La mañana siguiente al baile de coronación no trajo tregua en el Palacio de la Moneda, pero la atmósfera en los despachos era notablemente distinta. El imperio marchaba con la precisión de un reloj del norte bajo la supervisión de María y mi padre, el Gran Duque, lo que me dejaba el margen logístico necesario para activar mi operación más confidencial.
[Aviso del Sistema: Iniciando Operación "Asedio al Corazón" - Rango Especial.] Objetivo: Ejecutar la propuesta de matrimonio definitiva a Lord Protector Caelum Sterling sin alertar sus defensas sensitivas. Factor de éxito estimado: 98.7% (Sujeto a variables emocionales del objetivo).
Sentada en mi despacho, saqué la caja de fresno negro que guardaba bajo el [Velo del Tesoro]. El anillo de acero oscuro y platino Sterling brilló bajo la luz matutina. Mi plan era impecable: aprovechando la ceremonia del solsticio de invierno que se celebraría en dos semanas en la gran terraza del palacio frente a las delegaciones diplomáticas de Romelia, integraría la propuesta en el edicto oficial de Alianza de Casas. Sería un movimiento político incontestable y, a la vez, una declaración que dejaría al cachorro sin palabras frente a todo el continente.
Para afinar los detalles de la logística, decidí convocar a María.
—¿Me llamaste, Calista? —María entró a mi despacho cargando una pila de informes de impuestos de la provincia del oeste. A sus dieciocho años, su porte como heredera secreta del Gran Ducado era imponente, pero en cuanto cerró la puerta trasera, recuperó su habitual frescura—. Espero que no sea para pedirme que cuadre otra vez los presupuestos del puerto. Evan y yo ya pasamos la noche en vela con eso.
—No se trata del puerto, María —respondí con mi tono tosco, haciendo girar la pequeña pluma de plata entre mis dedos—. Necesito que prepares el protocolo del solsticio de invierno. Específicamente, el apartado sobre los edictos dinásticos de la corona. Quiero que añadas una cláusula de consorcio imperial.
María arqueó una ceja rubia. Lentamente, una sonrisa sumamente astuta y divertida comenzó a dibujarse en sus labios mientras dejaba los papeles sobre la mesa y se apoyaba en el borde de mi escritorio.
—Vaya, vaya... así que la gélida Emperatriz finalmente va a ponerle el collar a su lobo —se burló, divirtiéndose a mi costa—. Déjame adivinar: lo tienes todo calculado matemáticamente, ¿verdad? Un discurso de quince minutos sobre la estabilidad del imperio y luego le lanzas un anillo de acero para sellar el tratado.
—Es una estrategia óptima, María —repliqué con un leve ceño fruncido, sintiendo un sutil calor en mis mejillas que disipé de inmediato—. Asegura la legitimidad ante Romelia y le da a Caelum el estatus que merece.
—Es terriblemente poco romántico, pero es muy tuyo, hermana —María soltó una carcajada, guiñándome un ojo—. Descuida, la cláusula estará lista. Me aseguraré de que la delegación del este tenga los mejores asientos para ver cómo el gran Lord Protector se pone rojo como un tomate frente a todos.
Mientras tanto, en los barracones del ala sur del palacio, otra operación de naturaleza similar —pero con una ejecución radicalmente distinta— se estaba gestando.
Caelum se encontraba de pie frente a un gran mapa táctico, pero sus ojos dorados no estaban registrando las posiciones de las tropas de Westford. En su mano derecha, oculta tras el mapa, sostenía la pequeña bolsita de terciopelo azul que contenía el anillo de oro de su madre.
—Señor, los informes de patrulla del este están listos —anunció un joven oficial, entrando al despacho militar.
—Déjalos en la mesa, gracias —respondió Caelum, guardando la bolsita en el bolsillo interior de su casaca con una velocidad que habría sorprendido a cualquier asesino de las sombras.
En cuanto el oficial se retiró, Caelum soltó un suspiro, pasándose una mano por el cabello rubio. Su plan, al que había bautizado internamente como "Operación Captura Felina", estaba programado para el final de la semana. No pensaba esperar dos semanas hasta el solsticio, y mucho menos quería discursos imperiales. Había solicitado formalmente una inspección de rutina a los viejos jardines del norte, el único lugar donde la burocracia no los seguiría.
Su estrategia era simple, impulsiva y directa:
—Va a enfurecerse por romper el protocolo —murmuró Caelum para sí mismo, pero una sonrisa gigante y llena de una ternura desbordante cruzó su rostro—. Pero no podrá decir que no a un duelo. Es la emboscada perfecta.
Dos días después, los primeros movimientos de ambas operaciones comenzaron a colisionar sin que ninguno de los dos lo supiera.
Nos encontramos en la mesa del consejo privado al mediodía. María se sentaba a mi derecha con cara de complicidad absoluta, mientras mi padre observaba los mapas con calma. Caelum se sentó directamente frente a mí, luciendo impecable en su uniforme militar, pero con un brillo de travesura en sus ojos dorados que mi [Percepción] registró de inmediato como "anomalía de comportamiento".