Cuando tenía tres años, una joven decidió adoptarme.
Su sueño era ser madre joven. Las inseminaciones eran costosas y el tiempo no esperaba, así que eligió un camino distinto. Me eligió a mí.
Su nombre era Daphne Yell.
Era una mujer llena de luz, de risa fácil y palabras suaves. Me abrazó como si siempre hubiera sabido que yo existía. Quizás porque, de alguna forma, también estaba hecha de pérdida. Sus padres habían muerto cuando ella tenía diez años y, al ser adoptada, su vida por fin había encontrado un equilibrio.
Durante un tiempo, el mío también.
Pero en mi quinto cumpleaños todo se rompió.
Mi maná despertó con violencia. —Ciertos poderes comienzan a manifestarse desde los dos años—. Aquella vez fue demasiado. Daphne sufrió convulsiones frente a mí. Recuerdo el sonido de su cuerpo cayendo al suelo. El miedo. Los gritos.
Cuando despertó... ya no me reconocía.
Había perdido la memoria.
Había olvidado que alguna vez adoptó a una niña.
Había olvidado que me amó.
Para ella, yo era un monstruo.
Desde ese momento entendí que las visiones que había empezado a manifestar desde los diez años, se cumplían y no había forma de revertirlo.
Las visiones eran sueños que no parecían sueños. Imágenes del futuro. Voces que no eran mías. Nadie quería acercarse a mí. Nadie quería tocarme.
—Eres un monstruo.
—Aléjate de mis hijos.
Las palabras se repetían una y otra vez, clavándose en mi mente. Hasta que una voz distinta comenzó a susurrarme desde adentro.
Libérate.
No recuerdo bien cuándo ocurrió la primera transformación. Solo sé que mis ojos brillaban como diamantes en bruto, que mis manos se alargaron en garras, que mi cuerpo dejó de sentirse humano.
Era la transformación de loba.
Corrí.
Corrí sin mirar atrás. No quería ser más rara de lo que ya era. No quería ser diferente.
Pero aquí estaba.
En una academia de seres que no pertenecían a este mundo.
En Wesley convivían estudiantes de distintos reinos.
Eryndor, un reino antiguo y reservado, hogar de razas que caminaban entre lo humano y lo salvaje. No era un lugar de conquistas ni ejércitos, sino de equilibrio, silencio y supervivencia.
Atlantys, el reino oculto del océano. Un imperio que eligió el silencio de las profundidades antes que la guerra. Para la superficie, un mito. Para quienes nacen del mar, refugio, memoria y promesa.
Worelwoff, el territorio ancestral de los licántropos. Una nación forjada en sangre, luna y juramentos. No era solo un lugar... era una manada.
Ahora, mi hogar.
De los vampiros no había registros. Como si jamás hubieran existido.
—¿En qué tanto piensas, princesa?
Luke apareció a mi lado mientras atravesábamos la gran sala.
—No tengas miedo —dijo—. Aquí todos somos como tú.
Como yo.
—¿Cómo sabes quién soy?
Nos detuvimos frente a una mesa. Varias miradas se clavaron en mí.
—Hola...
Allí estaban ellos.
La sirena, Meridia.
El elfo, Eirian.
Y el fauno... Luke.
—Ven, siéntate con nosotros —dijo Meridia con entusiasmo—. Anhelaba tener otra chica en el grupo.
—Meridia, la vas a espantar —intervino el elfo—. Soy Eirian, un gusto.
Sus ojos verdes chocaron con los míos. Sentí una vibración extraña, profunda, algo que nunca había sentido antes.
—Candace, ¿no?
Asentí y me senté junto a Meridia.
—Tengo preguntas —dije—. Muchas.
Antes de poder continuar, las grandes puertas se abrieron.
—Buenos días, mis chicos —anunció una mujer—. Como sabrán, mañana es el gran evento. ¿Están listos?
¿Evento?
—Cada grupo deberá traer algo típico de lo que comen en las fiestas con sus familias.
Familia.
Dejé de tener una hace mucho tiempo.
La mujer se retiró y el murmullo volvió a la normalidad.
—Es la directora —susurró Meridia—. Eirdis. También es la líder de la manada Worelwoff.
Worelwoff.
De donde yo provenía. O eso tengo entendido.
—Supongo que no seré bienvenida por ser híbrida...
Todos me miraron confundidos.
—Aquí no miramos eso —dijo Luke—. No importa si eres loba, elfa, fauno o vampira. Importa tu corazón.