Abismo: Devoradora de sombras

Capítulo 5: Encajes y espinas

Las semanas transcurrieron bajo una estricta dualidad. De día, cumplía el aislamiento impuesto por mi padre en mis aposentos, compartiendo el espacio común solo con las miradas de suficiencia de María. De noche, el balcón se abría silenciosamente y Caelum aparecía con las espadas de fresno. Esos entrenamientos clandestinos a la luz de la luna, llenos de susurros, choques amortiguados y risas contenidas, se convirtieron en mi verdadero santuario. Caelum no solo guardaba el secreto, sino que saboreaba la complicidad como si fuera nuestro mayor tesoro.

Sin embargo, el aislamiento doméstico no podía durar para siempre. Como herederas de la Casa Vaelor, tanto María (en su estatus de adoptada) como yo debíamos empezar a cumplir con los compromisos sociales de la capital.

Y así fue como, a nuestros seis años, terminamos sentadas en los jardines de invierno de la Condesa de Amberly, asistiendo a una fiesta de té para las niñas de la alta nobleza.

El lugar era un despliegue de opulencia ridícula: porcelana de Sèvres, manteles de encaje y bandejas de tres pisos con pasteles de crema y macarons rosados. Las niñas presentes, vestidas con pomposos trajes de seda, parecían muñecas inofensivas. Pero yo sabía la verdad. En el norte, incluso las niñas de seis años tienen la lengua tan afilada como una daga de caza; son entrenadas por sus madres para destruir reputaciones antes de aprender a sumar.

—Oh, dama María —comentó con una sonrisa angelical la pequeña tataranieta del duque de Westford, mirándola de arriba abajo—. Qué vestido tan... interesante lleváis. Ese tono de rosa pastel es tan vibrante. En la capital solemos usar colores más sobrios para no parecer... de una feria ambulante, pero supongo que en el campo la moda es más alegre, ¿verdad?

María, sentada a mi lado, ensanchó su sonrisa y dio un aplauso emocionado, completamente ajena al veneno de las palabras.

—¡Sí! A papá le encanta este color —respondió María con total ingenuidad—. Dice que parezco un pequeño capullo de flor. Las telas de la capital son un poco aburridas, ¿no creen?

Un par de niñas ocultaron sus risitas burlonamente detrás de sus abanicos de encaje. El ambiente se volvió pesado. Las indirectas sutiles e hipócritas de la nobleza pasaban olímpicamente por encima de la cabeza de María, quien interpretaba la burla condescendiente como pura amabilidad. El problema era que, al ser adoptada bajo el apellido Vaelor, su ignorancia no solo la dejaba en ridículo a ella... estaba arrastrando el prestigio de mi casa al fango.

Mis pupilas se contrajeron en dos finas líneas de halcón. Dejé mi taza de té sobre el platillo con un golpe seco que cortó los murmullos de inmediato.

—La paleta de colores de la Casa Vaelor siempre ha sido el negro y el acero, dama Elenor —intervení, fijando mi fría mirada gris en la tataranieta del duque—. Si mi padre ha decidido vestir a María con colores más... llamativos, es simplemente para recordarnos a todos que en el norte podemos permitirnos el lujo de desperdiciar seda en caprichos, sin que eso afecte el peso de nuestras espadas. ¿O acaso la Casa Westford tiene alguna objeción con cómo gastamos nuestro oro?

La pequeña Elenor se puso pálida al instante, bajando la mirada hacia su regazo. Nadie en esa mesa quería enemistarse con la verdadera heredera del norte.

Volví a mirar a María de reojo. Por primera vez en un año, vi un destello de confusión en sus ojos claros. Al notar el silencio temeroso de las demás niñas y la forma en que yo había redirigido el ataque, María pareció procesar una pequeña verdad en su limitada mente: las otras niñas no estaban siendo amables, y yo no la estaba atacando. Estaba protegiendo el apellido que compartíamos.

Cuando regresamos en el carruaje hacia la fortaleza, el silencio entre las dos era denso. María miraba por la ventana, apretando la tela de su vestido rosa.

—¿Por qué dijiste eso? —murmuró de repente, sin la habitual voz chillona de niña buena—. Ellas... ellas solo hablaban de mi vestido.

—Ellas se estaban burlando de ti en tu propia cara, María —respondí con mi tono tosco, directo y gélido—. Y al hacerlo, se burlaban de la Casa Vaelor. Si vas a llevar nuestro apellido, aprende a leer el veneno en las sonrisas. No lo haré por ti una segunda vez.

María apretó los dientes, cruzándose de brazos y volviendo la mirada hacia la ventana. Su orgullo de campo seguía siendo demasiado terco como para admitir que necesitaba mi ayuda, pero la semilla de la duda ya había sido plantada en su cabeza. La gata negra había comenzado a mover sus piezas en el tablero social, y la falsa inocencia de la rubia estaba empezando a agrietarse.

El traqueteo del carruaje de regreso a la fortaleza Vaelor se sintió más pesado que de costumbre. María permaneció en silencio en su esquina, procesando el baño de realidad que la aristocracia de la capital le había propinado, mientras yo mantenía mi mirada fija en el paisaje invernal que se deslizaba tras el cristal. Al cruzar el umbral del patio principal, la atmósfera del castillo no era la habitual. Había un movimiento frenético de mensajeros reales y capitanes de la guardia, un desorden que encendió de inmediato mis alarmas.

[Aviso del Sistema: Fluctuaciones emocionales detectadas en el entorno.] Análisis periférico: El Barón von Vaelor presenta un pulso acelerado. Nivel de urgencia: Alto.

Mi padre nos esperaba en la entrada del ala residencial. No traía la mirada severa de los días anteriores, sino un rostro ensombrecido por la preocupación legítima. Nos hizo una señal para que nos acercáramos, interceptándonos antes de que quitáramos nuestras capas de viaje.



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En el texto hay: magia, reencarnación, protagonista femenina

Editado: 11.07.2026

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