El balanceo del carruaje y el sordo crujido de las ruedas contra los adoquines terminaron por arrullarme. Mi cuerpo de quince años, exhausto por el procesamiento masivo de datos de la regencia y la asimilación del maná de los magos de la corte, finalmente cedió ante un letargo profundo en cuanto nos instalamos en la residencia segura de los distritos altos.
Pero el descanso no trajo paz. Trajo el pasado.
Hacía ocho años que me autodenominaba Calista Vaelor, la gata negra del norte, la estratega de Rango SSS. Había archivado el recuerdo de mi muerte, pero rara vez me detenía a mirar la vida que había dejado atrás. En mi existencia anterior, en la Tierra, yo no era una noble. Era una fuerza de la técnica. Una atleta de élite, una luchadora que dominaba y superaba cada arte marcial y disciplina deportiva que tocaba. Gimnasia, esgrima, combate cuerpo a cuerpo... era la mejor. Sin embargo, siempre rechacé los reflectores de la televisión y la fama; deseaba una vida privada, un espacio donde mi mente analítica pudiera descansar del ruido del mundo.
Hasta aquel día.
El sueño se volvió nítido, asfixiante. El olor a hollín de palacio fue reemplazado por el olor a gasolina y asfalto mojado por la lluvia. El sonido de los laúdes se transformó en el rugido de un motor y el chirrido desesperado de unos frenos. Cruzar la calle. Un parpadeo. Y luego... el impacto.
¡CRACK!
La sensación del golpe del automóvil contra mi cuerpo fue tan vívida, tan brutal y destructiva, que el dolor fantasma de los huesos rompiéndose y el asfalto raspando mi piel rasgaron el tejido de mi subconsciente. En mi mente de quince años, la adrenalina se disparó a niveles críticos, activando mis habilidades de manera puramente defensiva y refleja mientras dormía.
[Aviso del Sistema: Alerta de trauma cognitivo severo.] Habilidad Única [Devorador] activándose por pulso reflejo. Habilidad [Magia de Sombras] desbordándose debido a fluctuación emocional.
En el mundo real, la habitación segura de la residencia Vaelor se transformó en una pesadilla de oscuridad. Las sombras de las paredes se alzaron como garras afiladas, azotando los muebles y agrietando el suelo de piedra. Una neblina negra y gélida comenzó a filtrarse por debajo de la puerta, apagando las velas del pasillo.
Afuera, apostado firmemente ante el umbral de mis aposentos, Caelum Sterling estaba de guardia. Con todo lo ocurrido en el Palacio de Cristal, el Lobo Justo se había negado rotundamente a separarse de mi puerta, asumiendo el rol de mi escudo personal contra cualquier cabo suelto de la nobleza central.
Cuando el pulso del broche de la gata negra en su hombro comenzó a arder con una advertencia de peligro extremo y la marea de sombras golpeó la puerta, Caelum no dudó.
¡BOOM!
La puerta de madera maciza saltó en pedazos cuando Caelum la derribó de un hombro, desenvainando su espada ceremonial en un movimiento fluido. Su maná dorado estalló en el salón como un sol en miniatura, chocando violentamente contra mis sombras y disipándolas a la fuerza con su resistencia mágica absoluta.
—¡Calista! —rugió, con su voz de barítono vibrando con una furia y un pánico salvajes.
El gran comandante del sur barrió la habitación con la mirada, buscando al asesino, al mago o al traidor que se hubiera atrevido a violar la seguridad de la heredera. Pero no había nadie. Solo estaba yo, sentada en mitad de la gran cama, con la respiración entrecortada, los ojos grises abiertos de par en par y dos lágrimas silenciosas, calientes y traicioneras corriendo por mis mejillas debido al eco residual del impacto del automóvil.
Ver a su gata negra —la fría, tosca e imperturbable estratega— llorando en la penumbra desató el caos absoluto en el núcleo de Caelum.
Una mezcla de terror visceral por mi estado y una furia asesina sin precedentes alteró su aura dorada. El maná de Caelum se volvió errático, pesado y abrasador; las paredes de piedra de la habitación comenzaron a resquebrajarse bajo la presión de su intención de matar. Sus ojos de cachorro desaparecieron, reemplazados por las pupilas afiladas de un lobo listo para despedazar a todo el imperio con tal de encontrar al culpable de mi llanto.
—¿Quién ha sido? —su voz ya no era humana; era un gruñido sordo que hizo temblar los cristales de las ventanas—. ¡Calista, dime quién entró! ¡Voy a arrancarles la cabeza a cada uno de los marqueses del oeste! ¡Voy a quemar la capital entera si es necesario! ¿Dónde están?
Estaba fuera de control, a un paso de cometer una locura militar que destruiría todo nuestro tablero de ajedrez geopolítico por puro impulso protector.
Tuve que actuar rápido. Ignorando el dolor fantasma en mi pecho, me deslicé hacia el borde de la cama y salté al suelo, interceptando su avance antes de que saliera al pasillo a masacrar a los guardias inocentes. Agarré las solapas de su camisa de lino con mis dos manos de quince años, obligándolo a detenerse.
—¡Cachorro, detén tu flujo de maná ahora mismo! —ordené con mi tono más tosco y cortante, tirando de él hacia abajo.
—¡Pero estás sangrando emocionalmente, Calista! ¡Hay alguien...!
—No hay nadie, Caelum. Es una orden de tu Regente —le interrumpí, mirándolo fijamente a los ojos, permitiendo que mi propia firma de maná se entrelazara con la suya a través del broche para enfriar su temperatura—. Solo... fue un fallo de procesamiento en mi base de datos. Un recuerdo innecesario del pasado. Un mal sueño.