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La que lo se dejaba amar

Nadie sabía su verdadero nombre.

En los registros figuraba como Eira,

pero en el corazón de los que alguna vez se acercaron…

ella fue simplemente La que no se dejaba amar.

Vivía en un departamento antiguo, de esos que parecen flotar sobre la ciudad,

con las ventanas abiertas al viento y el alma cerrada a todo lo demás.

Era bella, sí.

Pero no de esa belleza tibia y fácil, sino de la que helaba.

Como una madrugada en febrero, como una carta nunca enviada.

No hablaba de su pasado.

Solo decía que una vez se enamoró… y que eso casi la mata.

Él llegó una noche cualquiera.

Sin anuncio, sin promesas.

Y ella, por primera vez, permitió que alguien se quedara.

No mucho. Solo un rato.

Solo hasta que doliera demasiado.

—No me mires así —le dijo ella—.

No quiero que te enamores de mí.

—¿Por qué no? —le preguntó él.

—Porque el amor no me dura. Porque no sé quedarme.

Porque soy como el viento.

Y aún así, se quedaron.

Él le hablaba de la vida con palabras suaves.

Ella lo miraba dormir como si fuera algo prestado.

Hasta que una madrugada, como ya lo había hecho antes… se fue.

No dejó nada, excepto una carta de él que ella encontró tiempo después,

guardada en un libro que había olvidado empacar.

El sobre estaba amarillento,

pero el dolor seguía fresco.

La encontró una tarde de invierno,

mientras desempolvaba una caja de libros que llevaba años cerrada.

Estaba buscando algo que no recordaba,

cuando el sobre cayó suavemente al suelo.

Al principio no lo reconoció,

pero al ver su nombre escrito con esa letra que tanto había amado…

el aire se le congeló en el pecho.

Lo abrió temblando.

[La carta]

Eira,

No te escribo para reprocharte.

No me atrevería.

Solo quería decirte que lo que viví contigo fue lo más real que he sentido.

No por el tiempo, sino por la intensidad. Por cómo me dolías sin tocarme.

Siempre supe que estabas hecha de distancia,

de esos silencios que no buscan ser llenados.

Pero aún así, Eira… me quedé.

Me quedé esperando que una noche no huyeras.

Y cuando lo hiciste, no supe si llorar, odiarte, o salir corriendo detrás de ti.

No lo hice.

Me quedé donde tú no supiste quedarte.

No porque fuera valiente.

Sino porque amarte… era la única forma que conocía de seguir respirando.

Si algún día encuentras esta carta,

y aún no sabes si mereces ser amada…

Te lo juro: sí lo mereces.

Aunque no sea por mí. Aunque nunca vuelvas.

Eira encontró la carta una tarde de invierno.

Y lloró.

Por primera vez en años, lloró como quien se quiebra desde adentro.

Y entonces decidió buscarlo.

No para pedirle nada,

sino para agradecerle lo que había sentido…

lo que jamás olvidó.

Lo encontró un sábado, en una ciudad desconocida,

bajo el cielo más azul que había visto.

Estaba con una mujer de cabello claro y dos niños pequeños.

Reía.

Se veía pleno, cálido, entero.

Eira se quedó parada al otro lado de la calle.

No se acercó.

No tocó la carta.

No pronunció su nombre.

Solo pensó:

“Está bien…

está bien así.

Yo sabía que él estaría mejor sin mí.”

Y se fue.

Tan silenciosa como había llegado.

Con los ojos llenos de amor

y la certeza de que lo había dejado justo donde debía estar:

feliz.

Las lenguas dicen que tiempo después, Eira se casó con un buen hombre,

que aprendió a hornear pan y a reír sin miedo,

que vivió tranquila, en una casa llena de luz pero sobretodo que aprendió a amar

Pero otros juran lo contrario.

Dicen que Eira nunca se quedó en ningún lugar,

que siguió viajando sola, con una maleta ligera y un abrigo largo,

que cruzó ciudades como si buscara algo que ya sabía que había perdido.

Algunos aseguran haberla visto en estaciones de tren,

escribiendo en libretas que nadie leía,

mirando por la ventana con una nostalgia tan honda,

que parecía invierno eterno.

Y los más poetas dicen que sí,

que ella sigue viva,

pero que ya no busca ser amada.

Que ahora solo camina…

siempre tan fría como el viento.

***

Inspirado en “Fría como el viento” de Luis Miguel.

Dicen que hay personas que parecen frías,

pero en realidad solo aprendieron a irse antes de quedarse.

Esta historia es para ellas…

y para quienes las amaron sin entenderlas.




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