Nadie vio quién la dejó allí.
La noche en París era fría, húmeda, indiferente. Los callejones respiraban un olor agrio a metal y desecho, y entre bolsas rotas y restos de cartón, un bebé lloraba con una fuerza que no coincidía con su tamaño.
No había manta.
No había documentos.
No había despedida.
Solo un collar, demasiado pesado para un cuello tan pequeño. Dos figuras grabadas en el metal: un sol y una luna abrazándose en silencio. Entre ellos, un nombre.
Candace.
El llanto se perdió entre el ruido lejano de la ciudad. París siguió durmiendo, ajena a que aquella noche no solo se había abandonado a una niña, sino algo mucho más antiguo.
Candace creció en lugares que nunca fueron suyos.
Orfanatos con paredes blancas y voces cansadas. Casas ajenas donde la miraban como un milagro… hasta que dejaba de serlo. Siempre la elegían primero: su tez clara, sus ojos celestes imposibles, su cabello rubio y suave como si nunca hubiese conocido el polvo de la calle.
Era perfecta.
Demasiado perfecta.
Pero los objetos a su alrededor no parecían estar de acuerdo.
Juguetes que se rompían sin ser tocados. Vidrios que estallaban cuando lloraba. Luces que parpadeaban cuando el miedo se le clavaba en el pecho. Nadie hablaba de magia. Nadie quería hacerlo. Era más fácil devolverla al orfanato, fingir que no había pasado nada.
A los seis años dejó de contar los hogares.
A los diez dejó de preguntar por qué.
A los quince entendió que no pertenecía a ningún lugar humano.
El cambio llegó a los dieciséis.
No fue inmediato.
Fue doloroso.
Su cabello perdió el dorado infantil y se volvió blanco, casi plateado, atravesado por mechas rosadas que parecían arder bajo la luz de la luna. Su cuerpo reaccionaba a sonidos que nadie más oía. Su pulso se aceleraba con el olor de la lluvia, con la cercanía de la noche.
La loba despertaba.
Y con ella, el peligro.
Los especialistas en lo oculto no tardaron en encontrarla. Algunos los llamaban cazadores. Otros científicos. Todos buscaban lo mismo: su maná. Su esencia. Aquello que la hacía distinta.
Candace corrió.
Corrió por calles que nunca la habían protegido, con el corazón golpeándole las costillas y el collar ardiéndole contra la piel. Sabía que no podía detenerse. Sabía que, si la atrapaban, no volvería a escapar.
Fue entonces cuando alguien bloqueó su camino.
Un joven se alzó frente a ella, sin armas visibles, sin miedo en la mirada. Sus ojos eran extraños, atentos, como si la conociera desde antes.
—Eres una loba bastante intrigante —dijo, con una calma que no encajaba con la persecución.
Candace retrocedió un paso.
—¿Quién eres? —preguntó, lista para huir otra vez.
Él sonrió apenas.
—Luke —respondió—.
Y por ahora… tu salvación.