El silencio en el patio de armas era tan absoluto que se podía escuchar el tintineo de las antorchas oscilando con la brisa nocturna. Caelum seguía ahí, con el pecho agitado por el esfuerzo y los ojos fijos en la madera que, hace un segundo, le había dictado su derrota.
Entonces, ocurrió lo que ni siquiera los guardias más veteranos de la fortaleza esperaban.
Mi rostro, habitualmente una máscara de estoicismo frío y tosco, se relajó. Los músculos de mis mejillas se elevaron, dibujando una sonrisa suave, genuina y pequeña, de esas que solo emergen cuando el combate me hace sentir verdaderamente viva. No era una sonrisa de victoria arrogante, sino de satisfacción pura.
Caelum, al verla, se quedó paralizado un instante, como si la imagen de mi expresión fuera más impactante que el haber tenido una espada en la garganta.
—Buen combate, cachorro —dije, bajando mi arma con elegancia.
Guardé la espada de madera con un movimiento fluido y le extendí una mano. Él, todavía bajo el efecto de la sorpresa, tomó mi mano pequeña con la suya, que ya empezaba a mostrar los primeros rasgos de la fuerza de un adolescente.
Mientras le ayudaba a incorporarse, activé mi habilidad de forma sutil, casi imperceptible. [Manipulación de Flujo Vital] se activó como un hilo invisible, drenando un poco del exceso de adrenalina de Caelum y transfiriéndole una pequeña dosis de energía restauradora para aliviar el cansancio muscular de su estiramiento. Para cualquier observador, solo era una niña ayudando a un amigo a levantarse; para el sistema, era una maniobra de eficiencia táctica.
Caelum se puso en pie, tambaleándose ligeramente, y cuando nuestros ojos se encontraron, su maná dorado vibró en sintonía con el mío, como una campana que finalmente encontraba su nota.
—Has estado practicando a escondidas —dijo él, soltando una risa ahogada mientras se sacudía el polvo de los pantalones de cuero—. Me has hecho sudar más de lo que jamás imaginé. Casi pierdo el equilibrio en ese último giro... lo calculaste, ¿verdad?
—Si no te hiciera esforzarte, el duelo habría sido un desperdicio de tiempo para ambos —respondí, manteniendo el tono tosco, aunque la calidez de mi sonrisa aún persistía en las comisuras de mis labios—. Has mejorado, Caelum Sterling. Si sigues a este ritmo, quizás dentro de un par de años, el entrenamiento sea... ligeramente menos aburrido.
Caelum dejó escapar un suspiro de alivio, pero sus ojos brillaban con una determinación renovada. Había sido un oponente digno, uno que me había forzado a activar un 5% extra de mi capacidad calculada para cerrar el duelo.
María se acercó al borde de las escaleras, observándonos desde arriba. Su expresión ya no era la de la niña que envidiaba nuestra cercanía, sino la de una dama que observaba una alianza inquebrantable. Incluso ella se permitió un gesto amable, un pequeño movimiento de cabeza que, en el lenguaje de los Vaelor, significaba un "bien jugado".
El invierno había terminado. La gata negra y su caballero del sur estaban de vuelta, y el reino, aunque aún no lo supiera, estaba a punto de enfrentarse a una generación que no planeaba seguir las viejas reglas de la corte.
El ajetreo del patio de armas se disipó cuando los sirvientes comenzaron a retirar las armas de entrenamiento y a apagar las antorchas periféricas. Tras el duelo, mi padre y el Conde Sterling se retiraron al salón de estrategias, probablemente para discutir asuntos de fronteras acompañados de un buen vino, mientras María se excusaba elegantemente para terminar sus lecturas pendientes en la biblioteca.
Caelum y yo terminamos caminando hacia el jardín de invierno, el único lugar de la fortaleza donde la primavera norteña lograba florecer con un poco más de fuerza. El silencio de la noche nos envolvía, roto solo por el crujido de nuestras botas contra los senderos de piedra.
—Estás muy callada, Calista —comentó Caelum, rompiendo el hielo mientras caminaba a mi lado, con las manos entrelazadas detrás de su espalda. Su maná seguía emitiendo esa calidez reconfortante que mi habilidad oculta había ayudado a estabilizar—. ¿Sigues pensando en el último movimiento del duelo?
—No. Ese movimiento ya fue calculado y archivado —respondí con mi habitual tono tosco, mirando de reojo sus nuevos centímetros de altura—. Pensaba en que tu resistencia física ha aumentado notablemente. Tu tutor en el sur hizo un trabajo aceptable.
Caelum soltó una risa ligera, esa risa de cachorro que tanto había extrañado el balcón de mi habitación.
—Bueno, tenía que esforzarme. No podía regresar siendo el mismo niño de nueve años. Además... —se detuvo un momento, mirando las flores de invierno que empezaban a abrirse bajo el rocío—. El próximo mes cumplo once años. En el sur, a los once, un heredero ya puede portar una espada de acero real en las ceremonias oficiales del Condado. Mi padre dice que ya es hora de que empiece a asumir más responsabilidades públicas.
Se giró hacia mí, dedicándome una sonrisa brillante y cargada de una sutil expectación que mis ojos grises captaron de inmediato. El mensaje implícito flotaba en el aire con la sutileza de una indirecta noble, pero viniendo de él, era transparente como el agua.
«Cumplo años el próximo mes, Calista».
Nos despedimos poco después, ya que la hora del descanso real se acercaba. Sin embargo, al cerrar las puertas de mi balcón y quedar a solas en la penumbra de mis aposentos, me encontré con un obstáculo que ninguna de mis habilidades de rango SSS podía resolver de forma analítica.