Luke
Mi madre murió antes de que yo pudiera recordarla.
En casa solo éramos mi padre y yo. Él nunca habló demasiado de ella, pero cada invierno dejaba flores blancas sobre el alféizar, aun cuando no crecían en esa estación. Aprendí pronto que el duelo no siempre se expresa con lágrimas; a veces se manifiesta en silencios prolongados y miradas que se pierden en algún punto del pasado.
Durante años, mi mundo fue pequeño y suficiente. Hasta que Eirian entró en él.
Nos conocimos siendo niños. Él ya cargaba con esa serenidad casi antigua que lo caracterizaba, incluso cuando apenas levantaba un arco más grande que su propio brazo. Con el tiempo se convirtió en mi mejor amigo, en el hermano que no tenía. Y cuando mi padre decidió casarse con la Diosa Élfica —su madre—, nuestras vidas se entrelazaron de forma definitiva.
Desde entonces, no me separé de él.
Había en mí un temor constante, irracional pero persistente: el miedo a que se sintiera solo. Tal vez era una proyección de mi propia infancia incompleta. Tal vez solo necesitaba asegurarme de que nadie más viviera con esa ausencia que yo arrastraba.
Pasábamos las tardes cerca de Golden Plains. Un bosque amplio, atravesado por senderos dorados al atardecer, y un lago cristalino que parecía reflejar el cielo con demasiada precisión. Allí entrenábamos, discutíamos sobre teorías mágicas que apenas comprendíamos y competíamos por quién acertaba más lejos con una piedra lanzada al agua.
Fue en ese lago donde la vi por primera vez.
Al principio pensé que era una ilusión óptica provocada por la luz. Pero no.
Emergió con una delicadeza imposible de describir. Su piel blanca contrastaba con el verde profundo del bosque; las pecas se distribuían sobre su rostro como constelaciones diminutas; su cabello cobrizo parecía incendiar la superficie del agua bajo el sol.
Una sirena.
No una figura de los libros. No una ilustración.
Real.
En ese instante supe, con una claridad que jamás había experimentado, que algo en mí había cambiado para siempre.
—Mi nombre es Luke —me presenté, intentando que mi voz no revelara el temblor que sentía.
—Soy Meridia, un gusto —respondió.
Meridia.
Pronunciar su nombre se convirtió en un hábito casi reverente. Cada encuentro en el lago era un descubrimiento. Ella aprendía a caminar sobre tierra firme mientras yo aprendía a comprender la profundidad de su mundo. Me hablaba de Atlantis como quien describe un sueño luminoso; yo le contaba historias simples del bosque y las estaciones.
Me enamoré sin darme cuenta de cuándo ocurrió exactamente.
Tal vez fue la primera vez que rio sin reservas. O cuando confesó que temía no pertenecer ni al mar ni a la superficie. O cuando, al despedirse, volvió la mirada una vez más antes de sumergirse.
Cuando inició la Academia Wesley, estaba nervioso.
Eirian decidió quedarse en Eryndor; nunca fue partidario de las instituciones ni del bullicio constante. Yo, en cambio, elegí asistir. Oficialmente, para convivir con otras razas y ampliar mi formación. Extraoficialmente, para estar con ella.
Los primeros años fueron intensos y luminosos. Meridia correspondía a mis sentimientos. Nos refugiábamos en las habitaciones superiores después de clases, lejos de las jerarquías, lejos de las expectativas familiares. Durante tres años vivimos en esa burbuja donde el mundo parecía secundario.
Hasta que Hesperia llegó.
Heredera de Worelwoff. Licántropa. Firme, segura de sí misma, con una presencia que imponía sin necesidad de elevar la voz. Su liderazgo era natural, casi instintivo. Cuando hablaba de estrategia o linaje, todos escuchaban.
Y yo… también.
Nunca dejé de amar a Meridia. Eso lo supe siempre. Pero algo en mí se sintió atraído por la intensidad de Hesperia, por la forma en que desafiaba las normas sin romperlas del todo. Confundí curiosidad con deseo. Admiración con necesidad.
Me alejé.
Primero fueron excusas pequeñas. Después silencios prolongados. Luego tiempo compartido con Hesperia bajo la apariencia de estudios y alianzas estratégicas.
Cada paso que daba lejos de Meridia era consciente. Y aun así, no me detuve.
La herí.
Herí a la única persona que había amado con el corazón entero. No hubo traición explícita, pero sí abandono. Y el abandono, comprendí después, puede ser más devastador que cualquier mentira.
Cuando finalmente entendí que lo que sentía por Hesperia era una confusión nacida de mi propia inseguridad, fui a buscar a Meridia.
Era tarde.
No porque ella hubiera dejado de sentir, sino porque algo esencial se había quebrado. La confianza no desaparece de golpe; se fractura en silencio, hasta que ya no puede sostener el peso.
Intentamos hablar. Intentamos recuperar lo que fuimos. Pero nuestras palabras eran cuidadosas, contenidas. Donde antes había naturalidad, ahora había prudencia.