Abogada para el Inquisidor. ¡quítese los grilletes, milord!

CAPÍTULO 4. LÓGICA DE HIERRO Y PLANCHA DE HIERRO FUNDIDO

La hermana Marta no entró en el despacho. Navegó hacia dentro como una galera cargada de municiones y, a su alrededor, la temperatura pareció caer diez grados de golpe. Sostenía entre las manos una pesada plancha de hierro fundido que, en su poder, resultaba más amenazante que la espada a dos manos de Kassian.

—¡Herejía! —proclamó a modo de saludo, clavando la mirada en la curita rosa del hombro del lord—. Lord Kassian, sabía que la prisión cambia a las personas, pero que usted terminara adorando demonios rosados con cuernos...

—Son unicornios, Marta —gimió Kassian, intentando cubrirse con lo que quedaba de la camisa, aunque las cadenas entorpecían la maniobra—. Y no son demonios. Es... innovación médica.

—Es una violación de las normas sanitarias y del sentido común —me adelanté, acomodándome los lentes—. Buen día. Yana Vladímirovna, representante legal de los intereses de lord Kassian. Y usted, supongo, es la especialista local en tratamiento térmico de textiles y conciencias.

Marta trasladó lentamente la mirada hacia mí. Sus ojos parecían dos botones helados.

—¿Abogada? —escupió la palabra como si fuera un camarón echado a perder—. Aquí los pecados se expían con oraciones, no con papelitos. El orden en este castillo se sostiene sobre el temor a Dios y el vapor caliente. Y usted, señorita, está vestida como si pretendiera seducir no solo al lord, sino a todo el Sínodo.

Bajé la mirada hacia mi sobrio traje de oficina. Falda apenas por encima de la rodilla, saco entallado.

—Si el Sínodo se excita al ver un código de vestimenta empresarial decente, entonces el Sínodo tiene graves problemas de concentración. Marta, definamos responsabilidades desde ahora. Usted plancha las sábanas; yo, la reputación del lord. Y si vuelve a blandir esa reliquia industrial en mi presencia, le levantaré un acta por incumplimiento de normas de seguridad laboral.

Marta se quedó petrificada. Nadie en aquel castillo parecía haberle plantado cara de esa manera. Incluso Kassian, en sus mejores años, prefería refugiarse en otra torre cada vez que Marta iniciaba su «limpieza profunda de almas».

—¿Normas de... qué? —consiguió pronunciar.

—Seguridad. Consiste en utilizar la plancha sobre ropa y no como instrumento de presión psicológica —me acerqué y, con dos dedos, aparté cuidadosamente la suela caliente de mi rostro—. Por cierto, está demasiado caliente. Va a quemar la tela.

—¿Está... demasiado caliente? —Marta miró el aparato, desconcertada.

—Sí. Y por el olor, intentó planchar algo sintético. Kassian, ¿hay poliéster en este castillo?

—¡En este castillo solo hay polvo y desesperación! —intervino Lumi desde una repisa—. ¡Y Puf, que ayer volvió a comer migas mágicas y ahora tiene hipo con burbujas de jabón!

Kassian alternó la mirada entre Marta y yo. En sus ojos había un placer salvaje, imposible de disimular. Al parecer, era la primera vez en diez años que veía a Marta atrapada en un callejón sin salida jurídico.

—Marta —Kassian tosió para ocultar una sonrisa—. Yana Vladímirovna manda aquí. Al menos hasta que termine el proceso. Prepárale una habitación. Y, de preferencia... lejos de la mía.

—La habitación será contigua —sentencié sin mirarlo—. Tengo que supervisar a mi defendido las veinticuatro horas. No vaya a decidir volver a «estornudar accidentalmente» fuego sobre propiedad pública.

—¿Contigua? —exclamaron Kassian y Marta al mismo tiempo.

—Por estrictas razones profesionales —abrí la carpeta—. Kassian, no se haga ilusiones. Su torso es apenas un anexo del expediente Nº 4. Puf, guíame. Marta, la plancha a su base. Lumi, ilumina el pasillo. ¡A trabajar!

Cuando salimos, escuché a mi espalda el pesado suspiro de Kassian.

—Marta, creo que fue un error pedirles a los dioses que me salvaran. La jaula era más cómoda.

—Cállese, lord —refunfuñó la monja—. Iré a rezar. Y creo que también debería enfriar la plancha.




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