En cuanto abrí los ojos, el aire regresó a mis pulmones de golpe.
Me incorporé agitada, con el corazón desbocado y la piel húmeda de sudor. Tardé unos segundos en entender dónde estaba. No había fuego. No había humo. No había sangre cubriendo mis manos.
Era solo un sueño.
Giré lentamente la cabeza.
Eirian dormía a mi lado, el rostro relajado bajo la tenue luz azulada que entraba por la ventana del transporte. Afuera era de noche. El resto de la manada descansaba en silencio, mecida por el movimiento constante del viaje.
Me obligué a respirar con calma.
Estábamos a una hora de Eryndor.
Una hora.
Y, sin embargo, la sensación del incendio seguía aferrada a mi piel como si hubiera sido real. Como si no se tratara de una simple pesadilla, sino de algo que mi mente se negaba a olvidar.
Cerré los ojos un instante más, pero las imágenes regresaron con la misma intensidad.
Sus ojos entre las llamas.
La sangre.
Mi comprensión final.
No era normal.
Nada de aquello lo era.
La llegada a Eryndor nos envolvió en un aire distinto, más puro, casi vibrante. El reino parecía surgir del bosque mismo: torres blancas entrelazadas con enredaderas luminosas, puentes de madera suspendidos entre árboles milenarios y un perfume constante a tierra húmeda y flores nocturnas.
Nos recibieron en el gran castillo central.
Allí apareció ella.
La diosa elfa.
Evangeline.
Su presencia imponía silencio sin necesidad de alzar la voz. Alta, de cabellos plateados que caían como un río sobre su espalda, ojos verdes profundos y una serenidad que parecía antigua como el mundo. Su vestido, tejido con hilos que reflejaban la luz como hojas al amanecer, la hacía parecer parte del propio reino.
—Agradezco a todos por venir —dijo con una sonrisa medida—. Sean bienvenidos al reino de Eryndor. Mis sirvientes les indicarán sus habitaciones.
Su voz era melodiosa, pero firme.
Fue entonces cuando la noticia cayó como una piedra en el agua.
Evangeline era madre de uno de los estudiantes… y madrastra de otro.
Eirian y Luke eran hermanastros.
El murmullo fue inmediato. Incluso Meridia, que parecía saberlo todo antes que nadie, abrió los ojos con sorpresa genuina.
Yo me quedé en silencio.
Había algo en esa revelación que no me gustaba. Como si una pieza más del rompecabezas hubiera sido colocada sin que yo comprendiera la imagen completa.
Las habitaciones estaban organizadas por manadas. Dos camas por cuarto.
—Dormiremos juntas, Cady —dije, dedicándole una sonrisa a Meridia.
Necesitaba su energía luminosa cerca.
Aun así, la incomodidad no desaparecía. El sueño persistía en mi mente como un eco constante. Cada sonrisa, cada saludo en aquel reino perfecto, parecía cubierto por una capa invisible de amenaza.
Cenamos en un gran salón iluminado por candelabros flotantes. El banquete era exquisito: frutas doradas, panes especiados, carnes suaves que casi se deshacían al tocarlas. La música élfica flotaba ligera, envolviéndolo todo en una sensación de celebración.
Pero yo no podía disfrutarlo del todo.
Cuando finalmente nos dirigimos a nuestras habitaciones, nos aguardaba una sorpresa.
—Bienvenidas a nuestra habitación —anunció Luke con una media sonrisa—. Ustedes dormirán en la de Eirian y nosotros en la mía.
Claro.
Era su habitación.
Entré con cautela.
El lugar irradiaba luz natural incluso de noche. Plantas trepaban delicadamente por las paredes, pequeñas luces como luciérnagas flotaban en frascos de cristal, y la madera del mobiliario parecía recién pulida por el tiempo y el cuidado.
Había algo profundamente armonioso allí.
Algo que me hizo sentir en paz.
En casa.
Recordé a mi madre decorando nuestro hogar con pequeñas figuras de duendes de porcelana.
“Atraen la suerte y el amor”, decía siempre.
Tragué saliva.
Ay, mamá… si tan solo pudieras recordarme.
—¿Estás bien, princesa? —la voz de Luke me arrancó de mis pensamientos.
Lo miré.
—Sí. Es una habitación hermosa.
—La decoró Eirian cuando éramos chicos —añadió, con un deje de orgullo.
Eso me sorprendió.
—Tiene muy buen gusto.
Nuestros ojos se sostuvieron un segundo más de lo necesario. No era la tensión incendiaria que sentía con Eirian. Era otra cosa. Más sutil. Más peligrosa precisamente por eso.