Absurdamente enamorado

2

Todo era un boom, boom, boom.

Y yo simplemente no la encontraba. Ya había recorrido el pasillo principal, la cocina y la sala. Y no la encontraba.

Incluso olfateaba en el ambiente para ver si conseguía el coco, pero lo único que olí fue carne y ensalada de verduras. Que, por cierto, olía muy rico.

La mayoría ya estaba entonada, bailaban sin parar y se reían fuertemente, también gritaban para escucharse entre sí.

—¡Hey!

El grito hizo que me parara en seco donde me encontraba, que era en medio de la multitud. No sabía que tenían tanta gente trabajando, deberían hacer recorte de personal o algo.

Teobaldo estaba al fondo, con una típica sonrisa y una lata de cerveza en su mano.

—¡Teo! —Me acerqué chocando mi mano con él y acto seguido nos abrazamos.

—¿Cómo te ha ido, hermano?

Asentí, no quería gritar.

Me hizo señas para irnos a otro lugar y lo seguí. Subimos por las escaleras y nos dirigimos al pequeño cuarto que daba al balcón.

Teo sacó un cigarrillo y me ofreció.

Cuando tenía trece, probé mi primer cigarrillo junto con él. Me ahogué, pero calmaba la ansiedad. Sin embargo, esta vez le dije que no y solo choqué mis dedos contra la barandilla mientras miraba hacia abajo.

—¿A quién buscabas hace rato? —preguntó tomando un sorbo.

—Una amiga. —Sonreí.— Pero no la conseguí. Se llama Diane.

—¿Diane? —Me miró sorprendido.— Tiene diecinueve.

Lo miré, no por mucho tiempo porque luego se daría cuenta de mis pequeñas mentiras por una buena causa.

—¿Qué tiene? —Me rasqué la nuca.

—No, nada. Si dices que solo son amigos entonces no hay nada que decir. —Se encogió de hombros.

—Sí, somos amigos.

Corroboré sin dar muchos detalles.

—La conocí la vez que mamá me mandó a la empresa a ayudar con unas cajas. Diane es hermosa. —Sonrió.— A cualquiera alumbra con esa piel. Pero bueno, fui rechazado cuando se dio cuenta de que tenía dieciséis.

Eso llamó mi atención, solo de reojo. No dije nada al respecto igual.

—Ciara me contó que ella de por sí era exigente con los chicos y no tenía la idea de estar con alguien menor. —Apagó el cigarro y me miró.— ¿Seguro que son amigos?

Asentí rápidamente.

—Nos conocimos en la cocina y ella fue muy amable.

—¿No te preguntó tu edad? —Se burló.

Negué lentamente, mintiendo claro.

Teo solo me dio pequeñas palmadas en la espalda mientras se reía. Abriría su boca para acotar algo más, tal vez burlarse de mí o seguirme contando lo linda que es, pero lo detuvo la puerta corrediza.

Ambos volteamos.

Estaba a pies descalzos y esta vez su cabello estaba amarrado.

—Dios, qué calor. Esta casa es un laberinto.

Y por segunda vez en la noche, Diane apareció de la nada.

Otra vez.

—Ay, perdón. —Mordió su labio inferior apenada, otra vez.

Sonreí genuinamente, volteándome por completo para observarla mejor.

—¡Teobaldo! ¿Cómo estás? ¿Cómo pasaste los dulces dieciséis? —Se rio.

Teo soltó una carcajada también, mirándola venir hacia nosotros.

—Bien, Diane. Gracias por preguntar. ¿Cuándo llegarán tus dulces veinte? —Le siguió la corriente.

—En algunos meses, no te preocupes. —Se puso a mi lado mirando hacia abajo también, aunque ella estaba de puntilla.— ¿Cuándo llegarán tus dulces diecinueve, Edén?

Teobaldo carraspeó, parece que casi se ahoga con su sorbo de cerveza, y no quise mirarlo. Solo cerré mis ojos unos dos segundos lamentando que tuviera que escuchar eso.

—Aún falta. Junio, para ser exactos. —Respondí.

Teo no hizo ningún gesto, solo chocó mi hombro con el suyo, dándome a entender que ya se había dado cuenta de todo.

—Interesante. —Sonrió.— ¿Son amigos?

Ambos movimos nuestra cabeza de arriba abajo. Ya los nervios eran demasiado, así que tomé la lata de cerveza de mi amigo y le di un buen trago. Uno grande.

—Sí, nos conocemos desde pequeños. —Respondió él.

Yo le di otro sorbo grande antes de dejarla vacía.

—Oh, qué tierno.

Teo tomó su lata.

—Los dejo, chicos. Me iré a la fiesta. —Dijo para luego marcharse.

Me dedicó una última mirada. Tenía una sonrisa burlona y movía sus cejas de arriba abajo.

Yo solo negué rápidamente y miré al frente.

Diane movía sus pies de atrás hacia adelante, la brisa le daba en el rostro moviendo uno que otro cabello suelto. Suspiró lentamente antes de decir algo más.

—Nunca bailé tanto en mi vida. —Se rio.— Y ya me siento mareada y con sueño.

Sonreí divertido.

—¿Quieres algún café? Dicen que es bueno para despertarse.

Hizo una mueca de asco.

—Detesto el café.

Primer punto, anotado.

—Extraño.

—¿Perdón? —Dijo ofendida.

Me reí a carcajadas por su expresión.

—No hay nada mejor en las mañanas que un buen café y un pan suave. ¿Cómo no te va a gustar el café? —Hablé divertido.

—Pues no me gusta, soy más de té. —Dijo con indiferencia, como si mi argumento le hubiese importado en lo más mínimo.— La gente que toma café muy temprano es extraña.

Me miró de reojo y yo solo me reí de nuevo, fuerte.

—La gente que no le gusta el café es extraña. —Recalqué mirándola igual.

Ella se rio, mostrando sus dientes y esa linda sonrisa.

Tenía también una pequeña nariz, no exagerada, pero se veía pequeña al lado de sus mejillas.

—Eres lindo, Edén.

Soltó, y las manos volvieron a sentirse mojadas y el pecho se escuchaba fuerte y claro, como si mi corazón quisiera salir corriendo y desaparecer.

O era yo quien deseaba desaparecer.

—Tú igual, Diane. —Logré responder.

El silencio nos ganó esta vez. Yo me rasqué la nuca, parece que era algo que hacía cuando estaba muy nervioso, no estoy muy seguro ahora.

—Tal vez deberíamos salir mañana, si te parece. —Ofrecí sin pensar.

Y ahora que lo noto, no estoy pensando en nada desde que la vi.

—Oh, no. —Rechazó.

Y no sé si esta es la sensación que Teo sintió cuando ella le dijo que no estaba con menores, pero los nervios se habían calmado, aunque no en buen sentido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.