Abyssborn

Capítulo 7

Eirian

Desde que tengo memoria, Luke siempre estuvo a mi lado.

Después de la muerte de mi padre, el silencio llenó cada rincón del castillo. Yo era demasiado joven para comprender del todo la pérdida, pero lo suficientemente consciente para sentir el peso que cayó sobre mi madre. Meses después, ella se casó con un fauno: el padre de Luke. Fue una unión estratégica, como casi todo en nuestra sangre. Pero, con el tiempo, dejó de ser solo eso.

Luke no fue simplemente el hijo del nuevo esposo de mi madre.

Fue mi hermano.

Crecimos juntos entre entrenamientos, lecciones de protocolo y expectativas imposibles. En un reino como Eryndor, los herederos no tienen infancia, tienen preparación.

Sin embargo, antes de todo eso, antes incluso de Luke… hubo alguien más.

Mi madre solía mencionarla en voz baja, como si el simple acto de pronunciar su nombre pudiera quebrarla.

Hiris.

Mi hermana mayor.

En mis recuerdos aparece borrosa, como una figura hecha de luz y distancia. Recuerdo su risa, o tal vez quiero recordarla. Recuerdo que me sostenía la mano cuando tenía miedo a la oscuridad. Recuerdo su cabello moviéndose como plata bajo el sol.

Ella era la heredera al trono.

Desde su nacimiento fue comprometida con el príncipe dragón. Una alianza destinada a unir dos naciones ancestrales y poner fin a siglos de tensión entre elfos y dragones. La unión prometía prosperidad, poder y estabilidad.

Fue la peor decisión que pudieron tomar.

La guerra no tardó en estallar.

No fue un conflicto espontáneo, ni un arrebato de orgullo. Fue una traición cuidadosamente orquestada por quienes temían el poder de los dragones y deseaban su caída definitiva. Manipularon acuerdos, sembraron desconfianza, provocaron enfrentamientos.

El resultado fue devastador.

El príncipe dragón murió junto con todos los herederos de su linaje.

Y mi hermana…

Mi hermana fue asesinada.

Aquella guerra, organizada con el fin de erradicar a los dragones y reescribir el equilibrio del continente, fue la responsable de su muerte.

Hoy se cumplen dieciséis años desde el día en que comenzó.

Dieciséis años desde que el fuego cubrió el cielo.

Por eso estaba en esa sala.

La sala prohibida.

El único lugar del castillo donde aún conservábamos retratos de la antigua alianza. Donde el dragón pintado no era un enemigo, sino un símbolo de lo que pudo haber sido. Donde Hiris aparecía erguida junto a él, con la serenidad de quien aceptó su destino sin comprender del todo el precio.

Es el único sitio donde siento que sigo siendo su hermano.

Y ella me vio allí.

Candace.

La vi alejarse con miedo reflejado en los ojos. Su expresión se me clavó en el pecho como una acusación silenciosa. Había sido un idiota. No debí tomarla del brazo así. No debí hablarle con esa dureza.

Pero esa sala…

No es un lugar para curiosos.

No es un lugar para cualquiera.

Me quedé allí varios minutos después de que se fuera. Observando el retrato. Recordando. Respirando la culpa que nunca termina de irse.

Sin darme cuenta, el amanecer tiñó los vitrales de tonos dorados.

Cuando regresé a mi habitación, Luke ya estaba despierto.

Me miró con una preocupación que no intentó ocultar.

—¿Está contigo?

—¿Quién? —pregunté, aún distraído.

—Candace.

El nombre me devolvió por completo a la realidad.

Me quedé quieto.

¿No había ido a dormir?

Yo mismo la vi entrar en la habitación. Me aseguré de que regresara. No quería que siguiera indagando, no hoy, no en esa fecha.

—¿La vieron? —la voz de Meridia irrumpió desde el pasillo. Se sujetaba las puntas del cabello con nerviosismo—. Cuando desperté no estaba. No sé a dónde se habrá ido.

Sentí cómo algo frío descendía por mi espalda.

No.

No podía ser.

—Iré a buscarla —dije, más rápido de lo que pensé—. No pudo irse tan lejos.

Pero mientras lo decía, sabía que el castillo no era lo único que debía preocuparme.

Desde hacía meses, comenzamos a recibir cartas anónimas. Advertencias veladas. Amenazas disfrazadas de acertijos. Firmadas por nadie, pero con un símbolo que ninguno de nosotros reconocía.

Sabíamos que alguien observaba.

Sabíamos que alguien esperaba.

Tomé uno de los caballos reales sin pedir permiso. El animal relinchó al sentir mi urgencia. No necesité preguntar por el camino.




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