Era de los Reinos Antiguos
En la Era de los Reinos Antiguos, cuando la tierra aún no estaba delimitada por fronteras políticas sino por juramentos sagrados, nacieron los cinco grandes dominios que darían forma al equilibrio del mundo. Con su creación, emergieron también aquellas a quienes los textos antiguos llamarían las Destino.
No eran diosas, aunque muchos las veneraban como tales. Tampoco eran simples soberanas. Las Destino eran portadoras de un poder primordial, comparable únicamente con la fuerza ancestral del dragón. Se decía que su energía no provenía de la magia común, sino de una esencia anterior a los propios reinos. Con un solo gesto podían fracturar la tierra, alterar corrientes marinas o someter a bestias indomables.
La primera de ellas fue Leocadia, princesa de Worelwoff, cuya determinación era tan feroz como la luna que regía a su pueblo licántropo. La segunda, Evangeline, reconocida como Diosa de Eryndor, guardiana de los bosques élficos y del conocimiento arcano. La tercera, Merliha, princesa de Atlantis, heredera de las profundidades marinas y de los secretos del océano.
Fueron las primeras gobernantes en una era que prometía unidad.
Sin embargo, existía una cuarta figura cuya presencia alteraría el destino de todos: Vidalia, reina de Sylphira, la tierra de los dragones.
Sylphira no era un reino cualquiera. Sus montañas albergaban criaturas aladas cuya existencia precedía a la memoria escrita. El linaje de Vidalia estaba entrelazado con el fuego dracónico, y su poder era tan antiguo como el propio cielo.
Las cuatro compartieron algo más que alianzas estratégicas: compartieron amistad.
En los primeros años de sus reinados, los encuentros entre ellas eran celebrados como símbolo de paz. Se reunían no solo para discutir tratados y defensa, sino también para compartir momentos de intimidad: conversaciones al caer la tarde, tazas de café humeante y dulces preparados en las cocinas reales. Eran jóvenes, poderosas y unidas por el deber que los dioses les habían impuesto: proteger a sus pueblos y preservar el equilibrio entre los reinos.
Pero la historia rara vez concede finales perfectos.
La fractura no comenzó con ejércitos, sino con un sentimiento mucho más silencioso: el deseo.
Heraum, un licántropo de linaje noble, guerrero de Worelwoff, se convirtió en el epicentro de una tensión que nadie supo prever. Admirado por su valentía y carisma, fue cercano a todas, pero su corazón no correspondió a quien más lo anhelaba.
Los celos, disfrazados de orgullo, comenzaron a erosionar la confianza. Las conversaciones se volvieron más breves. Las miradas, más calculadas. Lo que antes era complicidad, se transformó en sospecha.
La traición llegó sin anuncio formal.
Vidalia fue atacada desde dentro. No por un enemigo extranjero, sino por alguien en quien había depositado su confianza absoluta. La disputa por un amor no correspondido desencadenó una cadena de decisiones impulsivas que terminaron en guerra.
Lo que siguió fue devastador.
Batallas en las fronteras, alianzas rotas, sangre derramada en nombre de un orgullo herido. Los dragones de Sylphira rugieron sobre cielos ennegrecidos por humo. Las tierras fértiles quedaron marcadas por cicatrices imborrables.
Vidalia murió defendiendo su reino.
Pero su último acto no fue de destrucción, sino de protección.
Había dado a luz a una niña poco tiempo antes del conflicto final. Con las fuerzas que le quedaban, selló el lado dracónico de su hija para que no se manifestara de forma incontrolable. Sabía que la sangre de dragón podía consumir a quien no estuviera preparada para dominarla.
Su muerte no trajo paz.
Trajo discordia.
Los reinos, devastados por la guerra y la culpa, comenzaron a distanciarse. Las Destino restantes comprendieron que su sola existencia se había convertido en un riesgo. El poder que las igualaba al dragón también las convertía en amenazas políticas.
Decidieron desaparecer.
No físicamente, pero sí del centro visible del poder. Sus nombres fueron borrados de crónicas oficiales, reducidos a susurros en bibliotecas restringidas. Worelwoff quedó como cabeza visible de la nueva organización territorial, asumiendo una autoridad que parecía práctica, pero que ocultaba antiguas responsabilidades.
Sylphira, en cambio, dejó de existir en los mapas.
Sus montañas fueron ocultadas bajo conjuros de distorsión geográfica. Sus ruinas, transformadas. Con el paso de los años, el territorio renació bajo un nuevo nombre: Academia Wesley.
Oficialmente, un centro de formación para las distintas razas. Extraoficialmente, un lugar construido sobre los cimientos del antiguo reino de los dragones.
Durante dieciséis años, la verdad permaneció enterrada entre muros, pasadizos sellados y libros clasificados como prohibidos.
Hasta que cuatro jóvenes —unidos por la amistad, por la sangre y por decisiones que aún no comprendían del todo— comenzaron a cuestionar lo que les habían enseñado.