Abyssborn

Capítulo 8

Candace

No sabía en dónde estaba exactamente.

Había caminado durante lo que me parecieron horas, aunque tal vez no fueron más que minutos. El bosque de Eryndor tenía esa cualidad engañosa: cada sendero parecía igual al anterior, cada árbol se erguía majestuoso y eterno, como si observara en silencio el destino de quienes se atrevían a internarse demasiado.

Definitivamente fue una mala idea huir.

Al principio solo quería aire. Distancia. Un espacio donde mis pensamientos no estuvieran contaminados por la presencia de Eirian, por la sala prohibida, por la pintura del dragón y la violencia contenida en sus ojos.

Pero ahora estaba perdida.

Llegué hasta un lago cristalino, oculto entre árboles de hojas plateadas. El agua era tan pura que reflejaba el cielo como un espejo intacto. Me senté en la orilla, sintiendo la humedad filtrarse a través de mi vestido, y observé mi propio reflejo.

No reconocía a la chica que me devolvía la mirada.

Aclarar mis ideas no estaba mal.

O al menos eso me repetía.

Pero cada vez que intentaba pensar con claridad, volvía lo mismo.

La fuerza de su mano cerrándose sobre mi brazo.

El tono de su voz.

El miedo que sentí.

No quería esto.

No quería formar parte de una historia que parecía escrita con sangre antes incluso de que yo naciera. No quería aprender sobre antiguas guerras, alianzas rotas, reinos en tensión constante. No quería ser una pieza más en un tablero que no comprendía.

Quería volver.

Quería olvidar.

No quería saber nada de licántropos, elfos, faunos, sirenas ni ninguna criatura mágica. No quería cargar con un linaje que apenas empezaba a entender.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

Extrañaba los abrazos de Daphne. La forma en que me envolvía con sus brazos cuando el mundo parecía demasiado grande. Extrañaba a mi madre, su voz suave, su risa cuando decoraba la casa con pequeños duendes de porcelana.

“Atraen la suerte y el amor”, decía.

Qué ironía.

Me sentía sola.

Terriblemente sola.

Un movimiento al otro lado del lago captó mi atención.

Unicornios.

Reales.

Majestuosos y etéreos, caminaban con una elegancia que parecía desafiar la gravedad. Sus crines brillaban con tonos iridiscentes bajo la luz del sol que comenzaba a elevarse.

Durante años pedí que fueran reales.

Cuando ninguna familia me adoptaba. Cuando me sentía invisible. Cerraba los ojos y deseaba que, al menos, el mundo escondiera algo mágico que pudiera pertenecerme.

Y ahora estaban allí.

Pero no me traían consuelo.

—Miren lo que tenemos aquí.

La voz rompió la calma como una cuchilla.

Me giré de inmediato.

Varias figuras encapuchadas emergieron entre los árboles. Sus pasos eran firmes, coordinados. No eran simples viajeros perdidos.

—¿Quiénes son ustedes? —pregunté, retrocediendo.

Ninguno respondió con su nombre.

Uno alzó la mano.

Y entonces lo vi.

Fuego.

Las llamas brotaron de su palma como si fueran una extensión natural de su cuerpo. Ardían con un tono intenso, casi dorado, pero cargado de violencia.

Como en mis visiones.

El corazón comenzó a latirme con fuerza descontrolada.

Intenté correr.

No llegué lejos.

Me sujetaron con brutalidad, torciendo mis brazos detrás de la espalda mientras yo forcejeaba inútilmente.

—Nos darán un buen dote por una bella licántropa —dijo uno de ellos, con una risa áspera.

—¡Ayuda! —grité.

El golpe fue inmediato.

Una mano impactó contra mi rostro con violencia, haciéndome perder el equilibrio.

Caí de rodillas.

La que me había golpeado era una chica. Joven, pero con una mirada endurecida por algo más oscuro que la edad.

—Cállate, duquesa —escupió con desprecio—. Dices una sola palabra más y quemo todo el bosque.

El fuego volvió a encenderse en su mano como advertencia.

El miedo me paralizó.

Había sido una pésima idea salir del castillo.

Me arrastraron hasta un carruaje oculto entre los árboles. La madera estaba reforzada, preparada para transporte forzado. Me lanzaron dentro como si fuera mercancía.

Dos hombres se sentaron frente a mí, vigilándome. La chica se acomodó a un costado, jugueteando con una chispa de fuego entre sus dedos.




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