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Si bailas, bailo contigo

París, 1997.

La ciudad estaba en su mejor momento.

Los cafés de Saint Germain des Prés seguían llenos hasta tarde,
el humo de los cigarrillos dibujaba formas en el aire,
y en las orillas del Sena, los libros viejos se amontonaban como recuerdos que nadie quería soltar.

Había algo en París en esos años…
algo que hacía que incluso los corazones más cerrados
quisieran abrirse un poco.

Apolo lo vio por primera vez en Le Marais,
en una pequeña pista de baile escondida entre calles estrechas,
donde sonaban vinilos gastados y la luz era cálida, casi dorada.

El otro chico no bailaba.

Solo estaba ahí, apoyado contra la pared,
mirando a la gente como si no perteneciera del todo a ese lugar.

Se llamaba Uriel.

Tenía el cabello pelirrojo, encendido bajo las luces tenues,
como si guardara fuego en cada hebra,
y unos ojos color miel, suaves, profundos…
pero siempre a la defensiva.

Su piel clara estaba marcada por un leve rubor constante,
y había algo en su expresión,
una mezcla de distancia y cansancio,
que hacía imposible ignorarlo.

Apolo, en cambio, era luz en movimiento.

Cabello castaño claro, rozando el dorado,
ojos tranquilos, casi dorados también,
y una sonrisa que no buscaba impresionar…
solo quedarse.

Esa noche, Apolo se acercó.

—Si bailas, bailo contigo —le dijo, extendiendo la mano.

Uriel soltó una pequeña risa, incrédulo.

—No bailo.

Apolo inclinó la cabeza, divertido.

—Entonces bailo yo… de todas formas.

Y lo hizo.

Ahí, frente a él,
entre música suave y luces que parecían latir.

Uriel lo miró unos segundos…
y sin darse cuenta, sonrió.

Se volvieron a encontrar días después,
como si París los empujara a coincidir.

Un café en Saint-Germain.
Dos tazas de espresso enfriándose lentamente.
La lluvia golpeando los ventanales.

—¿Siempre eres así? —preguntó Uriel.

—¿Así cómo?

—Como si nada te diera miedo.

Apolo lo pensó un momento.

—Sí me da miedo —dijo—.
Pero prefiero no dejar que eso decida por mí.

Uriel bajó la mirada,
trazando círculos invisibles sobre la mesa.

Caminaron juntos por el Sena,
entre libreros antiguos y músicos callejeros,
hablando poco, sintiendo mucho.

Uriel siempre parecía a punto de irse.

No con los pies,
sino con el corazón.

Como si amar fuera un riesgo demasiado grande.

Pero Apolo no lo detenía.

Solo caminaba a su lado,
constante, paciente…
como si supiera que algunas personas
no necesitan ser alcanzadas,
sino esperadas.

—No sé hacer esto —confesó Uriel una noche,
sentados bajo un farol en el Pont des Arts.

—¿Hacer qué?

—Quedarme. Sentir… no tener miedo.

Apolo lo miró con calma.

—Entonces aprende conmigo.

Uriel negó suavemente.

—¿Y si me voy?

Apolo sonrió, apenas.

—Entonces yo me quedo.
Y si vuelves…
voy a seguir aquí.

El viento movió el cabello rojizo de Uriel,
y por un segundo…
pareció quebrarse.

Pasaron semanas.

Noches compartidas,
risas bajas,
miradas que ya no se evitaban.

Hasta que volvieron a ese mismo lugar donde todo empezó.

La música seguía sonando.
Las luces seguían siendo doradas.

Apolo extendió la mano.

—Si bailas, bailo contigo.

Uriel lo miró.

El miedo seguía ahí.
Pero ya no era lo único.

Tomó su mano.

—Está bien…
pero no me sueltes.

Apolo entrelazó sus dedos con los suyos.

—No pienso hacerlo.

Y bailaron.

Lento.
Cerca.

Como si París entera se hubiera detenido
solo para ese momento.

Uriel apoyó su frente contra la de Apolo,
cerró los ojos…
y dejó de huir.

—Sí —susurró .
Sí al cielo…
y sí a ti.

Esa noche, caminaron por el Sena sin soltarse,
mientras la ciudad brillaba como si los hubiera estado esperando.

Y esta vez…
ninguno de los dos se fue.

***

Inspirado en “Say Yes to Heaven” de Lana Del Rey.

Esta historia nace de su atmósfera, no de su propiedad.

Esta historia no busca forzar nada,

ni representar más de lo que es.

Solo nació de una idea…

y de lo bonito que puede ser el amor cuando alguien decide quedarse.

Para quienes entendieron

que sentir da miedo…

pero huir duele más,

y aun así dijeron que sí al cielo.




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