Las colosales puertas de bronce del Palacio de Cristal cedieron con un crujido agónico, abriéndose hacia la escalinata principal. El humo denso del incendio rodó hacia el exterior como una alfombra de nubes negras, abriendo paso a las tres figuras que emergían del infierno de mármol.
Al pie de la escalinata, el patio de armas estaba completamente tomado por el ejército del Frente de la Ceniza. Miles de campesinos, desertores de la guardia y milicianos armados con picas y ballestas se compactaban en el lugar, listos para celebrar la caída definitiva de la tiranía imperial. En el centro de la vanguardia, dirigiendo la marea, se encontraban sus tres líderes indiscutibles.
Una mujer de cabello castaño oscuro, notablemente más adulta que yo, con una cicatriz de guerra cruzándole el pómulo izquierdo y una mirada endurecida por los años de hambruna, lideraba el frente junto a dos hombres rubios de facciones idénticas: gemelos de armas que portaban pesados mandobles cubiertos de hollín. Los tres poseían un núcleo mágico activo. A diferencia de los bufones de la corte que acababa de devorar, el maná de estos tres líderes era real, forjado en el barro y la supervivencia; un nivel energético considerablemente mayor que el de cualquier burócrata de la capital. Estaban acostumbrados a ser los depredadores de la sala.
Hasta que pusimos un pie en el primer peldaño de la escalera.
En cuanto salimos a la luz de la luna y las llamas, el ambiente del patio se congeló por completo. El murmullo de miles de voces se extinguió en un milisegundo, reemplazado por un silencio sepulcral, pesado y asfixiante.
Los tres líderes del Frente de la Ceniza se quedaron petrificados en su sitio. Las manos de los gemelos rubios comenzaron a temblar sobre las empuñaduras de sus mandobles, y las pupilas de la mujer castaña se contrajeron con un terror visceral que nunca antes había experimentado en los campos de batalla.
Para ellos, y para las miles de almas congregadas en el patio, lo que acababa de salir del palacio no eran tres jóvenes nobles sobrevivientes. Eran Titanes. Casi dioses encarnados.
El despliegue de poder mágico que se desprendía de nosotros tres era una fuerza de la naturaleza que aplastaba el aire del valle.
A mi izquierda, María avanzaba con la barbilla en alto, su abanico de hierro cerrado y su vestido azul noche ondeando con una elegancia glacial. A su alrededor, el aire vibraba con una tormenta ártica latente; copos de nieve pura cristalizaban en el aire antes de tocar el suelo, impulsados por un núcleo mágico tan vasto y destructivo que hacía que la energía de los tres líderes pareciera un simple fósforo frente a una ventisca del norte.
A mi derecha, Caelum caminaba con la mano derecha descansando en su espada ceremonial. A sus diecinueve años, el gran comandante del sur proyectaba una masa de maná dorado que se expandía por todo el patio como un escudo viviente. Era una energía densa, pesada y de una resistencia mágica tan absoluta que cualquier hechizo hostil se habría desintegrado antes de acercarse a diez metros de él. El broche de la gata negra en su hombro brillaba con una luz fija, canalizando su poder con una estabilidad perfecta.
Y en el centro del triángulo, avanzaba yo.
Mi cuerpo de quince años estaba rodeado por una neblina de sombras vivientes que devoraban la luz de las antorchas a mi paso. Tras haber asimilado los núcleos de los magos de la corte con mi habilidad [Devorador], mi energía del Vacío fluctuaba con una intensidad silenciosa y letal. Mis ojos grises, fríos y desprovistos de cualquier piedad humana, barrieron la multitud, registrando cada pulso cardíaco de la milicia con mi [Percepción].
La mujer de cabello castaño dio un paso involuntario hacia atrás, abrumada por la pura presión gravitacional de nuestras firmas mágicas. Su instinto de supervivencia le gritaba que un solo movimiento en falso de cualquiera de nosotros tres bastaría para borrar a todo su ejército de la faz de la tierra en un parpadeo.
Me detuve en el borde de la escalinata, mirando desde lo alto a los tres líderes del Frente de la Ceniza. El silencio era tan absoluto que el crujido de las maderas ardiendo dentro del palacio parecía un trueno.
—El palacio ha sido purgado —dije, y mi voz tosca, amplificada por el eco de las sombras, resonó en las mentes de los miles de milicianos como un dictamen absoluto—. Los emperadores ya no existen. El viejo orden ha caído.
Caelum dio un paso al frente, permitiendo que su maná dorado destellara con una advertencia sutil pero firme que hizo que los gemelos rubios bajaran inconscientemente las puntas de sus armas.
—La Casa Vaelor y la Casa Sterling han asegurado el control de los suministros de grano y las fronteras de los distritos bajos —declaró Caelum, con su barítono profundo infundiendo un respeto que nadie se atrevió a desafiar—. No venimos a defender las cenizas de la aristocracia central, pero tampoco permitiremos que el reino se hunda en la anarquía.
María abrió su abanico de hierro con un chasquido seco que resonó con la nitidez de un cristal rompiéndose, fijando sus ojos claros en los líderes rebeldes.
—Sabemos quiénes sois, y sabemos por qué habéis sangrado —sentenció María con una frialdad impecable—. Pero a partir de esta noche, las reglas del tablero cambian. El Frente de la Ceniza acatará las órdenes del norte y del sur, o descubriréis que el invierno puede ser mucho más despiadado que la Emperatriz a la que acabáis de derrocar.