Abyssborn

Capítulo 9

Un prado infinito de mariposas se extendía ante mí.

El cielo tenía un tono dorado imposible de describir, como si el amanecer y el atardecer coexistieran en el mismo instante. Las mariposas flotaban en espirales suaves, rozando mi piel sin peso, sin ruido. El aire era tibio, envolvente. No había dolor. No había heridas abiertas ni vendajes que tiraran de mi carne.

No había miedo.

Comprendí, con una calma inquietante, que ese lugar se parecía demasiado a lo que las historias llaman el camino al cielo.

Podía caminar sin que el cuerpo me traicionara. Podía respirar sin que el pecho ardiera. Podía existir sin sentir la sombra constante del fuego que me había perseguido desde mis primeras visiones.

Por un instante, pensé en quedarme.

Entonces la vi.

Entre las mariposas, avanzaba una joven de cabellos rosados que caían hasta su cintura como una cascada al atardecer. Su piel parecía irradiar una luz propia, suave pero poderosa. Y detrás de ella… alas.

Grandes. Majestuosas. De membranas iridiscentes.

Alas de dragón.

El aire vibró a su alrededor, no con violencia, sino con una energía antigua. Una fuerza que no necesitaba imponerse para ser temida.

—No es el momento, pequeña —su voz fue un susurro cálido que me envolvió por completo—. No es tu hora.

El mundo se redujo a un latido.

Mi corazón la reconoció antes que mi mente pudiera formular la palabra.

—¿Mamá? —mi voz se quebró, y las lágrimas brotaron sin que pudiera detenerlas.

Corrí hacia ella. No sentía peso. No sentía límites. Cuando sus brazos me rodearon, el universo entero pareció encajar en su lugar.

Ese era el abrazo que había imaginado en cada cumpleaños.
El abrazo que soñé en cada noche en la que nadie vino a adoptarme.
El abrazo que siempre faltó.

—Oh, mi dulce Candace… —sus dedos se deslizaron por mi cabello con ternura infinita—. Cuánto anhelaba este momento.

Me aferré a ella como si el mundo pudiera arrebatármela otra vez.

—Mamá… no sabes cuánto esperé esto. Pensé que nunca… pensé que me habías olvidado.

Ella negó con suavidad.

—Nunca me alejé de ti. Estuve en cada advertencia que ignoraste. En cada vez que tu instinto te salvó. En cada sueño que no comprendías.

Las mariposas se arremolinaron alrededor de nosotras, formando un círculo luminoso.

—Aquí no duele —murmuré, escondiendo el rostro en su pecho—. Aquí no tengo que ser fuerte. No tengo que entender nada.

Sus manos sostuvieron mi rostro, obligándome a mirarla.

—Pero no puedes quedarte.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

—No quiero volver. No quiero regresar a ese mundo lleno de secretos y fuego y miradas que me persiguen.

—Alguien más te está esperando.

No necesitó decir su nombre.

Eirian.

Su imagen irrumpió en mi mente: arrodillado en el bosque, cubierto de ceniza, con las manos manchadas de mi sangre.

—¿Cuánto tiempo…? —pregunté con un hilo de voz.

—Cuatro meses.

El aire desapareció de mis pulmones.

—No… eso no es posible.

—Has estado en coma, mi niña. Entre dos mundos.

Cuatro meses.

Cuatro meses de silencio.

—Fue un gran acto —continuó ella—. Salvar al joven elfo.

Mi corazón se agitó.

—No se ha separado de ti desde que los sanadores dijeron que tal vez no despertarías.

Sentí una punzada inesperada en el pecho.

Eirian… se había quedado.

El mismo que me asustó en la sala prohibida. El mismo al que odié por un instante.

—Me odia —susurré.

—No —respondió ella con firmeza—. Se odia a sí mismo por no haberte protegido antes.

Guardé silencio.

Las piezas comenzaron a encajar con una claridad dolorosa.

—Escúchame —su tono cambió, tornándose más solemne—. Tienes que sobrevivir. Debes reclamar lo que es tuyo.

—¿Lo que es mío?

Sus alas se desplegaron por completo, extendiéndose más allá de lo que mis ojos podían abarcar.

—Eres la heredera de Sylphira.

El nombre resonó en el prado como un eco antiguo.

—Eres híbrida de licántropo y dragón.

Las visiones.

El fuego que no me consumía por completo.

Las marcas en mi espalda que nunca entendí.

No eran cicatrices sin sentido.

Eran sellos.




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