Desperté con la sensación de haber caído desde muy alto.
El aire era distinto. Más limpio. Más denso. Olía a algo que no supe nombrar al principio... hasta que abrí los ojos.
La habitación estaba iluminada por una luz suave, plateada, que parecía filtrarse desde los cristales incrustados en las paredes. Cristales de luna, pensé sin saber por qué. No recordaba haberlos visto nunca, pero mi cuerpo los reconocía. Las paredes eran blancas, lisas, lejos de ser frías resultaban extrañamente acogedoras, como si el lugar hubiese sido pensado para calmar a quien despertara allí.
Me incorporé despacio. El cuerpo me dolía, no como una herida, sino como si hubiese corrido durante horas.
Sobre la mesa de luz había una carta.
Mi nombre estaba escrito con una caligrafía firme, clara.
Candace.
Mis dedos temblaron al tomarla.
"Cuando estés lista, sal. Aquí estás a salvo."
— Luke
Tragué saliva.
Entonces no había sido un sueño.
Las visiones.
La huida.
Él.
Todo era real.
La Tierra... ya no era mi hogar.
Nunca lo había sido.
No desde que la única persona que alguna vez consideré familia dejó este mundo. El recuerdo me atravesó como un vacío antiguo, uno que nunca había terminado de cerrarse. Y, aun así, ahora dudaba incluso de algo más básico:
¿Seguía en el mismo mundo?
Llevé la mano al pecho con desesperación, buscando una certeza. El metal frío del colgante me devolvió un poco de aire. El sol y la luna seguían ahí, intactos, latiendo contra mi piel como si tuviesen vida propia.
Luke.
Soñé con él por primera vez cuando tenía diez años. Su voz siempre era tranquila, firme... pero el destino que lo rodeaba nunca lo era. En mis sueños aparecía junto a otros, formando algo parecido a un grupo. Todo era borroso, inestable, como si mi mente no estuviera lista para verlos del todo.
Excepto por uno.
El rostro del fauno siempre fue claro.
Un golpe suave en la puerta me hizo sobresaltar.
—¿Candace?
La puerta se abrió lentamente.
Una chica de cabello ondulado entró con una sonrisa prudente, acompañada por dos sirvientas que sostenían ropa cuidadosamente doblada. Su presencia era serena, pero había algo en su postura que hablaba de alerta, como si midiera cada reacción.
—Buen día —exclamo—. Mi nombre es Meridia. Luke me pidió que viniera. Pensó que tal vez tendrías miedo de bajar... así que te traje algunas opciones de ropa.
Asentí, sin saber qué decir.
—¿Qué lugar es este? —pregunté, incapaz de ocultar la urgencia en mi voz—. Necesito saber dónde estoy.
Meridia no dudó.
—Estás en la Academia Wesley.
La palabra cayó sobre mí como un eco.
Wesley.
Mi visión se fragmentó por un segundo. Una mujer apareció ante mí, borrosa, su rostro imposible de distinguir. Sentí culpa, tristeza, arrepentimiento... y una palabra silenciosa que me atravesó el pecho.
<<Perdóname...>>
Parpadeé con fuerza.
—¿Estás bien? —preguntó Meridia, acercándose—. Aquí... toma.
Me extendió un uniforme oscuro, con detalles plateados.
—Eres parte de la manada Abyss —continuó—. Según tu maná, eres cincuenta por ciento lobas.
Sentí que el suelo se inclinaba.
—¿Loba...?
—Sí —respondió con naturalidad—. Y el otro cincuenta por ciento deducimos que es vampiro.
La miré, incapaz de procesar.
—¿Vampiro?
—Por las cicatrices de alas —explicó—. Les sucede a los vampiros con transformación tardía. No es raro... aquí.
Aquí.
Meridia dejó la ropa sobre la cama.
—Cámbiate. Te esperamos abajo.
Cerró la puerta con suavidad, dejándome sola.
El silencio volvió a envolverlo todo.
Me senté en el borde de la cama, con el corazón desbocado. Visiones. Sueños. La luna. Luke. La Academia. La loba. El vampiro.
Nada tenía sentido... y, sin embargo, algo dentro de mí susurraba que todo encajaba demasiado bien.
Apreté el colgante entre mis dedos.
¿Por qué Luke era real?
¿Y por qué sentía que mi verdadera historia recién acababa de comenzar?