Nuria dejó de contar los días.
Porque el tiempo, sin Ardet, ya no funciona igual.
Un minuto no es un minuto.
Es un peso.
Es una espera.
Es un espacio donde él no está.
—Te estás quedando —le dijo una amiga en la universidad—. No en el lugar… en él.
Nuria no respondió.
Porque tenía razón.
Había intentado seguir.
De verdad.
Cerrar los ojos. No mirar atrás. Convencerse de que la vida seguía, de que las cosas buenas iban a venir otra vez, una detrás de otra.
Pero cada intento terminaba igual:
en él.
En clase, los profesores hablaban.
En el trabajo, la gente se movía.
La vida pasaba.
Pero para Nuria…
todo se sentía detenido.
Como si alguien hubiera pausado el mundo justo en el momento en que Ardet se fue.
Y lo peor no era extrañarlo.
Era sentirlo.
Todavía.
Algo de él seguía dentro.
Algo que no se iba.
Algo que, poco a poco, la estaba desgastando.
Una noche, frente al espejo, se quedó mirándose demasiado tiempo.
—No eres tú —murmuró.
Porque había algo distinto.
Algo menos.
Como si una parte de ella se hubiera ido con él… y no pensara volver.
Y entonces hizo lo que juró no hacer.
Lo buscó.
—Solo quiero hablar —le dijo cuando por fin respondió.
Silencio.
Luego su voz.
La misma.
Pero no igual.
—Nuria… ¿para qué?
Esa pregunta le dolió más que cualquier rechazo.
—Porque no puedo —respondió, sin orgullo—. No puedo seguir como si nada.
—Tienes que hacerlo.
—No puedo.
—Entonces no es mi problema.
Ahí fue.
Ahí sintió cómo algo dentro de ella se rompía de verdad.
No como antes.
No lento.
No sutil.
Esto fue directo.
—¿De verdad no sientes nada? —preguntó, con la voz temblando.
Silencio otra vez.
Ese silencio que siempre decía más de lo que él quería admitir.
—Sí —dijo finalmente—. Pero no lo suficiente.
Nuria cerró los ojos.
Y en ese momento entendió algo horrible:
Que lo que ella sentía…
no tenía lugar en él.
—Yo sí —susurró—. Yo sí siento demasiado.
Salió sin despedirse.
Sin mirar atrás.
Porque si lo hacía, no se iba a ir nunca.
Esa noche caminó sin rumbo.
Calles largas.
Luces borrosas.
Gente que no significaba nada.
Y por primera vez lo sintió claro:
Estaba perdida.
No como alguien que no sabe a dónde va.
Sino como alguien que ya no tiene a dónde volver.
—Es como… —murmuró para sí misma—. Como si estuviera en medio de algo… sin dirección.
Un barco.
Sí.
Eso era.
Un barco que seguía avanzando, pero sin saber hacia dónde.
Y lo más cruel…
es que todavía quería regresar.
A él.
A lo que eran.
A algo que probablemente ya no existía.
Se detuvo en medio de la calle, con lágrimas cayendo sin que intentara detenerlas.
—Quiero recuperar esto… —susurró—. Aunque ya no esté.
***
Inspirado en “Algo de ti” de Paulina Rubio.
Esta historia nace de lo difícil que puede ser soltar a alguien,
incluso cuando sabes que ya no hay nada que salvar.
A veces uno se queda intentando rescatar lo que se perdió,
aferrándose a recuerdos, a momentos, a lo que pudo haber sido…
mientras la otra persona simplemente sigue.