desglosó su fuerza física, su estamina y sus memorias de combate, y las destiló dentro de mi alma.

[Aviso del Sistema: Habilidad Definitiva 'Devorador' ha consumido un objetivo.] Extrayendo biomasa y energía de maná... Sincronizando con el huésped. Habilidad detectada en el objetivo: [Esgrima Básica - Rango E]. Procesando... Optimizando... ¡Evolución exitosa! La habilidad ha evolucionado a una Habilidad Definitiva: [Maestría Espiritual de la Espada - Rango S].

Un conocimiento instantáneo sobre el peso del acero, los ángulos de corte y el flujo de energía a través de una hoja inundó mi mente de bebé. Una ironía absoluta, considerando que mis brazos apenas tenían la longitud de un panecillo.

—¡Cariño! ¿¡Qué pasa ahí dentro!? ¡Ya están derribando la cerca! —el grito aterrorizado de Margaret desde la entrada me recordó que el trabajo aún no estaba terminado.

La puerta principal de la cabaña cedió con un estallido violento de madera rota. El Barón Vaelor había llegado.

Haber desintegrado a un mercenario en tres segundos era un logro fantástico, pero un bebé sentado pacientemente junto a una espada abandonada en una habitación llena de humo negro no iba a pasar desapercibido. Y si algo tenía claro de mi vida anterior, es que llamar la atención de los poderosos cuando aún eres vulnerable es una sentencia de muerte.

Fingir era, sin duda, la mejor manera de sobrevivir.

Me dejé caer hacia atrás sobre las sábanas ásperas de la cuna, pateando la manta de lana para desordenarla y simular un forcejeo. Inhalé una gran bocanada de aire con mis pequeños pulmones y, usando toda la potencia de mi diafragma infantil, comencé a llorar a todo pulmón.

—¡Buaaaaaaaa! ¡Buaaaaaaa!

El llanto agudo, desgarrador y cargado de una falsa desesperación llenó por completo las paredes de madera de la cabaña. Era el sonido perfecto de una recién nacida aterrorizada por el ruido de la puerta rota y los gritos del exterior.

La reacción fue inmediata.

—¡Al fondo! ¡Escuché el llanto de un bebé en la habitación del fondo! —rugió una voz imponente y grave desde la entrada, una voz que hizo vibrar las paredes y que desprendía un aura de autoridad innegable.

Se escucharon pasos apresurados, pero esta vez no eran los de Margaret ni los del mercenario inexistente. Eran botas de metal pesado, espuelas tintineando y el crujido de la madera rindiéndose ante el peso de hombres armados hasta los dientes.

La puerta de mi cuarto terminó de caerse de sus bisagras tras una patada formidable.

A través de mis ojos empañados por las lágrimas falsas, vi entrar a un hombre alto, de hombros anchos y cabello oscuro salpicado de algunas canas tempranas. Vestía una armadura de placas plateadas que llevaba grabado el blasón de la familia Vaelor: un halcón de alas desplegadas sosteniendo una espada. Su rostro, marcado por el cansancio y las líneas de la furia, se suavizó por completo al fijar sus ojos grises en mí.

El Barón Vaelor. Mi padre.

Detrás de él, dos de sus caballeros arrastraban a Margaret, quien temblaba tanto que apenas podía mantenerse en pie.

—¡Milord, la niña está a salvo! —exclamó uno de los guardias, envainando su arma.

El barón caminó hacia la cuna con una velocidad increíble, arrodillándose junto a ella. Sus manos, gigantescas y cubiertas con guanteletes de acero, temblaban visiblemente. Se quitó los guantes a toda prisa, dejándolos caer al suelo, y me levantó en brazos con una delicadeza asombrosa, como si tuviera miedo de romperme.



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En el texto hay: magia, reencarnación, protagonista femenina

Editado: 11.07.2026

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