Edén
Suspiré tratando de controlar mi respiración. Tomé más agua de la cocina y me quedé ahí parado, estabilizándome para volver a entrenar. Me gustaba sentirme útil y siempre estaba solo en esta enorme casa.
Mis padres tienen una empresa de flores. Es una gran distribuidora y hay muchísima variedad. De hecho, tiene mi nombre.
Sí, Edén.
Floristería Edén.
Suena bien, ¿o no?
También desconozco la razón de mi nombre. Nadie en mi familia se llama igual, pero fue mi madre quien lo escogió.
Ellos siempre estaban de viaje.
La floristería les ayudó a ahorrar y luego a invertir en otros negocios fuera de San Francisco. A veces estaban en Miami o quizás los verías en Japón. Realmente nunca sabes exactamente dónde están, pero puedes estar seguro de que casi nunca es en casa.
Comenzaron esos viajes cuando cumplí diez años. Solían dejarnos a mi hermana mayor y a mí con nuestra nana, Olga.
Era un amor.
Y sus hijos igual.
Ciara es mayor que yo por dos años y algunos meses. Mis padres no esperaron a que cumpliera la mayoría de edad para ponerla a trabajar en el negocio familiar, aunque realmente quien se encarga de casi todo es mi tía Sabrina.
Caminé despacio hasta mi salón de entrenamiento.
Practico boxeo desde los trece años. La soledad me hacía sentir que no hacía nada con mi vida. Además, antes era obeso. Creo que eso también contribuyó a que quisiera dedicarme a esto.
—¿Qué harás esta noche? —escuché su voz a mis espaldas.
Ciara era un poco alta. Tenía el cabello corto y ondulado, además de los ojos oscuros de mamá. Eran intensos. A veces incluso me asustaban cuando hacía algo que le molestaba o simplemente no le agradaba.
Llevaba puesto su uniforme sin delantal y venía sonriente.
Le di un golpe al saco con mis guantes y la miré sentarse frente a mí.
—¿Por qué? —cuestioné acercándome para sentarme junto a ella mientras tomaba el vaso de agua que había traído hace unos segundos de la cocina.
Tomé un sorbo, sintiendo el frío bajar por mi garganta.
—La tía Sabrina me dejó a cargo de una fiesta para los trabajadores. La supuesta cena navideña y luego la fiesta, ya que mamá y papá no están.
Ciara siempre fue más tranquila, menos emocional.
Quizás todo eso me lo llevé yo en las entrañas.
—¿Piensas hacerla aquí?
Se encogió de hombros, sin darme una respuesta concreta.
Puso una mano sobre mi muslo derecho y me miró con cierta gracia, como si sus ojos oscuros y mis ojos claros pudieran entenderse, aunque la realidad era que yo nunca la entendía realmente.
Aun así, siempre trataba de apoyarla, incluso cuando sus ideas eran raras o demasiado alocadas.
—¡Hace días me encontré a Amelia! —soltó de repente.
No lo vi venir.
Amelia.
La obsesiva Amelia.
Mi infierno personal.
Mi vecina de toda la vida, quien parecía estar completamente obsesionada con mi existencia. Solo convivimos un par de veces hasta que noté que le encantaba oler mi cabello y eso me asustó bastante.
Después descubrí que prácticamente tenía una biografía entera sobre mí y dejé de hablarle.
Tampoco suelo salir mucho, pero cuando la veo de lejos, huyo.
Eso pasó hace años, lo sé.
Pero aún me asusta.
—Oh, no… la obsesiva Amelia. —Negué mirando al suelo, decepcionado.
—Ahora se ve un poco mayor. Luce bien, la verdad. Tal vez sea hora de darle una segunda oportunidad. —Se burló levantándose para caminar hacia la salida—. Deberías usar un traje negro esta noche. Te queda bien y vendrán chicas lindas.
Subí una ceja, confundido.
No sabía cómo había llegado a esa conclusión tan rápido ni cómo habíamos cambiado de tema igual de rápido.
—¿La fiesta será aquí? ¿Hoy? —alcé la voz para que pudiera escucharme.
No recibí respuesta.
Me rasqué la nuca y seguí sus pasos, apagando la luz y cerrando con seguro antes de irme.
Subí las escaleras rápidamente para llegar al baño. El sudor empezaba a secarse y comenzaba a sentirse pegajoso.
Lo odiaba.
Me di un baño rápido, lavé mi cabello y luego lo peiné antes de vestirme. Cepillé mis dientes mirándome al espejo mientras intentaba recordar dónde podría estar mi traje negro.
Ni siquiera recordaba la última vez que lo usé o si Olga lo había lavado después de aquella ocasión.
Con el cepillo entre los dientes, caminé hasta el armario buscando entre las bolsas. A Olga le gustaba guardar los trajes en sus fundas porque decía que yo era demasiado ordinario y terminaría ensuciándolos.
Así que le hice caso.
Lo encontré entre tantos y lo dejé sobre la cama.
Terminé de cepillarme, me lavé la cara y empecé a vestirme. El traje no llevaba corbata, así que eso me hacía la vida más fácil.
Cuando estuve listo, no bajé de inmediato.
Me senté frente a mi laptop.
Casi nunca sabía dónde dejaba mi celular. La laptop era más fácil de encontrar, según yo.
Mamá me dejaba mensajes todos los días.
Mensajes que nunca respondía.
Papá hacía lo mismo.
Mis amigos preguntaban cuándo nos veríamos y yo simplemente era un ermitaño. Me costaba muchísimo interesarme por salir.
Apagué la laptop y, de fondo, pude escuchar música a todo volumen.
Ciara tenía la habilidad de resolver las cosas en muy poco tiempo.
Me fascinaba.
Bajé las escaleras encontrándome con el salón decorado y, al fondo, una enorme mesa llena de comida. Mi tía Sabrina estaba conversando con las chicas que ayudaban a Olga.
Y justamente fue a Olga a quien vi primero.
—Joven, el traje negro le queda muy bien. —comentó sonriendo con dulzura.
—Muchas gracias, Olga. La quiero. —Sonreí de la misma forma—. ¿Sus hijos vendrán?
Sabía que algunos de ellos trabajaban para mis padres.
—Oh, no. Tienen clases en la universidad. Estudian de noche.
Apreté sus manos, lamentándolo.