Candace
El encuentro con Eirian había cambiado algo esencial en mí.
No fue solo la forma en que me sostuvo cuando el mundo parecía desmoronarse, ni la firmeza de su voz cuando me aseguró que todo estaría bien. Fue la sensación —nueva, desconocida y profundamente anhelada— de pertenecer a algún lugar.
Por primera vez, no me sentía una anomalía.
Me sentía en casa.
Mi recuperación fue más rápida de lo que los sanadores habían previsto. El fuego ya no se manifestaba como una amenaza constante, sino como una presencia latente, expectante. Y cuando Luke y Meridia llegaron tras enterarse de que había despertado, algo dentro de mí terminó de acomodarse.
Apenas los vi cruzar el umbral, las lágrimas me nublaron la vista.
Meridia tampoco pudo contenerse. Nos abrazamos con la desesperación de quienes han estado demasiado cerca de perderse. El olor salino de su magia era reconfortante, estable, como una marea que vuelve siempre a la orilla.
Luke, en cambio, rompió la solemnidad con su risa característica.
—El grupo ha vuelto —anunció, abalanzándose sobre nosotras sin ningún tipo de ceremonia.
—Luke, no seas molesto —protestó Meridia, intentando apartarlo entre risas y lágrimas mezcladas.
Pero incluso en medio del caos, mis ojos buscaron a Eirian.
Ya no percibía en él aquella frialdad distante que lo había caracterizado durante años. Había algo más profundo en su mirada. Protección. Decisión. Algo que me anclaba.
Respiré hondo.
—Tenemos que hablar —dije, con una firmeza que incluso a mí me sorprendió—. Creo que los dragones han vuelto.
El aire cambió de inmediato.
Las risas se extinguieron. Luke dejó de sonreír. Meridia tensó los hombros. Todos miraron instintivamente hacia la puerta, temiendo que alguien más hubiera escuchado.
El fuego.
Las visiones.
No habían sido episodios aislados ni desbordes incontrolados de magia. No era solo mi poder manifestándose. Era mi presencia actuando como un faro.
Un llamado.
Una señal para los sobrevivientes de Sylphira.
Su princesa había regresado.
—Yo… —mi voz vaciló. Miré a Eirian buscando apoyo, pero también temiendo su reacción. Luke lo notó al instante.
—No me digan… ¿están saliendo? —exclamó, incapaz de evitar su entusiasmo.
—Déjalos hablar, tonto —replicó Meridia, dándole un leve golpe en el brazo.
Negué con la cabeza.
—No es eso. Es… mi parte híbrida.
El silencio volvió a caer.
Eirian se acercó lo suficiente como para que solo yo escuchara su voz.
—No es el momento si no quieres —susurró.
Pero sí lo era.
Si los dragones estaban despertando, la verdad debía salir a la superficie.
—Soy mitad dragón —declaré finalmente—. Soy la única sobreviviente directa del linaje dracónico de Sylphira.
La habitación quedó inmóvil.
No hubo exclamaciones ni interrupciones inmediatas. Solo la comprensión lenta de lo que esas palabras implicaban.
Meridia fue la primera en romper el silencio.
—Eso explica muchas cosas —comentó con sorprendente calma—. Ahora entiendo por qué tus sábanas aparecieron cubiertas de cenizas. Nuestro cuarto está protegido por una burbuja de agua constante. Es imposible que se incendie desde el exterior.
Bajé la mirada.
—Yo no sabía que… que era yo quien lo provocaba.
—No pasa nada, princesa —intervino Luke con suavidad inusual—. Eres parte de la manada. Y eso no cambia.
Extendió la mano para apoyarla sobre mi hombro, pero el gesto instintivo de Eirian —interponiéndose apenas— no pasó desapercibido.
Meridia arqueó una ceja.
—Así que no estaban juntos, ¿no?
Eirian no apartó la mirada de Luke.
—No me compares contigo. Ella es mía. ¿Comprendido?
El calor que subió por mi rostro no tenía nada que ver con el fuego dracónico.
Luke levantó las manos en señal de rendición, riendo, mientras Meridia observaba la escena con una mezcla de diversión y evaluación silenciosa.
Era como siempre.
Pero no lo era.
Algo había cambiado de forma irreversible.
Más tarde, cuando los pasillos quedaron en silencio y el bullicio del reencuentro se disipó, me encontré sola con Eirian.
—Nos van a ver, Eir —murmuré, consciente de lo cerca que estábamos.
La luz tenue que se filtraba por la ventana delineaba sus facciones con suavidad, pero su mirada era intensa, determinada.