Abyssborn

Capítulo 15

Hesperia

Nací bajo el signo de la luna llena y el peso de una corona que aún no comprendía.

Soy Hesperia, princesa de Abyssborn, hija de Leocadia —reina soberana del reino y alfa suprema de la manada Worelwoff— y de Heraum, licántropo de linaje antiguo cuya muerte marcó el primer vacío de mi vida. Tenía tres años cuando mi padre cayó. No conservo recuerdos nítidos de su rostro, apenas fragmentos: la calidez de su voz, el eco de su risa en los corredores de piedra, la sensación de seguridad que emanaba de su presencia. Después de su partida, el mundo se redujo a dos figuras: mi madre… y yo.

Leocadia nunca fue una mujer frágil. Gobernaba con la firmeza de quien entiende que el poder no admite titubeos. Era estratega, guerrera y líder. Para el reino, un símbolo de fortaleza; para la manada, un faro; para mí, una madre que me enseñó que el amor también puede expresarse a través de la disciplina.

Crecí entre protocolos reales y rituales de luna. Aprendí a dominar mi transformación antes de comprender mis propias emociones. A sonreír cuando debía, a callar cuando era prudente, a observar incluso cuando fingía indiferencia. Pero, en la intimidad de mis pensamientos, albergaba un anhelo simple y casi vergonzoso para alguien de mi posición: deseaba una hermana. Alguien que no me mirara como futura reina, sino como igual. Alguien con quien compartir dudas, secretos, miedos que no podían pronunciarse en el salón del trono.

Ese deseo encontró respuesta… aunque no en la forma que esperaba.

El día que la híbrida llegó a la Academia, la atmósfera cambió de manera imperceptible pero irrevocable. Mitad loba, mitad vampiro. Una anomalía biológica, un desafío a los pactos antiguos que habían mantenido la frágil paz entre especies. Su sola existencia era un recordatorio de que las leyes, incluso las sagradas, podían quebrarse.

Se integró —con una naturalidad que me resultó insoportable— al grupo que alguna vez consideré mi manada.

Luke, el fauno impulsivo, incapaz de ocultar su devoción por Meridia, la sirena cuyo carácter oscilaba entre la ironía y la lealtad inquebrantable.

Eirian, el elfo de silencio elocuente, cuya mudez jamás fue sinónimo de ignorancia; observaba más de lo que cualquiera imaginaba.

Y Candace.

Candace era el epicentro de mi inquietud.

Había algo en su semblante que me resultaba perturbadoramente familiar. Sus rasgos evocaban las pinturas que adornaban el despacho privado de mi madre: retratos de una mujer desconocida, de mirada firme y expresión melancólica. Siempre pregunté quién era. Siempre recibí evasivas.

Decidí no darle importancia.

—Tarde o temprano regresará con los suyos —declaré con frialdad calculada antes de alejarme.

Pero mi indiferencia era una construcción frágil.

No envidiaba su poder ni su rareza. Envidiaba la forma en que ellos la miraban. La complicidad, la confianza tácita, el afecto sin reservas. Yo, que había crecido rodeada de respeto y obediencia, jamás había experimentado una lealtad que no estuviera teñida de obligación.

Mis celos no eran infantiles; eran existenciales.

Y entonces llegó la revelación.

En el despacho de mi madre, un espacio al que solo yo tenía acceso irrestricto, encontré un compartimento oculto tras la biblioteca mural. Dentro, cartas. No eran comunicados oficiales ni estrategias diplomáticas. Eran confesiones.

La caligrafía era inconfundible.

“Me arrepiento de haberte matado.”

La frase se repetía con variaciones, como si al escribirla una y otra vez intentara modificar el pasado. Algunas hojas presentaban marcas de presión, como si la pluma hubiese rasgado el papel bajo el peso de la culpa.

Sentí que el suelo se desvanecía bajo mis pies.

¿Mi madre?

¿La reina que hablaba de honor y justicia?

¿Una asesina?

La duda germinó como una herida abierta.

Mi inquietud se transformó en necesidad de respuestas. Fue entonces cuando, atravesando los corredores restringidos de la Academia, me detuve frente a la biblioteca prohibida. Un lugar reservado para textos que contenían verdades incómodas y conocimientos que el reino prefería mantener en la sombra.

Allí lo vi.

Un volumen antiguo sellado con un emblema de sol y luna entrelazados.

El mismo símbolo que pendía del cuello de Candace.

El mismo colgante que había observado tantas veces, sin comprender su significado.

El paralelismo no podía ser coincidencia.

Tomé el libro con manos que, por primera vez en mi vida, temblaban sin control. No me atreví a abrirlo. El peso de lo que podría descubrir resultaba insoportable. Lo devolví a su lugar y me retiré con premura, la respiración entrecortada.

En mi huida, dejé la puerta entreabierta.

Un descuido mínimo.

Una consecuencia irreversible.




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