Candance
La lluvia descendía con una serenidad engañosa, como si el cielo intentara acallar una verdad que tarde o temprano tendría que revelarse. Cada gota resbalaba por los ventanales altos de la academia, trazando caminos irregulares sobre el cristal emplomado. Sin embargo, la calma era solo superficial. Los truenos, profundos y contundentes, sacudían las torres de piedra y hacían vibrar los candelabros suspendidos en la biblioteca. No era una tormenta común; era una advertencia.
El vasto salón olía a pergamino antiguo, tinta reseca y madera húmeda. Las lámparas flotantes proyectaban una luz dorada sobre mesas cubiertas de libros abiertos, mapas desplegados y anotaciones apresuradas. El reloj mágico marcaba las horas con un tic tac sordo, implacable.
—No estoy encontrando nada… —susurró Meridia finalmente, cerrando con frustración el volumen que sostenía. Sus dedos, usualmente ágiles y delicados, estaban entumecidos por el frío—. Hemos revisado crónicas, tratados arcanos, registros de linajes… ¿y si no hay respuesta?
Su voz, siempre tan armoniosa como el rumor del mar del que provenía, ahora estaba teñida de agotamiento.
—Debe existir algún registro —respondí sin apartar la vista de los estantes más altos—. No puede haber desaparecido sin dejar rastro.
Luke, recostado en el suelo con un libro abierto sobre el rostro, dejó escapar un suspiro teatral.
—Han pasado más de cuatro horas. Podría dar una conferencia sobre maldiciones antiguas sin equivocarme en una sola coma.
El único que parecía imperturbable era Eirian. Permanecía sentado con la espalda erguida, la expresión serena, pasando páginas con una concentración que rayaba en la obsesión.
Me incliné ligeramente para leer el título.
“Recetas Élficas y Preparaciones Restaurativas”.
No pude evitar una sonrisa leve.
—No sabía que te interesaba la gastronomía —comenté con suavidad, intentando aliviar la tensión que flotaba en el aire.
Él alzó la vista despacio. Sus ojos, claros e inescrutables, se posaron en mí apenas un instante.
—No es por placer —dijo con tono neutro—. Si vuelves a resultar herida, necesitaré conocer alternativas. Las fórmulas élficas superan en precisión a la mayoría de los tratados humanos.
No hubo emoción en su voz. Solo previsión.
Y eso dolió más de lo que debería.
Diez horas antes
La luz del mediodía inundaba los patios de la academia, proyectando sombras largas entre las columnas de mármol. El anuncio del receso había transformado el ambiente habitual en un torbellino de despedidas, equipajes y promesas de regreso.
Cada estudiante tenía la opción de retornar a su reino o permanecer allí durante el período de descanso.
Ellos decidieron quedarse.
No lo dijeron abiertamente, pero el miedo era evidente: temían que algo me ocurriera si me quedaba sola.
Para sorpresa de todos, Hesperia también permaneció.
Hija de la reina Leocadia, soberana de Abyssborn y líder de la manada Worelwoff, Hesperia estaba acostumbrada a caminar rodeada de respeto, obediencia y distancia reverencial. Sin embargo, aquel día permanecía sola en el patio norte, apartada incluso de los suyos.
La vi desde lejos.
Sabía que no debía acercarme. Mi intuición me lo susurraba con insistencia. Pero la soledad tiene un lenguaje que reconozco demasiado bien.
Y no supe ignorarlo.
—Hesperia, ¿verdad? —me aproximé con cautela, manteniendo la voz firme—. ¿Te gustaría unirte a nosotros?
Sentí de inmediato la incomodidad de Luke y Meridia. Eirian dio un paso sutil hacia mi lado, alerta.
—No necesito tu lástima —respondió ella sin siquiera mirarme.
—No es lástima —repliqué—. Somos manada.
El movimiento fue rápido, casi imperceptible. Eirian me sujetó del brazo y me apartó con brusquedad. Solo entonces advertí el hilo rojo que descendía por su antebrazo.
Hesperia había atacado.
—Por eso estás sola —dijo Eirian con una firmeza helada—. No sabes controlar tu fuerza.
Por un instante, el orgullo de Hesperia vaciló. Apenas un segundo. Luego se giró y se marchó, fingiendo indiferencia.
—Eirian, estás sangrando… —murmuré, intentando tocar la herida.
Él se apartó con suavidad contenida y cerró los ojos. La magia brotó en un destello tenue, sellando parcialmente el corte.
—Nunca aprendes —murmuró—. No se puede confiar en nadie. Ni siquiera en la propia manada. Aunque sonrían… aunque aparenten bondad… siempre terminarán traicionándote.
Aquellas palabras me atravesaron con una precisión quirúrgica.
—¿Y tú? —pregunté con la voz temblorosa—. Durante meses tú también me trataste con frialdad. ¿Eso significa que, en el fondo, me desprecias?
El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier respuesta.