Meridia
Soy la menor de siete hermanas.
Ahora somos seis.
En Atlantis, ese número no es solo una cifra: es una herida abierta que nunca terminó de cerrar. La guerra no fue un relato lejano que escuché en canciones antiguas; fue el motivo por el cual crecí rodeada de silencio contenido, de miradas que evitaban nombrar a Nerissa. Yo tenía apenas cinco semanas cuando estalló el conflicto. Demasiado pequeña para recordar el rugido de las mareas agitadas por la magia enemiga, pero lo bastante importante como para convertirme en símbolo de lo que debía protegerse a toda costa.
Mi madre, la reina Merliha, una de las Destino, jamás fue una soberana impulsiva. Su poder no residía solo en el dominio de las corrientes, sino en su capacidad de prever las consecuencias de cada decisión. Sin embargo, cuando Nerissa cayó en batalla defendiendo los accesos superiores, algo en ella se quebró de forma irrevocable.
No lloró frente al consejo.
No gritó.
Simplemente declaró que abandonaríamos el plano terrenal. Que Atlantis dejaría de coexistir entre dos mundos y se sumergiría por completo en el mar, lejos de la ambición de las razas de la superficie.
Y así nació la nueva Atlantis: más profunda, más protegida, más aislada.
Crecí entre palacios tallados en nácar, bibliotecas de pergaminos impermeables y jardines de algas luminosas que brillaban como constelaciones submarinas. Me instruyeron en historia, diplomacia y control elemental desde que pude sostener un tridente ceremonial. Sin embargo, a pesar del esplendor, siempre sentí una distancia invisible entre el resto y yo.
Mis hermanas recordaban la superficie. Yo no.
Ellas hablaban del cielo como algo tangible. Yo solo lo conocía a través de relatos.
Cuando cumplí diez años, llegó el cambio. Mi aleta, hasta entonces indivisible, comenzó a responder a mi voluntad con una vibración distinta. Era la señal. A partir de esa edad, las hijas de sangre real podíamos adoptar piernas al tocar tierra firme.
Mi madre lo presentó como una etapa natural del desarrollo.
Para mí fue una puerta.
Aproveché la primera oportunidad. Sin escoltas, sin anunciarlo, ascendí por una grieta submarina que desembocaba en un lago cercano a Golden Plains. El agua dulce me envolvió con una textura más ligera, menos densa que el océano. Al emerger, el sol me cegó por un instante. El aire era seco, tibio, extraño.
Y entonces los vi.
Un fauno y un elfo.
El fauno corría tras un grupo de luciérnagas imaginarias, riendo con una libertad que jamás había presenciado bajo el mar. El elfo, más sereno, lo observaba con una mezcla de paciencia y resignación.
—Eirian, mira, un pez humano —dijo el fauno al percatarse de mi presencia.
—Es una sirena, Luke. Aparece en el compendio básico de especies híbridas. Nos evaluarán sobre ellas mañana —respondió el elfo, con tono preciso.
Me oculté detrás de una roca, pero mi cabello, demasiado claro bajo el sol, me delató.
—Mi nombre es Luke —anunció el fauno, acercándose sin rastro de miedo—. Soy un fauno. Y él es Eirian. Un elfo, aunque actúa como si fuera un sabio antiguo atrapado en un cuerpo joven.
Eirian rodó los ojos, pero no lo contradijo.
Respiré hondo y dejé que mi magia fluyera. El poder de las olas recorrió mi cuerpo, reconfigurando escamas en piel, aleta en piernas. La sensación siempre era extraña: como si el mar me soltara por un momento.
—Soy Meridia —dije al salir completamente del agua.
Luke me observó con asombro genuino.
—Esto es mejor que cualquier ilustración.
Eirian inclinó ligeramente la cabeza.
—Un placer conocerte.
No fue un encuentro grandioso ni épico. Fue sencillo. Natural. Y tal vez por eso cambió mi vida.
Desde aquel día regresé al lago cada vez que podía. Aprendí a caminar con torpeza primero, luego con soltura. Luke me enseñó a reír sin cubrirme la boca. Eirian me explicó las diferencias entre la magia élfica y la elemental, señalando cómo mis poderes respondían más a la emoción que al cálculo.
Con ellos descubrí algo que en Atlantis no existía: espontaneidad.
Durante años, ese lago fue nuestro punto de encuentro secreto. Mi mundo submarino y su mundo terrestre coexistían en ese espacio intermedio.
Hasta que la carta llegó.
La Diosa Élfica había escrito a mi madre. No supe el contenido exacto, pero la vi sostener el pergamino con una expresión que no era de furia, sino de melancolía. Como si comprendiera que el destino no puede evitarse, solo retrasarse.
Días después me informó que asistiría al internado de la Academia Wesley. Argumentó que debía comprender mejor a las razas de la superficie si algún día iba a gobernar.
Acepté sin protestar. En parte porque sabía que era inevitable. En parte porque deseaba volver a verlos sin necesidad de esconderme.