Abyssborn

Capítulo 4

Volver a clases nunca había sido sencillo.

Pero empezar de nuevo, en un lugar donde cada pared respiraba magia antigua, era otra cosa completamente distinta.

El portón de hierro forjado se abrió ante mí como si evaluara si yo merecía cruzarlo. Las torres de piedra gris se alzaban hacia un cielo que parecía demasiado vasto, como si incluso el firmamento supiera que aquel no era un sitio común.

Hadas de alas traslúcidas cruzaban los patios como destellos de luz.

Troles de piel pétrea caminaban con pasos que hacían vibrar el suelo.

Tritones de cabellos húmedos y ojos oceánicos murmuraban entre ellos, con la cadencia del mar en la voz.
Licántropos de postura erguida y mirada afilada observaban todo como si el mundo fuera un territorio que les perteneciera por derecho natural.

Y entre todos ellos… yo.

Era parte de este mundo. Mi sangre lo sabía. Mi magia lo confirmaba.
Pero me había criado entre humanos.

Y eso bastaba para convertirme en algo distinto.

Las miradas no eran abiertas ni descaradas. Nadie señalaba. Nadie susurraba en voz alta. Pero lo sentía. Ese juicio silencioso que se clava en la espalda y te acompaña hasta que aprendes a fingir que no lo notas.

Meridia fue lo único que hizo que el cambio no se sintiera como una caída al vacío.

Nuestra habitación estaba dividida en dos universos perfectamente contrastantes. Mi lado era sobrio, ordenado, con libros apilados en columnas exactas y una lámpara cálida que me recordaba a mi antigua vida. El suyo parecía arrancado del fondo del océano: telas de tonos turquesa y verde coral, caracolas que susurraban si acercabas el oído, pequeñas gotas suspendidas en el aire que jamás llegaban a caer. Su espacio respiraba armonía.

Pasábamos la mayor parte del tiempo en manada.
Luke y Meridia eran energía pura. Risas constantes, planes improvisados, bromas que estallaban en los momentos menos oportunos. Su amistad era tan natural que a veces parecía que el mundo entero orbitaba alrededor de ellos.

Con Eirian… era diferente.

No hostil. No abiertamente.

Pero diferente.

Su presencia tenía algo contenido. Como si cada palabra que pronunciara hubiera sido previamente analizada y reducida a lo estrictamente necesario. No buscaba cercanía. No parecía interesado en forjarla.

Y, aun así, cuando estaba cerca, el aire cambiaba.

La clase de Física fue el inicio del problema.

El profesor anunció el proyecto trimestral y comenzó a nombrar las parejas. Cuando escuché mi nombre seguido del de Eirian, sentí algo parecido a un estremecimiento.

Todos los miércoles después de clases.

Horas obligatorias en la biblioteca.

El destino tenía un sentido del humor extraño.

Hasta ese momento, cada conversación entre nosotros había sido superficial, casi protocolar. Y siempre con Luke o Meridia interfiriendo, suavizando el silencio que Eirian parecía cultivar a propósito.

Pero esa tarde estábamos solos.

16:30 — BIBLIOTECA

La biblioteca era un lugar solemne. Techos altos con vigas de madera oscura, ventanales alargados que dejaban entrar una luz dorada y partículas de polvo flotando como diminutos fragmentos de hechizos olvidados. Los estantes se alzaban hasta alturas imposibles, y algunos libros se movían ligeramente por sí solos, acomodándose en su sitio.

Nos sentamos frente a frente en una mesa de roble antiguo.

El único sonido era el pasar de páginas.

Intenté concentrarme. De verdad lo intenté. Pero su silencio no era neutro. Era deliberado. Y eso me quemaba por dentro.

—¿Te caigo mal? —pregunté finalmente.

La frase escapó antes de que pudiera contenerla.

Eirian levantó la vista apenas un segundo.

—¿Eh? Presta atención, Yell.

Ese apodo. Siempre ese tono distante.

Cerré el libro con un golpe seco. El eco resonó más de lo que esperaba. Varias cabezas se giraron brevemente.

Me levanté, rodeé la mesa y me planté frente a él. Apoyé una mano en el libro alto que tenía delante, obligándolo a mirarme.

—No me evadas. Dime qué te pasa conmigo. Desde que llegué no haces más que esquivarme.

Su mirada se sostuvo en la mía. No había rabia. Ni incomodidad. Solo una especie de análisis frío.

—¿Y para qué quieres mi atención? —dijo finalmente—. Solo eres mi compañera de manada. Estoy aquí por Luke y Meridia. Tú apareciste de la nada y ya quieres ocupar un lugar que no te corresponde.

El golpe no fue en la voz. Fue en la certeza.

Como si realmente creyera lo que decía.

El aire se volvió denso. Por un instante olvidé cómo respirar.

Yo había asumido que pertenecer era suficiente. Que compartir sangre, especie, destino… creaba un lazo automático.




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